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Psicológia Sexual

 Yo tenía un buen pensamiento y un verano esperando para vivir, ella tenía una sonrisa entre sus manos y eso era suficiente para mí. Yo tenía un paso confiado y un secreto para ponerlo en el corazón, ella decía "llevo un sostén ligero estrenémoslo en el colchón". Yo tenía la costumbre de leer junto a la mesa y escuchar música suave mientras leía, pero ella meneaba su cuerpo en mi cabeza susurrando que así no me divertía. Tendía las cobijas para rechazar el frío me tumbaba boca arriba y ella como gata se subía y me desabrochaba el abrigo. Yo llevaba tres misterios del rosario del domingo y seis versículos del salmo noventa y dos, y ella me besaba el ombligo y dándome vuelta me blasfemaba una oración. No se puede ser prudente sin peligrar una ocasión, ni ser del diablo esclavo sin cadenas cuando lo amerita la pasión. Yo tenía una tele sin canales, sin antena y sin color y ella quinientos comerciales de sexo con repetición, un arsenal de posiciones que no sé dónde las inventó, u...

Ofelia (Capítulo Ocho: Las fiestas del pueblo)

 Ayer comenzaron las fiestas del pueblo, en la zona del parque que da justo al frente del templo parroquial, instalaron una estructura metálica que cubre toda la calle. Un escenario para algunas presentaciones en vivo, mesas para jugar bingo, una venta de chicharrones y una casita de dulces. En el parque colocaron tres juegos mecánicos, ventas de churros, elotes y mango. En el salón parroquial, que se encuentra al costado derecho del templo, está la cocina de turno, para aquellos que disfrutan los tamales, sopa de mondongo, arroz blanco, picadillo de papaya y café. A mediodía salían las mascaradas a recorrer las calles, con un grupo de gente que les era fiel y disfrutaban de aquello.


El picadillo de papaya es una delicia, se corta el árbol de raíz, se pela, se corta en trozos pequeños, se muele y luego se arregla con carne, sal, achiote y hojas de orégano. Las fiestas durarán dos fines de semana y reúnen a una buena cantidad de personas, son en honor del santo patrono del pueblo: Santiago Apóstol. 


Entonces regresaban a mí los recuerdos de mi infancia, de los años en que mi padre trabajaba en la hacienda. Saúl y yo, estábamos terminando de colocarnos un abrigo para bajar al pueblo.


- Ya saben niños – nos dijo mi madre en tono de advertencia – no me pidan nada, no tengo dinero para subirlos en ningún juego ni para comprar algo, así que no se antojen de nada.


Saúl y yo movimos la cabeza en señal de que habíamos entendido, la historia se había repetido a través de los años. Nuestro padre no iba a darnos dinero para ir a gastarlo sin sentido. Ahora ya estábamos un poco grandes, pero entonces recuerdo cuando apenas era una niña empezando la escuela ¿cómo le explicas a una niña que no debe antojarse de algo? Miras a todas las personas comiendo cosas tan deliciosas y tú, en cambio, has salido de casa con la advertencia de que está prohibido querer comprar algo. No es culpa de ella, no tenía dinero para comprarnos algo, pero, a veces creo que hubiera sido mejor no ir allí, no exponernos a deseos que nunca se cumplirían, tampoco era necesario ser millonario, había gente pobre que se daba el gusto de comprar un paquete de palomitas o una chorreada de maíz con natilla. Lo que sucedía con nosotros era simplemente una crueldad. Mi madre conversaba con alguna familiar o alguna amistad, mientras que Saúl y yo nos sentábamos a su lado para ser observadores de aquellas luces destellantes, del barco pirata, los carros chocones y alguna que otra atracción que llegaba al lugar.


Nos quedábamos cerca de una hora, que a mí se me hacía interminable, el estómago me sonaba, no porque no hubiera comido antes de salir de casa, si no, porque se antojaba de las cosas que vendían. Conforme nos alejábamos y regresábamos, el sonido del estómago se volvía más leve, como si hubiera perdido el olfato de los elotes, las hamburguesas y los chicharrones. El escenario se repetiría el domingo siguiente, después de la misa de las seis de la tarde.


Cada año se repetía aquello en mi infancia, pero desde que mi padre había ingresado en la policía, Dios había ejecutado un milagro. El día que comenzaban a colocar los juegos, le entregaban a cada policía un sobre con varias fichas, de modo que pudieran utilizarlas durante los días que estuvieran ahí los juegos. Saúl y yo esperábamos con emoción que mi padre cruzara la puerta y nos mostrara el sobre. Entonces mi madre lo tomaba, contaba las fichas y las repartía, la mitad para el primer domingo y las restantes para el domingo siguiente, seguíamos sin comprar nada para comer, pero al menos disfrutábamos de las atracciones. Nos montábamos en lo que queríamos y repetíamos los turnos el domingo siguiente, éramos millonarios por un momento, o al menos, así me sentía yo. Debería esperar un año para volver a las riquezas de las fichas gratis, pero durante esas dos semanas, disfrutaba la salida, porque los paseos tampoco eran cosas frecuentes en mi hogar. Hay gente que tiene de todo y aun así viven quejándose contra Dios y contra la vida, no saben que hay quienes quieren las cosas y no pueden tenerlas.  


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