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La vida está a un coito de distancia
La vida está a un coito de distancia, ni más ni menos. Una distancia tan
certera como los veintiún centímetros que ese coito necesita para ser efectivo.
Un minuto es suficiente para que la naturaleza se desenfunde y se nutra de aire
y respiración. Lo que significa, que, en realidad, ese minuto es más que suficiente
para el acto ineludible de la procreación, de la intimidad. Habrá quienes
sugieran que un minuto no sirve ni para calentar motores, que el sudor no se
produce en ese lapso minucioso de tiempo, esos mismos son quienes necesitan
homenajear a sus más bajos instintos, quienes se satisfacen en la lascivia y la
opulencia de la carne.
Porque y aquí solicito seriedad a la estimable audiencia, estarán de
acuerdo conmigo en que cuando la abejita poliniza a la flor, es el momento
mismo de la reproducción. El vuelo que hizo la abeja es apenas un preludio, una
metáfora aritmética en disonancia con el fin mismo de su acto. Y aunque es
cierto, claro está, que la polinización de nuestra abejita no sería posible sin
haber llevado a cabo el vuelo, también es cierto que el destino final es lo que
importa.
Imaginemos por un segundo que seamos esa abejita que busca y busca y
rebusca una flor ¿no debería la polinización ser más que suficiente para hombres y mujeres?... ¡pero no!, queremos que la abejita agarre a la flor, le dé unos
besos negros, le dé de nalgadas, le jale los pétalos… ¿qué es eso? ¡Por Dios! Esas
actitudes vergonzosas que únicamente sirven para denigrar la integridad del ser
humano. El acto divino de la procreación no debe verse inmerso dentro del
asqueroso placer sexual, acto inmoral que conduce a las personas hacia un
camino escandaloso dotado de barrios bajos y luces lujuriosas que se revuelcan
como animales en la cama.
¡No, señores! La pureza, la intención verdadera del acto reproductor no
debe ser mancillado por seres indeseables que solamente buscan saciarse con
sudores, latigazos y sabrá Dios cuántas aberraciones más, no somos vacas para que
nos estén sacando la leche en cuanto momento se les antoje, dejemos de oprimir
las virtudes que nos fueron dadas y liberémonos del escándalo sexual en el que
vivimos. Que la sexualidad desmedida nunca se atreva a acercarse a nuestro
lecho conyugal, que nunca seamos víctimas de pensamientos obscenos ni de jueguitos
de policías o doctores, porque eso, eso precisamente nos enferma la mente y nos
convierte en animales salvajes, escudriñemos dentro de nosotros mismos y seamos
fieles a los principios espirituales que por los siglos de los siglos ¡Amén! Nos
fueron dados en confianza del Creador, seamos angelitos de cuerpo y alma,
querubines de los santos pensamientos, lechuzas con los ojos abiertos para ver
el mal, maripositas para mover las alas y alejarnos de esas tentaciones que
quieren mandarnos a profanar nuestros preciosos y delicados seres…
-
¡Samuel!
¿ya terminaste de escribir esas pendejadas?
-
No,
querida, estoy tratando de canalizar mis ideas.
-
¡Puta!
Samuel ¡apúrate que llevo puesto el enterizo negro que te enciende como a un
felino!
-
Y yo
perdiendo el tiempo en estos borradores, ¡ahí te voy, mi gatita deseosa de
lácteos!
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