Ofelia (Capítulo Once: Solicitud de amistad)
Aquí estábamos otra vez, en lo mismo que habíamos quedado en el último punto y aparte. Otra vez en misa, puntuales como todos los domingos en la misa de las nueve de la mañana, un día de verano, dieciséis de abril, año dos mil. Sentada junto a mis padres, en el lateral derecho del templo. Mi intuición femenina estaba de vacaciones, no se había presentado a charlar conmigo durante la misa, podía poner atención a las palabras del Padre William.
- … Dios se abre con nosotros y espera que nosotros tengamos la confianza suficiente para abrirnos con él, como lo hacemos con un hermano, con un amigo. Solo, que, a diferencia de alguna persona, Dios nunca va a traicionar nuestra confianza, podemos confiar en él con total plenitud – un par de años después, mi madrina le confesaría al Padre William que estaba enamorada de él, pero este, lejos de corresponderle su amor carnal, le pidió que asistiera a misa a otra parroquia, lejos de allí, pero siguió acosándolo en las siguientes dos parroquias donde él estuvo nombrado. Eso podría dar para alguna historia.
La ausencia de mi intuición solamente podía ser señal de una cosa, las visiones que yo había tenido la semana anterior, no eran ciertas, no tenían ninguna importancia ni la tendrían jamás en el transcurso de mi vida. Fue un falso avistamiento, un pensamiento infundado. Nada especial.
A veces pasa que creemos que algo va a suceder, pero solo es nuestro cerebro pidiéndonos que estemos atentos, que sigamos con cautela. No es porque algo en realidad vaya a ocurrir, imaginamos cosas, conversaciones, días, vidas diferentes, así es el ser humano, una cajita de Pandora, cuyo contenido es desconocido, puede ser algo bueno, algo malo o no ser nada, hay tantas opciones que cuesta inclinarse por alguna en particular.
Llegó el momento de darse la paz, no había indicios del susodicho, definitivamente mi intuición había acertado en ausentarse hoy, tomaba vacaciones porque sabía que no iba a suceder nada. No vale la pena preocuparse por el mañana, porque el mañana traerá lo que tenga que traer y no podemos hacer nada para evitarlo. El Padre dio la bendición, leyó algunos anuncios parroquiales y luego se despidió, esta vez salimos por la puerta principal, no por las laterales, bajamos los escalones que conducían a la calle y mi madre se detuvo para saludar a alguien, en este momento no recuerdo a quién. Yo estaba ahí de pie, escuchando sobre cosas que pasaban, pero justo ahí, justo el día en que mi intuición había sacado vacaciones, sentí que me tocaban el hombro. Mi madre detuvo la conversación.
- Hola.
- Hola – contesté amablemente, era el chico de la misa - ¿qué se te ofrece? ¿nos conocemos?
- No, mi nombre es Joaquín – debí poner cara de duda y él puso cara de idiota – hace días que te veo en la misa y me preguntaba si podíamos ser amigos.
- ¿Amigos?
- Sí.
- Sí, claro. Mi nombre es Ofelia – y nos dimos la mano.
¿Ofelia? Entonces ¿podemos ser amigos?
- Sí, solo espera – busqué algún papel en mi bolso, pero no andaba.
¿Te veo la otra semana?
- Sí o puedes llamarme, el número de mi casa es dos cinco cuatro veintidós cincuenta y siete.
- Veintidós cincuenta y siete. Claro. Un gusto. Eh… hasta luego.
- Hasta luego.
Mi madre aún estaba con su conversación a medias.
- ¿Quién es? Ofelia.
- No sé. Me dijo que se llama Joaquín.
- Y ¿qué quería?
- Ser mi amigo.
Mi madre y mi padre se observaron entre sí, yo subí al carro sin saber exactamente lo que acababa de suceder, pero mi madre había activado su intuición femenina y en cuanto llegamos a casa, le dijo a Otilia, la esposa de Héctor lo sucedido, como si aquello tuviera alguna importancia.
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