Una ducha para la monja
Una ducha para la monja que me vio escribir
cinco versos de deseo y de locura,
se frotaba en un ir y venir
mientras que yo comentaba sobre tu cintura.
Y en una barra se pidió una copa de vino
escuchando conversaciones sobre primavera,
porque esa rola del destino
insiste en no desvestirla a la primera.
Y me escuchó contar el temblor de tu cadera
escala diez de Ritcher en un buen colchón,
y se dijo “hombre, quién pudiera
dominar de este varón el corazón”.
Y yo hablo de ti con normalidad de amor,
como se habla de las diosas en los libros,
y narro de tus pechos su color
y la monjita mira los suyos con delirios.
En épocas pasadas se inundó la Tierra
con una lluvia de cuarenta noches,
tengo con tus bragas una guerra
que la gano sin defensa ni reproches.
Una ducha para la monja que leyendo
estas sucias líneas que mal escribo
poquito a poco con sudor se fue diluyendo
imaginando en ti los muros que derribo.
Una ducha para la monja, por favor,
que un día cualquiera descubrió el arte
que existe en los dibujos sin color
que garabateo yo al desnudarte.
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