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Ofelia (Capítulo diez: La intuición femenina en plena homilía)
No era la primera vez que me sucedía, llevaba varios fines de semana con el mismo sentimiento, ese sentimiento que es como una campanilla y que se activa dentro de ti para decirte que hay alguien observándote, pero ¿quién? El sacerdote seguía con la homilía, hablando sobre cómo Jesús no solo había resucitado a Lázaro aquel día, sino que cada día nos resucitaba a cada uno de nosotros siempre y cuando tengamos la confianza en él y sintamos en nuestro corazón el deseo de la resurrección. A mí me había tocado leer el salmo 94, y mientras lo leía, traté de investigar con la mirada como si fuera el mismísimo Sherlock, tratando de dar con la persona que causaba aquello en mi interior. La intuición femenina estaba manifestándose.
… porque hoy todos somos Lázaro – decía el Padre – todos estamos llamados a resucitar cuando Dios nos llama por nuestro nombre, no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos, debemos estar atentos, porque a cada uno, Dios nos pide creer en nuestra propia resurrección. No pueden mantenernos encadenados nuestros pecados, Lázaro sigue resucitando cada vez que atendemos el llamado de Dios, nos llama a todos, no es selectivo…
Habían transcurrido ya ocho meses desde la fiesta. Me quedaban muchos recuerdos, pero cada domingo se repetía, desde hace un tiempo, esa sensación de ser víctima (si es que cabe esa palabra en este contexto) de los ojos de alguien más. Continuaba sin averiguar quién o quiénes. Habrás tenido esa sensación alguna vez y como yo, habrás tratado de dar con el origen. Es como si el alma, el corazón y el alma se juntaran en una misma mesa a conversar, para ponerse de acuerdo y escudriñar en los alrededores, como en un juego de espionaje. Dejé a Lázaro en la homilía, yo estaba en otra cosa, lejos de lo que dijera el Padre William.
Entonces llegó el momento de darse la paz, ese escenario donde saludamos a quienes están cerca, deseándoles que la paz de Cristo sea con ellos. Ahí estaba, justo en la banca de atrás, ese era el origen de mis sensaciones, de las observaciones, de que la intuición femenina se me acercara a conversar conmigo en cada misa. Estaba justo detrás de mí ¿cómo no lo había notado antes? No importaba donde yo me sentara, ese muchacho se sentaba una o dos bancas atrás, como si tuviera apartado el lugar para poder observar. Tenía los ojos oscuros, piel blanca, bigote y debía tener unos diecinueve años. Esa es mi primera impresión. Pero ¿por qué generaba aquella atmósfera? ¿qué tenía una muchacha como yo? ¿qué motivos tenía?
La paz sea contigo – dije extendiendo mi mano.
La paz sea contigo.
Volví a sentarme, coloqué las manos en mis piernas, tuve la intención de mirar atrás, pero no tenía sentido ¿qué hacía con voltearme? ¿qué lograba con eso? Tal vez era solo cosa mía, existía la posibilidad de que fuera una simple locura de mi parte, que el cerebro quisiera gastarme una broma. Probablemente las hormonas juveniles estaban disparándose a todos lados y ponían ideas absurdas en mi cabeza, alguien mirándome ¡claro! De entre todas las personas que llenaban el templo cada misa, alguien buscaba la manera de fijarse en mí. Si eso no era una broma de mi cerebro, no tengo idea de lo que podía ser. Justo después de que el sacerdote dio la bendición final, mi madre tomó su bolso, mi padre tomó su sombrero y yo me giré despacio. Había desaparecido, bueno, no desaparecido exactamente como lo haría un espectro, me refiero a que ya no estaba, se había retirado antes de que yo me girara.
Salimos del templo hacia el carro, miré cautelosamente a ambos lados, tratando de no llamar la atención. No estaba ahí, había salido de prisa, seguramente tenía algo que hacer o lo había hecho por evitar que yo lo observara. Perdón, me dio risa esta última observación. Esperaré a la siguiente semana, quién sabe, tal vez llegue y se siente detrás de mí, como viene siendo la costumbre o tal vez no vuelva, tal vez solo lo imagino y en realidad nada de lo que creo ha pasado en realidad.
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