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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo Veintitrés: La confesión de Deborah)

 

Deborah comenzaba a traumarse, había visto a un hombre salir de la floristería arreglándose la ropa y a su padre con Cristina, las imágenes comenzaban a avasallar su cabeza con ideas demenciales, su padre y su madre se engañaban mutuamente. En medio del aguacero que caía se acercaba Gabriel, cubierto con un paraguas que llevaba zafada una de sus varillas. Al llegar a la casa lo detuvo Deborah, ensimismada en que él no viera aquella escena sexual que sucedía en la habitación. Lo invitó a salir por el helado que no había comido con Matías.

 

-            Está cayendo demasiada agua, debes estar loca. Son cinco cuadras de aquí a la heladería.

-            No seas tonto, aprovecha que no siempre te invito a un helado.

-            Al menos deja que me cambie la ropa.

-            No, si tengo que esperarte no voy a ir y perderás la opción de saber lo que es que tu hermana te invite a algo.

-            Viéndolo de ese modo.

 

Así que Gabriel dio media vuelta, arregló la varilla del paraguas a como pudo y se devolvió con Deborah por el helado. Con suerte el tiempo que tardaran sería suficiente para que su padre terminara el asunto en que estaba.

 

Cristina cayó vencida por el sudor. Estaba desnuda junto al esposo de su amiga, en su cama, con su semen dentro de ella y entonces se dio cuenta de lo que había sucedido.

 

-            ¡Ay, Dios!

-            Soy bueno, pero tampoco soy Dios – respondió Alejandro que le acariciaba las piernas.

-            ¿Qué hicimos? – de un salto bajó de la cama, comenzó a ponerse la ropa, mientras buscaba el brasier y la blusa comenzó a reír de manera nerviosa.

-            Creo que están en la cocina.

-            Cierto – contestó Cristina y salió corriendo del dormitorio, luego asomó la cabeza – deberíamos repetirlo, después nos ponemos de acuerdo - volvió a correr, bajó, se colocó la ropa y se fue.

 

El agua empezaba a desaparecer y el Sol daba tibias muestras de querer asomarse por encima de las nubes, Deborah estaba haciendo tiempo con Gabriel en la heladería.

 

-            Podemos irnos ya – le dijo él. Deborah miró el reloj, había pasado poco más de media hora, buen tiempo para que su padre y Cristina hubiesen terminado.

-            De acuerdo, vamos.

-            Mamá ya debe haber vuelto.

-            Tal vez – pero el tal vez de Deborah llevaba toda la esperanza de que yo aun no hubiera regresado, porque de ser así, habría una guerra en la casa.

 

La zozobra acompañaba a Deborah con cada paso que daba, pero al llegar a la cocina de su casa no vio ninguna prenda de ropa tirada en el piso, Alejandro estaba sirviéndose un trozo de pan con jalea y todo parecía tranquilo. Gabriel cortó un pedazo y se sentó a comer, pero ella se dirigió hacia la parte alta, con cierto temor por lo que podía encontrar, pero la cama matrimonial estaba bien tendida, no había rastros de la tormenta que ella había visto en ese lugar. Sin embargo, estaba destrozada, confundida, se había enojado conmigo cuando vio a aquel hombre salir de la floristería y ahora resultaba que su padre también tenía una aventura, lo que es peor, era con Cristina que era como una tía para ella, la conocía de siempre, a ella y a Angélica. En casos así de urgentes toda mujer necesita a alguien a quien contarle lo que sucede y sentada en su cama llorando, Deborah encontró a la única persona con quien podía hablar de lo que sucedía en su mundo, que para ese entonces estaba completamente de cabeza. Cristina acababa de llegar a su casa.

 

-            Aló.

-            ¡Eres una perra! – gritó Angélica al otro lado del teléfono – te acostaste con Alejandro.

 

La voz de Angélica resonó en Cristina, que quedó muda, las palabras simplemente habían escapado de su boca.


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