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Nos despedimos

 Ahí me tienes ayunando los besos que no recibo y los abrazos que sin sentido le doy al viento porque tu amor me lo perdí. Y no hablemos de la magia porque cualquier amor se lanza por la ventana, imagina como perdí la cabeza por ti. Toda despedida nunca viene sola, siempre trae pedazos de cristales que se rompieron y que nunca más se reunieron por mucho que avancen las horas. Te dedico el sueño que tenga hoy en la noche porque de seguro que sueño contigo, y entérate que cuando lloro me maldigo por amarte tanto. Pobre el amor, porque lo despedí de su puesto, ya no cumplía con su trabajo a tiempo y aunque costó, aceptó su jubilación. Aquí me despido dejándote esta mala nota de amor, palabras más, palabras menos, que este tren no pierda los frenos y que el último amanecer, amanezca mejor. Aquí me despido, huérfano, con epidemias de lutos por amores que sucedieron hace algunos segundos, y luchas internas odiando con un café las lujurias que se mofaron de mi buen querer. Quédate tú aman...

Nazareth (Capítulo veinticuatro: Huele a peligro)


Estaba de rodillas, frente a Lucrecia, implorando compasión.


- Lucre, por favor.

- ¡Ay, ya! Levántate, no le hagas al payaso ¿acaso me estás pidiendo permiso para acostarte con un hombre?

- No, para eso no ocupo permiso, pero sí para salir mañana temprano.

- Debería darte un poco de vergüenza, Nazareth, eres una mujer casada.

- Casada sí, pero no disfrutada.

- Mira, si te cubro en esta me vas a deber dos o tres.

- Que nunca se diga que Nazareth no cumple con sus deudas.


Le envié un mensaje a Ernesto, el trato con Lucrecia estaba hecho, el día siguiente saldría a la hora de almuerzo para pasar la tarde con él en un motel que se encontraba aproximadamente a doce kilómetros de distancia, distancia más que suficiente para pasar desapercibida para la gente que me conoce.


Cristina estaba en shock, Angélica había ido a buscarla al trabajo a la hora del almuerzo y después de dimes y diretes, había logrado sacarla de la tienda. La historia del Vaticano, la Santa Inquisición y la Guerra del Golfo Pérsico, todo le pasó por la mente a Cristina mientras caminaba junto a Angélica hasta la soda de la esquina.


- Dos cervezas, por favor – le pidió Angélica a la mesera.

 - Angie, estoy en hora de trabajo.

- No me digas Angie, mojigata. Tienes cuarenta minutos para explicarme qué demonios te pasó por la cabeza para acostarte con Alejandro ¿No viste que era Alejandro?

- Sí… pero… pero… fue culpa de las hermanas.

- De ¿cuáles hermanas? ¡Estúpida!

- Digo… de las hormonas.

- No digas estupideces, Cristina.

- ¿Quién te contó eso?

- Un pajarito llamado Deborah que te vio sentada encima de él, jadeando en la cama de Nazareth.

- ¿Tiene algo más fuerte? – preguntó Cristina a la mesera cuando ésta llegó con las cervezas.


Angélica hablaba sobre los problemas de la lujuria cuando un mensaje entró en el teléfono de Cristina, era de Alejandro. Cristina lo mostró y Angélica la hizo ver que aquello era un error.


- Vamos Angélica, necesito esto.

- Pero ¿con Alejandro?

- Sí – Cristina estaba con las manos en posición de oración – en serio lo necesito.

- Me tomas mal parada, amiga. Es el esposo de Nazareth.

- Pero ni siquiera tienen intimidad, tú lo sabes. Angélica de verdad necesito esto.

- Está bien – Angélica estaba resignada a que el Apocalipsis ocurriera – y… ¿dónde dices que irán?

- A un motel que está aquí cercano.


Lucrecia estaba todavía incrédula, deseaba tener la suerte de Nazareth para conseguir un galán como Ernesto.


- Lucre… ¿tú conoces ese motel?

- No, he pasado por ahí pero nunca he entrado.

- “La Puerta del Cielo”, suena lindo.

- Debe serlo.


Angélica dejó a Cristina en la entrada de la tienda, con el alma intranquila, porque aquel encuentro que tendría con Alejandro era una falta de ética contra la amistad de las tres.


- “La Puerta del Cielo”, sí he ido varias veces – contó Angélica - tiene unas camas deliciosas.

- ¡Angélica!

- La vas a pasar muy bien ahí. Pero escucha, después de eso tienes que terminar con Alejandro. Esto termina mañana.

- Te lo juro.

- Que así sea. Y quiero detalles.

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