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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo veinticinco/antepenúltimo: Epístola de un motel)

 Hola, cariño. Sé que no acostumbran a saludarte así, pero eso se debe a un motivo en particular. Hoy y solo por esta vez, Nazareth no va a contarte la historia, en esta ocasión seré yo, Angélica quien te narre lo que sucedió aquel día en que ambas sin saber, acordaron ir al motel con sus nuevas parejas. Después le devolveré la historia a Nazareth, pero por hoy eres solamente mío.


Lucrecia tenía unos minutos de retraso y la pobre Nazareth estaba desesperada por salir de la floristería, Ernesto se encontraba al otro lado de la calle, esperándola dentro del carro. Nazareth no hubiera tenido problema en irse, estaba en su hora de almuerzo, pero no le gusta dejar solo el negocio, aunque seamos francos… a nadie se le ha ocurrido jamás robar una floristería, al menos que yo sepa.


A un kilómetro de distancia estaba Cristina, caminando para encontrarse con Alejandro que la esperaba a dos calles de la tienda. Ella tuvo que decir que iría con su madre a una cita médica ¡qué vergüenza!, él en cambio simplemente salió de la oficina, aludió su salida a un asunto de urgencia y el día siguiente esclarecería los motivos por los cuales tuvo que salir de su trabajo. Por supuesto no iba a decir que ocupaba llevar a su nueva amante a un motel, pero estoy segura de que algo bueno tiene que ocurrírsele, espero.


Lucrecia ya llegó a la floristería.


Perdona, pero tuve unos asuntos de última hora.

Menos mal que mi asunto está en su carro, como un perrito fiel esperándome.

Devóralo sin piedad.

Eso pienso hacer.

Qué envidia me das, Nazareth ¡qué envidia!


Cristina también logró llegar ya donde Alejandro, pero sin un zapato, el tacón de su zapato izquierdo no quiso acompañarla más y se rompió, así que ella llegó con el zapato en la mano, pero… ni modo, no ocupa el zapato para lo que piensa hacer.


Pudiste parquear un poco más cerca de la tienda.

No quise que alguien conocido vea que te recojo.

Claro… dos calles de distancia hacen una enorme diferencia.

Y ¿ese zapato que traes en la mano?

No me preguntes mejor.


En este momento tanto Nazareth como Cristina van maquillándose en los carros, sus dos hombres las miran de arriba abajo, Nazareth lleva puesto un vestido azul marino, con manga larga; Cristina mientras tanto lleva una blusa color salmón, sin mangas y un pantalón negro ceñido al cuerpo. En otras circunstancias es posible que Nazareth hubiera advertido que el vehículo que llega justo detrás de ellos al motel es el de Alejandro, pero en este momento su pensamiento está puesto en Ernesto, quien está pagando para poder hacer uso de la habitación número veintidós. Recibe la llave y conduce hasta llegar al parqueo. Voy a hacer una brevísima descripción del sitio. El motel es una construcción en forma de cuadrado, con un jardín en el centro, no posee habitaciones en el primer nivel, ese nivel está destinado exclusivamente para parqueos, pero aquí está lo lindo del sitio. Cada habitación tiene su propio parqueo cerrado, llegas y subes la cortina metálica que abre el portón, una vez ahí encuentras las escaleras que llevan a tu habitación, por lo que no hay pasillos, cada habitación funciona como un apartamento independiente, nunca sabes quién está en la habitación contigua.


Mientras Ernesto y Nazareth ingresan al parqueo de la habitación veintidós, el empleado del motel le da a Alejandro la llave de la habitación veintiuno para que disfrute con Cristina dos horas de placer, que es el tiempo mínimo que puede pagarse.


Nazareth y Ernesto suben las escaleras que tienen forma de caracol y llegan por fin a la habitación, es un bonito espacio, con luces que funcionan por medio de la voz, una cama al centro, jacuzzi, pantalla plana, un sillón para juegos sucios, espejos en el cielorraso… un montón de cosas que ni para qué les cuento. Se miran de frente y comienzan a besarse, Ernesto pasa sus manos por las piernas de ella y poco a poco las mete dentro de su vestido, ella lo abraza por el cuello, tremendo beso se está dando estos dos tórtolos.


Ya parqueó Alejandro, y solo con salir del carro están besándose apasionadamente, Cristina está recostada contra el vehículo, de espaldas, sintiendo como Alejandro le besa la nuca y le hace algo parecido a un masaje erótico, comienzan a desvestirse mutuamente mientras van subiendo por la escalera, de modo que al llegar a la habitación ya se han desprendido de varias prendas de vestir. Una vez dentro ambos caen abrazados en la cama, él encima de ella que toma aire solamente para quitarse su brasier. 


Vamos a la habitación de al lado, Nazareth llevó a Ernesto al sillón y ahí están jugando a los vaqueros del Viejo Oeste, la ropa ya quedó atrás, tirada por toda la habitación, están completamente entregados a esas sucias artes que son el placer y la sensualidad. Nazareth… quien te viera tan dama seria en la floristería, ¡ay, mamita, no te me vayas a rajar!

Cambian de posiciones encima del sillón, hace rato que ella no disfruta de esa manera, la verdad es que se lo merece. Sin despegarse (si saben a lo que me refiero), Ernesto la lleva cargada hasta la cama y ella cae sobre sus piernas cómodamente sentada, todavía están comiéndose a besos.


A Cristina la tienen inclinada, con su pecho sobre la cama, recibiendo todo el potencial que Alejandro es capaz de dar en una situación así. Estoy segura de que en momentos como este lamenta haber estado solamente con Julián, pero aquí está, la mujer que jugaba de pura y casta, Santa Cristina, la mujer que solo tenía ojos para el matrimonio está siendo atacada, porque eso es, está recibiendo un ataque sexual por parte del esposo de una de sus mejores amigas, que sin que ella sepa está en la misma postura en la habitación de al lado… entonces comienza lo inevitable, lo que tenía que pasar tarde o temprano, antes o después, comienza una guerra de gemidos y de gritos infernales colmados de placer por parte de ambas mujeres, cada una gritando desesperadamente.


¿Te gustan las sorpresas? A ver hagamos apuestas, ¿quién de los dos hombres duró más tiempo en plenitud de funciones?... Pues sí, tenemos un ganador… para cuando Ernesto y Nazareth dieron por concluida su actuación, aun le restaban diez minutos de gemidos a Cristina, Alejandro había resultado el hombre más resistente aquella tarde, había aguantado más minutos y no porque estuviera menos excitado, simplemente lo hizo porque pudo.


Las dos parejas tampoco se vieron a la salida. Los de la habitación veintiuno salieron unos diez minutos antes de aquel motel, así que para cuando estaban por llegar a la ciudad, los inquilinos de la veintidós apenas estaban entregando las llaves. Nunca supieron que estaban tan cerca unos de los otros, habría sido un caos.


Es hora de volver a darle la voz de este cuento a Nazareth, pero antes de irme quiero pedirte un favor ¿puedo? Si ya llegaste hasta aquí, quédate, porque nuestra historia está próxima a su fin. Es poco lo que queda por contar y sin ti no va a ser lo mismo llegar hasta el final. Hasta luego.


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