Ofelia (Capítulo Dieciséis/Penúltimo: Propuesta de noviazgo)
Pasaron apenas un par de semanas desde que Joaquín me invitó a salir. Anoche que fue sábado vino a casa, pero pasó algo que no vi venir, algo que me confundió, que me dejó atónita y que no sé, a ciencia cierta si afectará la amistad que tenemos en este momento. Llegó temprano, cuando apenas estaba anocheciendo, traía el cuaderno en donde escribe los poemas que se le vienen a la cabeza, lleno de letras, tachones, ideas. Entonces sentados en las mecedoras, le pedí aquel cuaderno para ojearlo por mí misma, para ver aquellas ideas sobre las que me comentaba y cuyos versos de amor dedicaba a la mujer misteriosa cuyo nombre no había sido revelado para mí hasta el momento.
Entonces, mientras ojeaba aquellas hojas, encontré un poema, titulado “El proceso del amor”, que decía así:
Caminaba derecho en la acera del frente
un día de marzo entre frío y caliente,
pensando en el modo de vida que llevo,
pensando en la chica de misa, soñando despierto.
Y en las nubes blancas bordadas en el cielo
dibujo sus labios, dibujo su cuerpo,
en la noche la luna refresca su ausencia
en un vano intento de llegar a su puerta.
Y el deseo confunde mi mente cambiante
y se escapa la chispa con la cual el corazón late,
y en el proceso del amor
cambia su perfume de olor,
y en la víspera del día que veo a la diva
cambia el sol un momento,
y no me importa si me refleja el calor de sus labios
en el alma de mi vida.
Y al tratar de acercarme a darle el saludo
mi esfuerzo se desvanece, oscureciendo su mundo,
y el día que no llega puntual a su cita
mi mente camina y crea su fotografía.
Y aunque ella no sepa lo que siento por dentro
aún sigo soñando hablarle dice que no,
valdrá el intento de entrar en su corazón,
valdrá el intento y entraré en su corazón.
Terminé de leerlo totalmente absorta, como idiota. Cerré el cuaderno antes de que siquiera pudiera saber lo que estaba pasando a mi alrededor. Levanté mi rostro, Joaquín se mordía los labios, como si esperara a que yo tomara la iniciativa.
- ¿Quién es la chica de misa? – fue lo único que se me ocurrió preguntar.
- ¿No es obvio? – contestó con algo de temor.
- ¡Dios mío! – le entregué el cuaderno – la chica de misa soy yo. La chica a la que… la chica a la que le escribes los poemas de amor es a mí ¿entonces no querías ser mi amigo?
- Sí – yo moví la cabeza negando su respuesta – quiero ser tu amigo, pero si pudiera ser tu novio, estaría feliz.
El piso parecía una especia de arena movediza en mis pies, me agarré fuerte de la mecedora para no caerme.
- ¿Quieres ser mi novio?
- Si no te molesta.
- Pero… ¿por qué?
- Mírate, Ofelia. Estás muy linda.
Quedé en shock, el mundo no me había advertido. Posiblemente hubo señales. Obvio, me había dado señales, pero yo no las había captado. Mi ingenuidad había jugado conmigo, con mis emociones, con mis pensamientos. La locura comenzaba a recorrer todos los rincones de mi cabeza, de mi cuerpo. Así debía sentirse la tensión.
- No. No me molesta, pero… - ese, pero, son como un balazo en la cara de Joaquín – ahorita es una locura – comprendí en su cara que estaba decepcionado – y ¿si nos damos un tiempo?
- ¿Un tiempo?
- Sí – lo miré directo a los ojos – para conocernos un poco más. No te estoy diciendo que no. Sólo te estoy diciendo que me esperes un poco. Me agarraste totalmente desprevenida.
- Está bien – era mentira, por su voz sonaba a que no estaba bien.
- Mira, vamos a seguir como hasta ahora y cuando esté lista, te lo voy a hacer saber.
Esa noche me dolió el corazón cuando Joaquín se despidió. Sabía en mis adentros que había agarrado su corazón y lo había partido en dos. Aunque, había sido sincera ¿acaso no sirve eso? ¿acaso la sinceridad está tan mal vista en estos días? Me fui a la cama sin lograr dejar de pensar en lo que había sucedido, si había hecho bien o no. Era un buen muchacho, me trataba como a una dama, nunca me había faltado el respeto. Pero a mis dieciséis estaba tan confundida, que las palabras de él sonaron como el agua de un río cuando rompe contra las piedras. Había sido estruendoso. Un colapso. Inesperado.
El día siguiente me desperté con la duda de si volvería a llamarme o se olvidaría de mí. No lo culparía de olvidarse. Seguramente le había costado dormir. Pasó ese día. Y el siguiente. Y aún pasó el siguiente día. Joaquín no me llamó.
Comentarios
Publicar un comentario