El cielo no lo consigo con mil diezmos
ni con aparentar buenos modales para redimirme,
el cielo lo consigo con tus labios
y con el sonido de tu voz al recibirme.
Los santos se los doy de regalo a los creyentes
y las penitencias a quien mejor las necesite,
la única penitencia que no soporto
es que la santidad de tu cuerpo me abandone.
Por los siglos de los siglos te viviré soñando,
añorando cada segundo tenerte más cerca,
escribiendo evangelios sobre tu belleza
y resucitando cada vez que nos besamos.
Hay cónclave en mí para definir tu estatus de diosa
y dictaduras que se acercan a su fin,
cada piedra es ahora un amor color de rosa
y cada letanía un canto para dormir.
Se confundieron los tiempos de respuesta,
el Armagedon amaneció con la sábana mojada,
pellizco un amén con la punta de mi lengua
y un aleluya sonoro en tu espalda desnuda.
Enciérrame en el confesionario
hasta que confiese que mis delirios nacen en tu pecho,
a tu sabor de vainilla debo mi vocabulario
y a tu mirada mi desconsuelo.
Te cambio el diezmo que doy cada domingo
por un beso tuyo con los ojos cerrados,
y el templo de frías paredes de piedra
lo cambio por tu piel del deseo
y tus mandamientos de pecado.
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