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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo Veintiuno: El virus de las malas calificaciones)

 

Aquellos síntomas yo los conocía demasiado bien, dolor de cabeza, vómitos, silencio. La semana de exámenes estaba recién terminada y esos síntomas en Gabriel solo significaban una cosa, malas calificaciones.

 

-            Pero sí estudié.

-            Claro, por eso sacaste esa nota en matemáticas. No, si eres igual que tu padre.

-            La culpa es de la profesora.

-            ¿De la profesora?

-            Sí, es que esa materia no la vimos en clases.

-            ¡No me digas! – yo estaba harta – yo creo que si le dedicaras a los estudios la mitad del tiempo que le dedicas a esa maldita consola de videojuegos, sacarías buenas notas.

 

Lo mandé a su dormitorio, pensando en las cosas que podrían suceder si se quedaba en frente mío.

 

-            La culpa es tuya – le grité a Alejandro.

-            ¿Mía?

-            Por supuesto, tú y esos malditos videojuegos, lo alcahueteas y no pasa nada. Saca malas notas y no pasa nada, porque como tú tienes que ser el pañito de lágrimas.

-            Tienes razón, voy a clavarle un cuchillo para que aprenda.

-            ¿A quién van a matar? – preguntó Deborah.

-            Hasta que al fin habla la señorita – me miró un segundo y luego miró al techo – creí que eras muda.

-            ¿Qué le pasa a esta señora?

-            Parece que me metí en el cuerpo de tu hermano y salí mal en matemáticas.

-            ¡Los odio! – les dije a ambos.

-            Es la menopausia, no te estreses – dijo Deborah y Alejandro soltó una risa que enmudeció en cuanto advirtió mi cara.

 

Subí al dormitorio, solo para escuchar a Gabriel que estaba sumergido en la computadora jugando en línea, sepa Dios con quién, soy una mujer paciente, pero hasta Jesucristo se moriría de rabia si viviera día a día con esta familia. Caí en la cama, con un dolor de cabeza que no se me alivió hasta el día siguiente, cerca de media mañana, cuando al fin pude comer algo, porque en casa no tuve ánimo para desayunar. ¿Para qué? En mi casa no valoran los esfuerzos que hago para salir con todo, creen que las fuerzas de una madre son un bien inagotable. La escena había sido la típica. Gabriel duraba veinte minutos en la ducha. Deborah gritaba porque ocupaba bañarse. Alejandro quemaba las tostadas con mantequilla, el café salía por todos los rincones del coffee maker, la casa que había quedado impecable antes de acostarnos, ahora parecía la residencia de los Locos Adams, no se sabía en qué momento serían invocados los espíritus, yo los esperaba en cualquier momento, pensando cuál sería el primero en manifestarse ante aquel desorden que reinaba en medio de la casa. Gabriel iba tarde al colegio, con el cabello a medio secar, ni mencionemos el peinado que llevaba, porque era indescriptible, Deborah continuaba sin hablarme más allá de lo estrictamente necesario, Alejandro se había devuelto dos veces a la casa. La primera porque se le olvidó el almuerzo y la segunda, porque se dio cuenta que no llevaba la billetera. Yo los miraba sin saber el momento en que mis pecados habían sido tan grandes como para merecer ese martirio que se repetía de lunes a viernes, de enero a diciembre, sin descanso, sin dejar ni una semana fuera de esa calamidad.

 

En la floristería me esperaba la paz que no respiraba en mi hogar, bueno, en mi casa, porque la palabra hogar es muy elegante para el criadero de puercos al que me someten Alejandro y los chicos. 

 

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