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Ofelia (Capítulo Once: Solicitud de amistad)

 Aquí estábamos otra vez, en lo mismo que habíamos quedado en el último punto y aparte. Otra vez en misa, puntuales como todos los domingos en la misa de las nueve de la mañana, un día de verano, dieciséis de abril, año dos mil. Sentada junto a mis padres, en el lateral derecho del templo. Mi intuición femenina estaba de vacaciones, no se había presentado a charlar conmigo durante la misa, podía poner atención a las palabras del Padre William. - … Dios se abre con nosotros y espera que nosotros tengamos la confianza suficiente para abrirnos con él, como lo hacemos con un hermano, con un amigo. Solo, que, a diferencia de alguna persona, Dios nunca va a traicionar nuestra confianza, podemos confiar en él con total plenitud – un par de años después, mi madrina le confesaría al Padre William que estaba enamorada de él, pero este, lejos de corresponderle su amor carnal, le pidió que asistiera a misa a otra parroquia, lejos de allí, pero siguió acosándolo en las siguientes dos parroquias...

Nazareth (Capítulo veintiséis/Penúltimo: El peso de la cruda realidad)

 Aquella salida al motel hace una semana era lo que yo necesitaba para dejar de lado a mis fantasmas, si hace unos meses alguien me hubiera dicho que conocería a un hombre capaz de volverme a sentir deseo me habría reído en su cara, pero Ernesto había sido capaz de eso y más, era el hombre perfecto, sabía la manera exacta de hacerme sentir mujer, si manteníamos lo nuestro en secreto es por mi estado civil, porque el matrimonio que tengo con Alejandro impide que me presente con sus amistades.


- Estás enamorada – Lucrecia estaba bastante seria cuando me lo dijo.

- No, Lucrecia, no seas tonta.

- No soy tonta, pero tengo años de conocerte y esa sonrisa que traes no te la había visto hace mucho tiempo.

- La sonrisa la tengo aquí, conmigo.

- Deberías terminar con Alejandro, no estás en tu sitio, qué sentido tiene que sigas casada si por dentro eres soltera.


No supe responderle, tal vez tiene razón, tal vez mi estado civil es un búnker que me tiene apresada y yo no he querido verlo de esa manera. Cuando por fin estuve a punto de responder, entró una mujer sumamente linda, bien maquillada, con un muy buen cuerpo. Entró y me saludó como si ya nos conociéramos, pero por mi saludo se dio cuenta de que no la recordaba.


- Hola ¿no te acuerdas de mí?

- Qué pena, pero no… tampoco es que yo sea tremenda en mi memoria.

- Es justificado, solo nos vimos una vez. Soy Magaly.

- Magaly… Magaly…

- Magaly, la esposa de Ernesto


Lucrecia dejó caer las flores que tenía en sus manos y yo quedé en neutro, mis neuronas no caminaban ni hacia atrás ni hacia adelante.


- ¿La esposa de Ernesto?

- Ernesto García, tu compañero de la secundaria ¿recuerdas que entré con él un día y nos presentó? – claro que la recordaba, solo que hasta donde yo recordaba era su hermana, no su esposa.

- Claro, la esposa de Ernesto – las palabras apenas salían por mi boca - ¿qué se te ofrece?

- Voy a hacerle una pequeña fiesta de cumpleaños el sábado y no conozco muchas amistades de él de la secundaria, quería invitarte a que fueras a casa.


Mis neuronas todavía no respondían y de no ser por Lucrecia no habría salido de aquella escena tan bochornosa con vida.


- ¡Ay, no! Acuérdate que quedamos en ir al cine el sábado, ya compré las entradas.

- ¿El cine? – respondí sin saber lo que decía.

- Sí, llevo meses esperando esa película.

- Qué pena – respondió Magaly – me habría gustado que vinieras a casa a festejar conmigo y Ernesto.

- Cierto, ya me había comprometido con Lucre, pero tal vez en otra ocasión.


Magaly se despidió de manera amable y me advirtió que en la próxima ocasión no iba a aceptar un no por respuesta. Lucrecia me abrazó con fuerza y con cariño a la vez. Mi cabeza daba vueltas sin encontrarle sentido a lo que acababa de suceder, el hombre con quien yo estaba en modo de aventura era casado, con una mujer hermosa, más joven que yo, me había ocultado como a una amiga de colegio y la esposa me acababa de invitar a una fiesta de cumpleaños.


- Deberías llamarlo y gritarle la rabia que sientes.

- Para qué – y comencé a llorar porque me sentí estúpida - ¿qué hago con eso Lucre?

- Tienes razón, no haces nada.


Lo que hice fue bloquearlo de mis contactos y dos días después cuando llegó a la floristería, Lucrecia no le dio oportunidad de hablar, lo echó tirándole un balde con agua que estaba destinada a ser repartida entre las plantas. Los improperios que Lucrecia le gritó no puedo contarlos acá, por miedo a que la censura no me permita llegar al último capítulo.


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