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Nazareth (Capítulo Veintitrés: La confesión de Deborah)
Deborah comenzaba a traumarse, había visto
a un hombre salir de la floristería arreglándose la ropa y a su padre con
Cristina, las imágenes comenzaban a avasallar su cabeza con ideas demenciales,
su padre y su madre se engañaban mutuamente. En medio del aguacero que caía se
acercaba Gabriel, cubierto con un paraguas que llevaba zafada una de sus
varillas. Al llegar a la casa lo detuvo Deborah, ensimismada en que él no viera
aquella escena sexual que sucedía en la habitación. Lo invitó a salir por el
helado que no había comido con Matías.
-
Está
cayendo demasiada agua, debes estar loca. Son cinco cuadras de aquí a la
heladería.
-
No
seas tonto, aprovecha que no siempre te invito a un helado.
-
Al
menos deja que me cambie la ropa.
-
No,
si tengo que esperarte no voy a ir y perderás la opción de saber lo que es que
tu hermana te invite a algo.
-
Viéndolo
de ese modo.
Así que Gabriel dio media vuelta, arregló
la varilla del paraguas a como pudo y se devolvió con Deborah por el helado.
Con suerte el tiempo que tardaran sería suficiente para que su padre terminara
el asunto en que estaba.
Cristina cayó vencida por el sudor. Estaba
desnuda junto al esposo de su amiga, en su cama, con su semen dentro de ella y
entonces se dio cuenta de lo que había sucedido.
-
¡Ay,
Dios!
-
Soy
bueno, pero tampoco soy Dios – respondió Alejandro que le acariciaba las
piernas.
-
¿Qué
hicimos? – de un salto bajó de la cama, comenzó a ponerse la ropa, mientras
buscaba el brasier y la blusa comenzó a reír de manera nerviosa.
-
Creo
que están en la cocina.
-
Cierto
– contestó Cristina y salió corriendo del dormitorio, luego asomó la cabeza –
deberíamos repetirlo, después nos ponemos de acuerdo - volvió a correr, bajó,
se colocó la ropa y se fue.
El agua empezaba a desaparecer y el Sol
daba tibias muestras de querer asomarse por encima de las nubes, Deborah estaba
haciendo tiempo con Gabriel en la heladería.
-
Podemos
irnos ya – le dijo él. Deborah miró el reloj, había pasado poco más de media
hora, buen tiempo para que su padre y Cristina hubiesen terminado.
-
De
acuerdo, vamos.
-
Mamá
ya debe haber vuelto.
-
Tal
vez – pero el tal vez de Deborah llevaba toda la esperanza de que yo aun no
hubiera regresado, porque de ser así, habría una guerra en la casa.
La zozobra acompañaba a Deborah con cada
paso que daba, pero al llegar a la cocina de su casa no vio ninguna prenda de
ropa tirada en el piso, Alejandro estaba sirviéndose un trozo de pan con jalea
y todo parecía tranquilo. Gabriel cortó un pedazo y se sentó a comer, pero ella
se dirigió hacia la parte alta, con cierto temor por lo que podía encontrar,
pero la cama matrimonial estaba bien tendida, no había rastros de la tormenta
que ella había visto en ese lugar. Sin embargo, estaba destrozada, confundida, se
había enojado conmigo cuando vio a aquel hombre salir de la floristería y ahora
resultaba que su padre también tenía una aventura, lo que es peor, era con
Cristina que era como una tía para ella, la conocía de siempre, a ella y a
Angélica. En casos así de urgentes toda mujer necesita a alguien a quien
contarle lo que sucede y sentada en su cama llorando, Deborah encontró a la
única persona con quien podía hablar de lo que sucedía en su mundo, que para
ese entonces estaba completamente de cabeza. Cristina acababa de llegar a su
casa.
-
Aló.
-
¡Eres
una perra! – gritó Angélica al otro lado del teléfono – te acostaste con
Alejandro.
La voz de Angélica resonó en Cristina, que
quedó muda, las palabras simplemente habían escapado de su boca.
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