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La mesera
- No eres una buena persona – dijo él y bebió otro trago de café.
- ¿Por qué dices eso? – contestó ella indignada.
- Visiones.
- ¿Visiones? – estaba eufórica – me invitas a tomar un café, solo para decirme cosas denigrantes porque tienes ¿visiones?
- No es necesario que…
- ¿No es necesario? – lo interrumpió - ¿quién te crees que eres? ¿El Papa? ¿Dalai? ¡púdrete! ¿sabes lo que he luchado para ser yo misma?
El chico estaba anonadado. Con su alma enteramente cubierta de angustia y ansiedad, más de lo que cualquier humano es capaz de soportar. Su rostro se ocultó tras la taza que aún tenía algo de café caliente en su interior. Aquello simplemente se le había salido de las manos. Estaba perdiendo la guerra sin poder siquiera dar batalla. La escenografía de aquella cafetería daba la sensación de ser una catacumba moderna. El chico llevó su mano al bolsillo derecho de su abrigo, sacó una pequeña caja y la puso en mitad de la mesa.
- Oh, por Dios – dijo ella sintiéndose como basura – no me jodas.
- No eres una buena persona. Eres una persona maravillosa. Increíble. Como el agua que une los dos continentes que marcan mi vacío.
La chica lo miró y soltó una lágrima mientras trataba de juntar todas las emociones que la recorrían de arriba abajo. Y que causaban en ella una química frágil.
- Eres un idiota – dijo la chica llorando ahora un poco más.
- Sí. Tienes toda la razón. Lo soy. Pero también soy un hombre que sabe que hay algo que ocupa llenarse dentro de él. Soy limitado. Mis expectativas son muy altas para lograrlas por mí mismo.
Entonces el chico abrió la caja. Dentro se hallaba un anillo de oro con el nombre de ella grabado y un diamante color fucsia que brilló apenas vio la luz de la lámpara que estaba sobre ellos. Luego la tomó de la mano y le colocó el anillo en el dedo con delicadeza.
- Eres mi visión – dijo él – sólo ocupo saber si quisieras casarte conmigo.
La chica volvió a mirarlo, tenía los ojos rojos por el llanto. Estaba paralizada, no había imaginado que aquello pudiera pasar. A pesar de que la semana siguiente cumplirían dos años de noviazgo.
- ¿Estás aquí? – preguntó él.
La chica continuaba sin responder. Entonces alzó el rostro y miró hacia la ventana. Fuera estaba el chico con el que llevaba saliendo dos semanas, porque sentía que la relación donde estaba no iba para ningún lugar. Ella había acudido a la cita para terminar con su novio. Con aquel chico que estaba de rodillas frente a ella pidiéndole matrimonio mientras los clientes y la mesera esperaban la respuesta para aplaudirles y felicitarlos.
- Perdóname.
Dijo finalmente. Le dio un beso en la frente. Se quitó el anillo y lo guardó en la caja. Luego tomó su bolso y salió por la puerta del local sin prestar atención al muchacho que la esperaba en la acera. La mesera se acercó al chico que se levantaba con el anillo devuelta en la caja de donde lo había sacado ilusionado.
- Lo siento – le dijo en un acto simbólico.
- No. No lo sientas – le contestó – sabía que esto iba a pasar.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque aquel sujeto que está cruzando la calle, ha estado saliendo con ella durante las últimas semanas.
- ¿Cómo lo sabes?
- Los he visto.
- Y, aun así, le has pedido matrimonio ¿por qué?
- Porque los hombres vivimos equivocados. Perseguimos a mujeres bonitas como si el mundo no estuviera lleno de ellas. No hay que perseguir a las mujeres lindas, hay que perseguir a las diosas, porque son más raras de encontrar y llenan más el corazón. Ella es mi diosa. Tenía que hacer un último esfuerzo por retenerla.
- Ojalá un hombre me viera así alguna vez.
- El hecho de que no te lo digan, no significa que no te vean así.
Luego pagó la cuenta. Dejó la caja abierta sobre la mesa con el anillo dentro y salió por la puerta. La mesera tomó el anillo, leyó el nombre que estaba grabado y volvió a guardarlo en la caja. “Y yo creí que los dioses ya no hacían sufrir a los mortales” se dijo para sí misma. Lo conservó por dos semanas, creyendo que el chico podría regresar y pedirlo. Pero al cabo de esas dos semanas, cuando entendió que no él no tenía intención de recuperarlo, se dirigió a la tienda de empeños que se encontraba a dos cuadras de la cafetería y lo vendió para ayudarse a pagar el alquiler de su apartamento.
- ¿Lo has visto? – le dijo una muchacha que abrió la puerta del local con algo de prisa.
- ¿Disculpa? ¿de quién me hablas?
- Del chico que me pidió matrimonio hace un par de semanas acá.
- Ah, ya recuerdo. No lo he visto.
- ¿Dijo algo sobre mí?
- Al menos a mí no. Soy una simple mesera. Solo tomo pedidos y los entrego. Difícilmente se van a detener a hacerme conversación.
La chica se marchó llena de tristeza, mientras la mesera apretaba en el bolsillo el dinero que le habían dado por el anillo.
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