sábado, 11 de abril de 2026

Herodes o el Evangelio de la Infidelidad (Capítulo Uno)

 

Judea es tierra de profetas. Profetas que hablan sobre el reino de los Cielos y le dan esperanza a las personas que carecen de sueños en esta vida terrenal. Es también una tierra dividida, con mucha guerra interna y desde hace algunos años es una tierra condenada por la tiranía de los romanos. Roma. Roma es ese imperio que se ha adueñado de medio mundo y que no comprende que exista un pueblo que venere a un único dios. Porque para ellos no es posible que un solo dios se encargue de todo. Para ellos existen Júpiter, Marte, Neptuno y a cada dios le dan sus propiedades independientes y cada uno de ellos es responsable de algo. Pero Dios es único e Israel es su pueblo elegido. Si estamos sitiados por los romanos es porque los israelitas han desobedecido a Dios, no es porque nos haya olvidado. Es porque hemos pecado ante sus ojos. Cuando nos redimamos y limpiemos nuestra alma, esta nación volverá a ser una tierra libre.


Los profetas existen desde los tiempos de David y desde entonces ha pasado mucho tiempo en esta tierra. Su trabajo es el mismo, anunciar la venida de un mesías ¿un mesías? ¿aquí?

Con seguridad no ha de ser Herodes Antipas, tampoco su padre Herodes El Grande… un canalla… eso fue. Ninguno de ellos tiene ningún interés en arreglar la situación aquí. Lo de ellos es quedar bien con los gobernadores romanos. Porque si ellos están bien con Roma, tienen su puesto seguro, aunque el pueblo coma polvo día y noche. Algún día habrá de existir reyes que se preocupen por el bienestar de su pueblo. Pero de momento eso no pasa por estos tristes lados.


Justo ahora reina Tiberio en Roma. Poncio Pilatos es prefecto de Judea. No es amigo de Herodes, pero por cuestiones políticas se tratan y de manera hipócrita se saludan y se hablan como iguales. Herodes es tetrarca de Galilea y Perea, ese es su título oficial. Se encuentra casado con Fasaelis, quien es hija de Aretas IV del reino Nabateo. Y mientras que Fasaelis es una mujer a la que el pueblo miraba sin rechazo, Herodes desborda repugnancia. Con frecuencia viaja a la casa de retiro que construyó en la zona de Cesarea, a orillas del Mar Mediterráneo. Es una casa amplia, donde suele retirarse la pareja real cuando se sienten hastiados del fanatismo religioso y la aglomeración de la ciudad.


La casa posee dos niveles, encontrándose en el primero una sala principal, un amplio comedor y un espacio para la servidumbre, que incluye el área de la cocina. Por medio de una escalinata de piedra se accede a la planta alta, donde se ubican tres habitaciones que cubren la totalidad del segundo nivel y que corresponden a un espacio privado, únicamente de acceso para la familia. Está rodeada por amplios jardines y una zona de cultivos.


Es también n lugar de escape para Herodes. Cuando se cansa de escuchar a Fasaelis, se dirige a la casa, con la excusa de alguna reunión diplomática. En realidad, se marcha con alguna de sus concubinas, en ocasiones con dos o tres. Entonces envía a la servidumbre a los cultivos y otras actividades. De manera que la casa quede completamente a disposición. Entonces aparecen las concubinas. Muchachas de entre quince y diecisiete años, que no conocieron hombre antes que el rey. Son llevadas con trampas y mentiras, con sueños de grandeza, pero terminan siendo las rameras de Herodes. Las recibe en la sala, con túnicas rojas él, blancas ellas. Les da un beso. Las abraza. Y mientras suben a las habitaciones principales se van despojando de sus túnicas y tienen una especie de ritual sagrado con el rey de los judíos. Herodes se engrandece cuando está con ellas. Lejos de los ojos de la reina Fasaelis. Pero, desde hace unos días, algo ha cambiado en la casa de retiro.


Desde hace unos días las concubinas han sido relegadas a un segundo plano, si es que no estaban ya ahí. A escondidas de Filipo, hermanastro de Herodes, llega hasta Cesarea una visita frecuente. Se trata de Herodías, esposa de Filipo, quienes viven en Roma como ciudadanos privados, pero permanecen por un tiempo en Jerusalén. Al comienzo llegó con su marido. Fueron recibidos por Herodes y Fasaelis. 


En las mesas se había servido bandejas repletas con dátiles, granada, higo, aceitunas y vino de uva. Había música. Espectáculo. Grandeza. Un recibimiento más que digo para una pareja que forma parte de los asesinos de Israel.


Cada cena, cada comida debe estar a la altura de un rey. Los gobernantes extranjeros ingresan en la casa maravillados por los tallados en madera, los pisos de colores, los techos altísimos para que entre el mismo Dios de los israelitas. Porque sí, a diferencia de quienes veneran a una cantidad distinta de dioses, acá solo existe un dios ¿un Dios? ¿cómo se cubren las necesidades de un pueblo que va creciendo con un único dios? “Dios es verdadero” así lo definimos. Volvamos al tema. 


En aquel tiempo recibió Herodes Antipas la visita de Herodías, que era esposa de su hermanastro Filipo y dijo Herodes:


- Dios ha bendecido a mi hermanastro. Porque ha dado a él a una mujer bella e inteligente para que lo acompañe.


Contestó Herodías:


- ¿Es que no tiene el rey acaso en Fasaelis a una mujer que lo acompañe?

- Ciertamente. Me acompaña. Pero envidio a mi hermano, porque conozco la belleza de su mujer.

- ¿Y no tiene el rey suficientes concubinas para sus deberes?

- También es cierto que las tengo. Pero ninguna de ellas podría ocupar el lugar de la reina.

- Me halaga el rey.


Entonces rodeó Herodes con sus brazos a Herodías, y aprovechando que Filipo se encontraba visitando los cultivos, estuvieron juntos. Y halló Herodes una debilidad que no encontraba con Fasaelis o con las mujeres de la casa, porque Herodías era mujer hermosa e inteligente. Y dominaba el arte de enamorar reyes como pocas mujeres existen en el mundo, porque conocía su cuerpo y cómo utilizarlo para su provecho. Cuando se cumplió el primer mes de visita de Filipo, Herodes habló con Herodías.


- ¿Puedes repetir lo que acabas de decir? – dijo ella.

- Parece que mis palabras han llegado como fantasmas a tus oídos.

- Temo que sea así.

- Los muertos no pueden hablar. Aunque desde los tiempos de Abraham se diga que los muertos conocerán a Dios. Yo soy Dios en esta tierra.

- ¿Sabe Tiberio que eres Dios?

- Tiberio – dijo Herodes sonriendo - ¿crees que me interesa Tiberio o Roma? Mientras yo siga siendo rey de Judea, soy Dios. Por eso… por eso… creo que lo que te he propuesto favorece a ambos.

- Explícate – dijo Herodías.

- Sepárate de Filipo. Divórciate. Yo repudiaré a Fasaelis y tú te convertirás en mi esposa. En reina.

- Reina de esta tierra olvidada por Roma – dijo Herodías con desinterés - ¿qué ganaría siendo reina aquí?

- Más de lo que ganas siendo ciudadana romana.


Entonces Herodías se entregó a Herodes, para sellar el acuerdo al que habían llegado. Y los dos se complacieron sin que Fasaelis o Filipo estuvieran al tanto de lo que sucedía.


Herodes o el Evangelio de la Infidelidad (Capítulo Uno)

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