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Nos despedimos

 Ahí me tienes ayunando los besos que no recibo y los abrazos que sin sentido le doy al viento porque tu amor me lo perdí. Y no hablemos de la magia porque cualquier amor se lanza por la ventana, imagina como perdí la cabeza por ti. Toda despedida nunca viene sola, siempre trae pedazos de cristales que se rompieron y que nunca más se reunieron por mucho que avancen las horas. Te dedico el sueño que tenga hoy en la noche porque de seguro que sueño contigo, y entérate que cuando lloro me maldigo por amarte tanto. Pobre el amor, porque lo despedí de su puesto, ya no cumplía con su trabajo a tiempo y aunque costó, aceptó su jubilación. Aquí me despido dejándote esta mala nota de amor, palabras más, palabras menos, que este tren no pierda los frenos y que el último amanecer, amanezca mejor. Aquí me despido, huérfano, con epidemias de lutos por amores que sucedieron hace algunos segundos, y luchas internas odiando con un café las lujurias que se mofaron de mi buen querer. Quédate tú aman...

Evangelios

 El cielo no lo consigo con mil diezmos

ni con aparentar buenos modales para redimirme,

el cielo lo consigo con tus labios

y con el sonido de tu voz al recibirme.


Los santos se los doy de regalo a los creyentes

y las penitencias a quien mejor las necesite,

la única penitencia que no soporto

es que la santidad de tu cuerpo me abandone.


Por los siglos de los siglos te viviré soñando,

añorando cada segundo tenerte más cerca,

escribiendo evangelios sobre tu belleza

y resucitando cada vez que nos besamos.


Hay cónclave en mí para definir tu estatus de diosa

y dictaduras que se acercan a su fin,

cada piedra es ahora un amor color de rosa

y cada letanía un canto para dormir.


Se confundieron los tiempos de respuesta,

el Armagedon amaneció con la sábana mojada,

pellizco un amén con la punta de mi lengua

y un aleluya sonoro en tu espalda desnuda.


Enciérrame en el confesionario

hasta que confiese que mis delirios nacen en tu pecho,

a tu sabor de vainilla debo mi vocabulario

y a tu mirada mi desconsuelo.


Te cambio el diezmo que doy cada domingo

por un beso tuyo con los ojos cerrados,

y el templo de frías paredes de piedra

lo cambio por tu piel del deseo

y tus mandamientos de pecado.

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