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Nazareth (Capítulo Veintiuno: El virus de las malas calificaciones)
Aquellos síntomas yo los conocía demasiado
bien, dolor de cabeza, vómitos, silencio. La semana de exámenes estaba recién
terminada y esos síntomas en Gabriel solo significaban una cosa, malas
calificaciones.
-
Pero
sí estudié.
-
Claro,
por eso sacaste esa nota en matemáticas. No, si eres igual que tu padre.
-
La
culpa es de la profesora.
-
¿De
la profesora?
-
Sí,
es que esa materia no la vimos en clases.
-
¡No
me digas! – yo estaba harta – yo creo que si le dedicaras a los estudios la
mitad del tiempo que le dedicas a esa maldita consola de videojuegos, sacarías
buenas notas.
Lo mandé a su dormitorio, pensando en las
cosas que podrían suceder si se quedaba en frente mío.
-
La
culpa es tuya – le grité a Alejandro.
-
¿Mía?
-
Por
supuesto, tú y esos malditos videojuegos, lo alcahueteas y no pasa nada. Saca
malas notas y no pasa nada, porque como tú tienes que ser el pañito de
lágrimas.
-
Tienes
razón, voy a clavarle un cuchillo para que aprenda.
-
¿A
quién van a matar? – preguntó Deborah.
-
Hasta
que al fin habla la señorita – me miró un segundo y luego miró al techo – creí
que eras muda.
-
¿Qué
le pasa a esta señora?
-
Parece
que me metí en el cuerpo de tu hermano y salí mal en matemáticas.
-
¡Los
odio! – les dije a ambos.
-
Es la
menopausia, no te estreses – dijo Deborah y Alejandro soltó una risa que
enmudeció en cuanto advirtió mi cara.
Subí al dormitorio, solo para escuchar a
Gabriel que estaba sumergido en la computadora jugando en línea, sepa Dios con
quién, soy una mujer paciente, pero hasta Jesucristo se moriría de rabia si
viviera día a día con esta familia. Caí en la cama, con un dolor de cabeza que
no se me alivió hasta el día siguiente, cerca de media mañana, cuando al fin
pude comer algo, porque en casa no tuve ánimo para desayunar. ¿Para qué? En mi
casa no valoran los esfuerzos que hago para salir con todo, creen que las
fuerzas de una madre son un bien inagotable. La escena había sido la típica. Gabriel duraba veinte minutos en la ducha. Deborah gritaba porque ocupaba
bañarse. Alejandro quemaba las tostadas con mantequilla, el café salía por
todos los rincones del coffee maker, la casa que había quedado impecable antes
de acostarnos, ahora parecía la residencia de los Locos Adams, no se sabía en
qué momento serían invocados los espíritus, yo los esperaba en cualquier
momento, pensando cuál sería el primero en manifestarse ante aquel desorden que
reinaba en medio de la casa. Gabriel iba tarde al colegio, con el cabello a
medio secar, ni mencionemos el peinado que llevaba, porque era indescriptible,
Deborah continuaba sin hablarme más allá de lo estrictamente necesario,
Alejandro se había devuelto dos veces a la casa. La primera porque se le olvidó
el almuerzo y la segunda, porque se dio cuenta que no llevaba la billetera. Yo
los miraba sin saber el momento en que mis pecados habían sido tan grandes como
para merecer ese martirio que se repetía de lunes a viernes, de enero a
diciembre, sin descanso, sin dejar ni una semana fuera de esa calamidad.
En la floristería me esperaba la paz que
no respiraba en mi hogar, bueno, en mi casa, porque la palabra hogar es muy
elegante para el criadero de puercos al que me someten Alejandro y los chicos.
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