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Ofelia (Capítulo Dos: Una mujer de casa)
Estaba de regreso en casa luego de la
experiencia en Los Chiles, como un lunes normal, tan normal como desde que era
niña. Contrario a lo que dictaba la frase “vacaciones de fin de año”, lo mío
transcurría lejos de los hoteles de playa, que conozco por anuncios en la
televisión, pero jamás he puesto un pie en alguno de ellos. Tampoco eran días
destinados a salir a sitios de entretenimiento o a paseos en la montaña. Eran
las cinco y treinta de la mañana y me encontraba con mi familia entre los
cafetales, con un delantal viejo, un canasto para recolectar las semillas de
café y con pocas ilusiones por delante.
En mi familia cada uno debía costearse sus
propios útiles escolares, así sucedía desde que tenía memoria. Aquí no existía
discriminación de sexo o edad, si podías colaborar no tenías opción. Desde
pequeña estaba acostumbrada a estos quehaceres, había perdido la cuenta de las
veces que me había ortigado algún gusano o la cuenta de las veces que con
lluvia asistíamos a diario durante las vacaciones a coger café. A media mañana
nos sentábamos en algún tronco los que tenían suerte, los que no, se instalaban
lo más cómodamente posible en el suelo. Sacábamos las tazas de plástico donde
llevábamos el desayuno que consistía en gallo pinto, una mezcla de arroz y
frijoles típica de Costa Rica, café con leche y galletas. Al mediodía volvíamos
a esta devota sesión para el almuerzo: arroz, frijoles, una botella de leche y
cuando el lujo lo permitía se agregaba una torta de carne. A las cuatro de la
tarde regresábamos a la casa, agotados por la jornada laboral, necesaria si yo
quería uniforme, cuaderno y zapatos para el colegio.
Cada viernes en la tarde cobrábamos el
salario ganado durante la semana, algunos más, algunos menos, dependiendo de la
cantidad de café que se hubiera recolectado, llevábamos la cuenta de manera
cristiana, el dinero no era un lujo en mi familia, no lo había sido nunca.
Entonces en ocasiones recordaba aquellos días donde siendo una niña de ocho
años me hacía la rebelde para no ir al cafetal, fingía alguna enfermedad
aprovechando mi condición de rinitica y asmática o simplemente me ofrecía de
manera voluntaria para hacer las labores del hogar. Entonces mi madre me
repetía la lista de encargos antes de irse: debía limpiar la casa, lavar la
ropa, tener lista la cena para cuando ellos volvieran cansados, hacerme cargo
de doña Tuti, la abuela de la esposa de mi hermano mayor, una anciana que no
era capaz de valerse por sí misma ni para ir al baño, y, por si fuera poco,
cuidar a mi sobrina que apenas tenía un año. En ocasiones, cuando estaba
cansada de cuidar a la bebé la sacaba al patio para que el Sol le diera en la
cara y por instinto cerrara los ojos y se quedara dormida. No tenía tiempo para
jugar con muñecas, jugar a la casita o imaginar que era la princesa de algún
reino mágico, entre cuidar a la anciana, a la bebé y dejar lista la casa tenía
el tiempo más que gastado.
Mi madre llegaba con mis hermanos al caer
la tarde, dejaba su canasto en el corredor, y mientras mi cuñada revisaba a la
bebé, mi madre preguntaba qué tanta lata había dado la anciana durante el día,
y luego se dirigía a la cocina, subía los dos escalones de madera y se
cercioraba de que la comida estuviera lista o le faltara poco para terminar de
cocinarse.
Para doña Tuti fui una enfermera fantasma,
sabía que alguien la cuidaba y la alimentaba, pero no tenía noción de quién o
por qué, tampoco sabía dónde estaba. Cada día se quejaba más y cuando la
medicina moderna no era suficiente, se recurría a los ritos ancestrales, se
tomaban las hojas de alguna planta, se hacía una infusión y se le daba a la
enferma dependiendo de la enfermedad que quisiera tratarse. Entre estos ritos
descubrí que, si se sobaban los brazos con crema para manos, se podía curar el
dolor de estómago y el vómito, era un método infalible y no cualquiera tenía la
precisión para aplicarlo de la manera correcta. También aprendí que, si te
ponían un papelito en la frente, pegado con saliva, se te desaparecía el hipo y
se reforzaba tomando agua, acompañado de una oración ceremonial “al hijo de
María hipo le dio, con tres tragos de agua se le quitó”. La infundia de gallina
que funcionaba para la gripe; por último, estaba el peor de los ritos, te
llenaban la espalda con manteca de cerdo, se friccionaba y luego te colocaban
un papel periódico, que siempre terminaba pegándose a la espalda gracias a la
manteca, debía aplicarse durante la noche y quedarse ahí hasta el otro día,
este tratamiento se usaba para la tos o la bronquitis.
Yo no estaba autorizada a emplear esos
métodos, mi falta de experiencia no me lo permitía.
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