Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre
¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.
Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones.
Seguíamos igual que antes.
El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa, porque quiero hablar con él sobre algo. Algo que tal vez le interese. Algo que tal vez nos haga bien a ambos. No sé. Tal vez me equivoque. No lo creo.
Recuerdo la fecha como si fuera hoy, como si acabara de suceder y sin embargo, ya han pasado muchos años desde aquella noche. Joaquín llegó a casa, para ayudarme con una de las tantas tareas que se me complicaban y además para hablar. Me maquillé, me puse una blusa gris y un pantalón de mezclilla. Estuvimos charlando, nada fuera de lo normal, tomó algo de café y cerca de las siete de las noches, nos fuimos a la entrada de la casa, yo me recosté al muro. Él estaba recostado del portón. Como dije antes, recuerdo aquello como si hubiera sucedido apenas hace unos minutos. Era miércoles. Miércoles 7 de febrero del año dos mil uno.
- Quería preguntarte algo, Joaquín.
- ¿Qué sucede?
- Perdóname… quería preguntarte…. Quería saber si aún querías ser mi novio.
- ¿Cómo dices?
- Que yo quería saber si aún, después de todo este tiempo, sigues interesado en que fuéramos algo más.
- Por supuesto que sí, Ofelia.
Su cara empezaba a brillar.
- Podríamos intentarlo, si quieres.
- ¿Lo dices en serio? – asentí con la cabeza - ¿te puedo dar un beso? – volví a asentir con la cabeza.
En ese momento, nos besamos. Corrección, en ese momento, por primera vez en mi vida, estaba besándome. Por primera vez estaba sintiendo un no se qué. Ni idea de cuánto tardamos en aquel beso, sólo sé que estaba sintiéndome bien. Estaba pensando en las semanas, meses, que había retrasado aquello con Joaquín. No podía respirar. Tenía el corazón acelerado. Y, aun así, me sobraba el aire en los pulmones. Estábamos abrazados.
Todavía nos quedamos hablando un par de minutos. Luego se despidió y volvimos a besarnos. No sé cómo iba él o qué sentía, yo caminé hacia la casa, puse un dedo en mis labios y sentí su boca todavía en la mía. No dije nada. Aquello que había sucedido, era para mí, nadie tenía la necesidad de saberlo. Era mi noche.
Quedamos en volver a vernos la siguiente semana, el miércoles que seguía, catorce de febrero. Hablamos casi a diario por teléfono. Pero ese catorce de febrero, algo pasó. Algo que no tenía planeado. Algo que nunca en la vida habría creído que iba a suceder. Ese día, cerca de las cuatro de la tarde, me llamaron desde el portón. Era Víctor. Uno de los muchachos que asistían a los retiros espirituales a los que yo también iba. Estaba de pie frente a mi casa, con un peluche en su mano. Salí a saludarlo. Víctor vivía a treinta kilómetros de distancia.
- Hola, Ofelia.
- ¿Víctor? Hola ¿qué haces aquí? – tomó el peluche que traía y me lo dio.
- Ofelia… quería preguntarte si querías ser mi novia.
- Víctor…
- Sé que te tomo por sorpresa.
- Ay, Víctor…
- ¿Me vas a decir que no?
- Víctor… ya tengo novio…
- ¿Cómo? ¿cuándo?
- La semana pasada comencé con un muchacho, se llama Joaquín.
La sonrisa que traía cuando me vio acercarme, se le fue desdibujando de la cara. Lo miré sin saber qué decirle. Me dejó el peluche y se marchó. Habíamos asistido juntos a muchos encuentros, pero nunca me había dicho que yo le interesara. Tal vez porque mi prioridad en aquel momento era averiguar si la vida religiosa era para mí y él estaba tratando de averiguar lo mismo sobre la vida sacerdotal.
Joaquín llegó a mi casa, cerca de las seis de la tarde. Traía una caja con chocolates y tres rosas. Se sentó en el corredor y yo fui a mi cuarto, tomé el peluche y se lo mostré.
- Y ¿eso?
- Antes de que llegaras, vino Víctor. Un muchacho de Atenas vino a pedirme que fuera su novia.
- Y ¿qué le dijiste? – estaba serio, triste.
- Le dije que no. Que ya tenía novio. Tú eres mi novio.
Dos años y medio después, justo una semana antes de que Joaquín cumpliera veinticuatro años, nos dimos el beso más importante, frente al sacerdote, en el altar. Con mis padres entregándome a Joaquín, caminando hacia el altar. Yo tenía diecinueve. Era sábado 1 de noviembre del dos mil tres, a las tres de la tarde.
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