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Psicológia Sexual

 Yo tenía un buen pensamiento y un verano esperando para vivir, ella tenía una sonrisa entre sus manos y eso era suficiente para mí. Yo tenía un paso confiado y un secreto para ponerlo en el corazón, ella decía "llevo un sostén ligero estrenémoslo en el colchón". Yo tenía la costumbre de leer junto a la mesa y escuchar música suave mientras leía, pero ella meneaba su cuerpo en mi cabeza susurrando que así no me divertía. Tendía las cobijas para rechazar el frío me tumbaba boca arriba y ella como gata se subía y me desabrochaba el abrigo. Yo llevaba tres misterios del rosario del domingo y seis versículos del salmo noventa y dos, y ella me besaba el ombligo y dándome vuelta me blasfemaba una oración. No se puede ser prudente sin peligrar una ocasión, ni ser del diablo esclavo sin cadenas cuando lo amerita la pasión. Yo tenía una tele sin canales, sin antena y sin color y ella quinientos comerciales de sexo con repetición, un arsenal de posiciones que no sé dónde las inventó, u...

Ofelia (Capítulo Nueve: Quinceañera)


La mañana de ese sábado treinta y uno de julio de mil novecientos noventa y nueve, había sido bastante atareada, preparar la comida, que consistía en arroz blanco, frijoles molidos, carne en salsa y escabeche. Ir donde la peluquera para que me hiciera el peinado perfecto, maquillarme, colocar los arreglos sobre las mesas, barrer el lugar para que quedara perfecto. Mi madre había amanecido antes de que los gallos cantaran, las horas estaban contadas, el día que tocaba por delante sería cansado, pero en la noche, cuando la música sonara, nada de eso importaría, nadie se acordaría de las carreras que sucedieron, todos estarían con rostros de alegría, en medio de los bailes y la comida. La noche antes dormí poco, nos acostamos tarde, cortando las zanahorias, vainicas y demás cosas del escabeche, contando los refrescos y las botellas de sidra, revisando el vestido, asegurándonos de que los zapatos estuvieran como debían estar, tratando de dejar listas la mayoría de las cosas, yo había caído en la cama, completamente agotada, tan agotada que esa noche no soñé nada. 


- Estás hermosa, hija.

- Gracias, mamá – era verdad, el vestido rosado que mi prima Naomi había traído desde Estados Unidos era hermoso.

- Ojalá disfrutes muchísimo la fiesta.

- Lo haré.


Mi madre me acompañó al jardín de la casa de tío Anselmo, para que me hicieran la sesión de fotos, el jardín era amplio y como podíamos ir caminando, dado que su propiedad colinda con la nuestra, no había ningún problema de transporte ni nada que se le pareciera. Tía Fanny, la esposa de Anselmo, había ofrecido su jardín no solo para la sesión de fotos, sino también para la fiesta. La idea le había parecido estupenda a mamá, puesto que el dinero no había alcanzado para un salón costoso. La música estaba a cargo de mi primo Matías, dueño de una disco móvil y que ofició como dj. 


Mi familia es enorme y mi madre es de esas mujeres acostumbradas a invitar a todos, primos, tíos, sin importar la línea de parentesco, así que fácilmente podía haber unas doscientas personas en el lugar. La fiesta había sido costeada por mi madre, juntando unas monedas por aquí, un billete por allá, otra moneda que sobraba de algún mandado. Sin yo saber, la fiesta también era suya. Era la oportunidad de que su hija tuviera la fiesta que ella nunca tuvo, porque en su juventud el dinero apenas daba para comer, solamente los millonarios harían una fiesta para festejar a sus hijas. 


Entré en la fiesta en medio de aplausos, besos y abrazos de todos los que se encontraban en el lugar. Mi padre comenzó junto con mis hermanos a repartir la sidra, para poder llevar a cabo el brindis y dar con ello iniciada oficialmente la fiesta. Pocas veces recordaba verlo con un rostro tan lleno de orgullo y alegría como esa noche, se paseaba con una sonrisa en los labios, servía la sidra y agradecía las felicitaciones que le daban los invitados. Anselmo tomó la palabra una vez que todos tenían su vaso listo y llevó a cabo el brindis, haciendo hincapié en la belleza de la quinceañera y en la calidad de la sidra, que él mismo traía desde la frontera Sur, donde hacía viajes cada dos semanas para surtir su negocio con perfumes y licores. 


Una vez que terminó el brindis, comenzó a sonar la música: merengue, salsa, cumbia, paso doble… cualquier ritmo latino que uno se imaginara, sonaba por igual Juan Luis Guerra que La Sonora Dinamita, por igual Los Hermanos Rosario que La Sonora Santanera. Nunca me había sentido así, tan homenajeada, atrás habían quedado los tiempos en que corrían conmigo al hospital por culpa del asma. Estaba mi cuartel de amigos, que hacían una ronda para bailar conmigo, la noche era mágica. No hubo borrachos, que sí los hay en mi familia, pero no llegaron a tanto esa noche. Mis padres se apapacharon para bailar al rito de un paso doble y un bolero, parecían un par de novios, una pareja de muchachillos que bailaban mientras con sus mejillas bien pegadas una a la otra, porque si hay algo que ninguno de los dos le negaría jamás al otro, sería un baile. “Fue en un cabaret donde te encontré bailando, vendiendo tu amor al mejor postor soñando y con sentimiento noble yo le brindé como un hombre” …


Si alguna vez recibí más regalos de los que imaginé fue esa noche, entonces recordé todas las veces que recibía siempre la misma muñeca, muñeca que yo misma terminaba por romper, porque nunca era la Barbie que quería. Siempre era la misma muñeca para Navidad o para mi cumpleaños, pero en la noche de mis quince años, esa noche de finales de julio, me habían llovido los regalos por doquier. Cajas musicales, perfumes, ropa, zapatos, maquillaje. Si a los quince años dejas de ser una niña boba para convertirte en toda una mujer, yo me convertía en medio de risas y alegrías, en medio de bailes y sueños que, al menos por una noche, colmaron mi cuerpo en satisfacción y mi alma en fiesta.

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