Evangelio del Arcángel Miguel (Capítulo Cinco)
- Cuando el momento sea el justo – dijo Lucifer – seré llamado Dios. Entonces presidiré el Consejo y el orbe celestial.
- Y ¿qué habrá para nosotros? - preguntó Leviatán.
- Cuando ocurra eso, pide lo que quieras. Y lo que quieras te será dado.
Sea pues, por mandato divino que enumero cada una de las legiones existentes en el orbe celestial, así como el nombre de quien las rige. Serafines, Ariadna. Querubines, Jozabel. Tribulaciones, Lemut. Tronos, Daniel. Dominaciones, Hilda. Virtudes, Ledmaniel. Potestades, Ezequiel. Principados, Lucifer. Arcángeles, Rafael. Sirve cada uno de ellos como pastor para su legión y cada uno se regocija en Dios. Y cada legión posee su propio territorio, dividiendo el orbe celestial en nueve regiones. Separada cada región por mandato. Y hay frío y calor en cada una. Y habitan acá bestias fantásticas que nunca habitaron en ninguna de las rocas que poseen vida.
Es mi asignatura tomar la voz de Gabriel y llevar los mandatos del Consejo a cada región. Es por esto por lo que conozco cada rincón y cada rincón me conoce. Conozco las rutas, habitaciones y valles de cada región. Cuando el Consejo toma una decisión me enrumbo con la palabra, porque la palabra habita en mi voz y es mi deber hacer que cada ser conozca lo que ha de saberse. Porque se me ha dado conocimiento para ello.
Entonces me dijo Hilda, en la región de las Dominaciones:
- Bendito sea Dios quien pastorea sobre nosotros y manda a su emisario para darnos a conocer la buena nueva.
- Bendito es ¿conoce la pastora de las dominaciones lo que Dios espera?
- Lo conozco. Y es de mi agrado servir. He aquí que te daré este cofre, con cuyo contenido debes embadurnar lo que se te pida. Pues es deber de cada pastor proveerte de lo necesario según la costumbre.
- Agradezco en nombre del todopoderoso.
- Recuerda que somos todos una misma comunidad. Aunque cierto es que pertenecemos a diferentes regiones. Cuando visites a cada pastor, di “vengo, porque así lo ha mandado el altísimo” y cuando vuelvas a tu lugar de origen y estés en frente de Dios di “he recibido lo que cada uno ha considerado necesario. Porque quien ayuda al emisario también ayuda a Dios”.
Partí así a las siguientes regiones y en cada una de ellas recibí lo que se me ofreció. De manera que, a cambio de mi voz, fui contribuido de distintas maneras. Ledmaniel me dio semillas para que crecieran de ellas todos los árboles frutales. Daniel me entregó fuerza para que de las montañas saliera fuego y el fuego hiciera rugir los valles. Ariadna me entregó multiplicación de sonrisas para brindar un gesto agradable al prójimo. A cada quién saludé con las palabras que Hilda me indicó y cada quién bendijo la obra que iba a llevarse a cabo. De regreso adelanté camino por el atajo que existe entre las tribulaciones y los tronos. Es un camino empinado, en cuya cima es posible observar todas las regiones y en el centro de todas ellas se observa el palacio donde reina Dios, rodeado de jardines. El salón donde concurre el Consejo, los bosques, desiertos y cataratas.
¿Es posible ver todo esto y desear algo más? ¿Puede alguno de los otros dioses obrar estas maravillas? Porque ningún otro dios tiene a su disposición legiones fieles como el dios que reina en medio de este paisaje. Se escribirán todavía maravillas que nadie es capaz de ver y se dirá que Dios reina en todo y así es. Porque, aunque cada pastor es encargado de sus ovejas, Dios los guía y los educa. Somos sus hijos y dentro de nosotros no existe ningún hijo preferido por Dios, porque ante él todos somos iguales, con la misma dignidad y de la misma importancia.
Bajé de aquella cima y continué mi camino hacia el centro del orbe. Con cada uno de los nueve regalos que había recibido de los pastores. Todos colocados en el cofre que Hilda me había entregado. Pasé los terrenos de siembra. Escuché a los querubines cantar Aleluya. Al llegar a los linderos del salón me desvié, para asistir al palacio y entregar aquellos obsequios a Dios. Entonces miré en medio de las sombras, recostados a las paredes a dos figuras. Eran Betsabé y Gabriel. Él le acariciaba su rojiza cabellera y cubría su cuello con besos. Ella estaba extasiada. Me cubrí con uno de los arbustos para observarlos. Betsabé tiene los cabellos rojos como la brasa y los ojos claros como el agua. Y Betsabé es nombre de deseo.
2 Samuel 11:2-4 “Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa”.
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