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Nazareth (Capítulo veinticuatro: Huele a peligro)
Estaba de rodillas, frente a Lucrecia, implorando compasión.
- Lucre, por favor.
- ¡Ay, ya! Levántate, no le hagas al payaso ¿acaso me estás pidiendo permiso para acostarte con un hombre?
- No, para eso no ocupo permiso, pero sí para salir mañana temprano.
- Debería darte un poco de vergüenza, Nazareth, eres una mujer casada.
- Casada sí, pero no disfrutada.
- Mira, si te cubro en esta me vas a deber dos o tres.
- Que nunca se diga que Nazareth no cumple con sus deudas.
Le envié un mensaje a Ernesto, el trato con Lucrecia estaba hecho, el día siguiente saldría a la hora de almuerzo para pasar la tarde con él en un motel que se encontraba aproximadamente a doce kilómetros de distancia, distancia más que suficiente para pasar desapercibida para la gente que me conoce.
Cristina estaba en shock, Angélica había ido a buscarla al trabajo a la hora del almuerzo y después de dimes y diretes, había logrado sacarla de la tienda. La historia del Vaticano, la Santa Inquisición y la Guerra del Golfo Pérsico, todo le pasó por la mente a Cristina mientras caminaba junto a Angélica hasta la soda de la esquina.
- Dos cervezas, por favor – le pidió Angélica a la mesera.
- Angie, estoy en hora de trabajo.
- No me digas Angie, mojigata. Tienes cuarenta minutos para explicarme qué demonios te pasó por la cabeza para acostarte con Alejandro ¿No viste que era Alejandro?
- Sí… pero… pero… fue culpa de las hermanas.
- De ¿cuáles hermanas? ¡Estúpida!
- Digo… de las hormonas.
- No digas estupideces, Cristina.
- ¿Quién te contó eso?
- Un pajarito llamado Deborah que te vio sentada encima de él, jadeando en la cama de Nazareth.
- ¿Tiene algo más fuerte? – preguntó Cristina a la mesera cuando ésta llegó con las cervezas.
Angélica hablaba sobre los problemas de la lujuria cuando un mensaje entró en el teléfono de Cristina, era de Alejandro. Cristina lo mostró y Angélica la hizo ver que aquello era un error.
- Vamos Angélica, necesito esto.
- Pero ¿con Alejandro?
- Sí – Cristina estaba con las manos en posición de oración – en serio lo necesito.
- Me tomas mal parada, amiga. Es el esposo de Nazareth.
- Pero ni siquiera tienen intimidad, tú lo sabes. Angélica de verdad necesito esto.
- Está bien – Angélica estaba resignada a que el Apocalipsis ocurriera – y… ¿dónde dices que irán?
- A un motel que está aquí cercano.
Lucrecia estaba todavía incrédula, deseaba tener la suerte de Nazareth para conseguir un galán como Ernesto.
- Lucre… ¿tú conoces ese motel?
- No, he pasado por ahí pero nunca he entrado.
- “La Puerta del Cielo”, suena lindo.
- Debe serlo.
Angélica dejó a Cristina en la entrada de la tienda, con el alma intranquila, porque aquel encuentro que tendría con Alejandro era una falta de ética contra la amistad de las tres.
- “La Puerta del Cielo”, sí he ido varias veces – contó Angélica - tiene unas camas deliciosas.
- ¡Angélica!
- La vas a pasar muy bien ahí. Pero escucha, después de eso tienes que terminar con Alejandro. Esto termina mañana.
- Te lo juro.
- Que así sea. Y quiero detalles.
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