Evangelio del Arcángel Miguel (Capítulo Tres)
Betsabé se entregó a Gabriel, ante mi mirada atónita. Betsabé lo cubrió de besos y él le correspondió con caricias y palabras suaves. Los labios de Gabriel la recorrieron por completo, sin dejar ninguna parte sin besar. Betsabé hizo lo mismo. Se anduvieron mutuamente, sin urgencia. Cuando hubo terminado aquello me retiré. Ellos quedaron solos, como debió haber sido desde un principio. Entonces ella volvió a abrazarlo.
- ¿Acaso no está bien lo que hacemos?
- Lo que hacemos no tiene sentido de ser para los demás.
- Pues de Dios son todas las cosas – contestó ella – no debería esto ser diferente.
- Y no lo es. Pero temo que no sea comprensible para todos.
- Entonces que no se enteren que Gabriel, la voz del Consejo Divino, uno de los elegidos por Dios cayó ante la dulce Betsabé – y volvieron a besarse.
Cuando fue el momento acordado, se reunió el Consejo y estaba Gabriel también. Sentado en la silla que comandaba la mesa. A su derecha estaba Lucifer y Rafael estaba sentado a la izquierda de Gabriel. Entonces se levantó y tomó la palabra para dirigirse a quienes estábamos presentes.
- Pido disculpas, porque me he ausentado sin motivo apropiado anteriormente. Pero he sido informado por Lucifer sobre lo que han acordado y no veo motivo para contradecirlos. La palabra del Consejo será transmitida y confío en que habrá de pasar de buena manera, porque no hayo desconfianza.
- Nos alegra que lo veas así – dijo Rafael – ve y dile a Dios que lo ayudaremos en lo que encuentre necesario. Porque no tendrá la duda ni el rechazo de ninguno de nosotros.
Entonces Gabriel tomó lo que debía de la mesa y salió a reunirse con Dios. Lucifer advirtió en mi mirada que algo turbaba mis pensamientos. Colocó su mano derecha sobre mi hombro y me sonrió.
- Sabes, Miguel. No deberías mirar así a Gabriel. Ten confianza como la tenemos todos. Gabriel es la voz del Consejo porque ha demostrado que es capaz de cumplir la labor.
- ¿Tú no podrías?
- Cualquiera de nosotros podría, pero Gabriel ha sido designado por Dios. Nadie está contra Dios.
- Nuestra labor es simple Miguel – dijo Rafael mirándome – estamos para ayudar a Dios. Para servirle. Estamos para lo que él decida que necesita. Pero además y esta es la parte más difícil de nuestra labor. Además, estamos para hacerle ver los detalles que escapan a su mirada. Estamos para analizar los planes que tiene para cada quién. Somos sus ojos.
- Dios es omnipresente, Rafael – contesté.
- Hasta Dios necesita ayuda y nosotros somos esa ayuda – contestó Uriel.
Gabriel ingresó. Traía el rostro inmutable. Con carácter. Traía consigo una caja de acero con una insignia justo en la parte superior. Algo parecido a un arpa, de esas que utilizan los serafines al cantar las maravillas de Dios. Todos quedamos en silencio. Todos parecían conocer el contenido de aquella caja excepto yo, que estiré la mano para tocarla. Pero Uriel me detuvo.
- Son los sellos – dijo Azrael y a sus palabras todos se hincaron. Yo repetí la postura – Alabado sea Dios.
- Alabado sea – contestamos.
Gabriel alzó la caja, se hincó y la puso sobre la mesa. Luego nos sentamos. Había escuchado sobre los sellos, pero no los había visto jamás. Era un acto ceremonial. Cada uno de los miembros del Consejo debía tomar un sello, como muestra de que estaba dispuesto a colaborar en lo que Dios así dispusiera. Había visto con buenos ojos lo que Gabriel le había comunicado. Las palabras del Consejo fueron bien recibidas. El proyecto tenía luz para trabajarse.
- Ve tú primero, Rafael – dijo Samael.
Rafael se puso en pie. Agachó la cabeza y caminó despacio. Tapó sus ojos con ambas manos. Luego alzó la cabeza. Extendió su brazo izquierdo y tomó uno de los sellos. Lo alzó ante la vista de todos y lo colocó en su frente. Luego lo besó, volvió a alzarlo y entonces Gabriel le dijo:
- ¿Aceptas tu papel como una extensión del poder de Dios?
- Acepto.
- ¿Eres un ser dispuesto para Dios y solamente para él?
- Lo soy.
Uno a uno fuimos tomando los sellos, hasta que al final le tocó el turno a Gabriel. Rafael me miró.
- Confirma la anuencia de Gabriel.
- ¿Yo?
- Sí. Eres el más joven de todos los que estamos acá. Esta es tu primera presencia ante los sellos. No hay nadie mejor que tú para este momento.
- Pero soy tan inexperto.
- Anda – dijo Lucifer – todos hemos sido tú en algún momento.
Entonces me puse de pie, me coloqué junto a la caja y Gabriel se acercó para tomar su sello.
- ¿Aceptas tu papel como una extensión del poder de Dios?
- Lo acepto.
- ¿Eres un ser dispuesto para Dios y solamente para él?
- Lo soy – y tomó el sello que quedaba en la caja.
Luego cerré la caja. De acuerdo con lo que me indicaron. En ese momento recordé el bosque. Recordé a Betsabé y las palabras que le dijo a Gabriel luego de besarlo por primera vez “¿estás dispuesto para mí?” “lo estoy” le contestó Gabriel.
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