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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo Veinte: Aquelarre entre flores)

 

 

-            Apuesto a que te lo hace como los dioses romanos – Angélica estaba desesperada por saber los detalles de mi encuentro con Ernesto. Cristina cruzó la puerta, brincó de la emoción y luego hizo un breve corrido hasta llegar donde estábamos.

-            Esto hay que celebrarlo – comentó Cristina mientras buscaba sitio dónde sentarse - ¡Dios! Cuenta todos los detalles.

-            Claro, declaremos pública mi vida privada.

-            ¡Ay, no! ¡ay, no! – dijo Angélica – yo no vine hasta aquí para que nos dejaras en ascuas, mi hijita, cuenta… ¿es tan bueno como parece?

-            ¡Más! – grité de la emoción.

 

Lucrecia entró y se quedó pasmada ante la euforia que había en el lugar. Las tres nos quedamos calladitas como chiquitas recién regañadas. También entró Deborah, con cara de pocos amigos, traía una hoja en la mano, la puso sobre el mostrador, miró el jolgorio que se dibujaba en el rostro de aquel clan y luego se dirigió a mí.

 

-            Ocupo que firmes esta carta para poder asistir a una actividad del colegio, algo que necesito para el taller de cómputo.

-            Claro, hija.

 

Se quedó inmóvil mientras yo firmaba aquello, como si estuviera frente al choque de dos mundos tan dispares que nunca hubiese sido posible que existieran en el mismo universo. Luego la tomó, la guardó y sin decir nada se retiró por donde vino.

 

-            Y a esta ¿qué le pasa? – preguntó Angélica.

-            No sé – le contesté – lleva ya un par de semanas así.

-            ¿No tendrá algún problema con el novio?

-            No creo, el muchacho llega normal a la casa.

-            Y ¿qué tal le va con el muchacho? – agregó Lucrecia – se ve tan buen muchacho.

-            Pues creo que bien, como últimamente habla poco conmigo.

-            Deberías hablar con ella, tal vez le pasa algo grave – añadió Cristina.

 

Lucrecia fue a buscar algo a la cocina, se puso a preparar un poco de café y se sentó con nosotras, éramos un cuarteto de lujo, bien podríamos conquistar cualquier país que quisiéramos en ese momento. Era nuestro propio aquelarre, algo así. Conté tanto como pude sin entrar en detalles que pudieran resultar demasiado íntimos, Angélica también fue interrogada sobre el muchacho con quien salía. Lucrecia y Cristina eran las únicas dos que estaban en plan de absoluta soltería.

 

-            Y ¿qué piensas hacer con Alejandro? – todas miramos a Cristina – digo, algo debes haber pensado.

-            No he pensado nada, mientras las cosas fluyan aquí en la floristería y en sitios donde él no frecuente, no veo problema.

-            Sólo asegúrate de no convertir la floristería en un prostíbulo – me dijo Lucrecia.

-            ¡Te imaginas! – dijo Angélica bastante emocionada – una camita por aquí, un silloncito por allá, un papito aquí disfrutando de nuestras bondades, podríamos hacer parejas para atenderlos.

-            ¿Tú has hecho tríos? – a Lucrecia casi se le cae la cara de terror.

-            ¡Por supuesto! – fue la respuesta de Angélica - a los hombres les encanta estar con dos mujeres, ver que son morbosas, que los provoquen, que los lleven a la fantasía.

-            Yo solo lo he hecho con Julián – dijo Cristina con cara de tristeza.

-            ¡Ay, no! – se lamentó Angélica – eso no puede ser, ahora que eres soltera otra vez tienes que estar con otros para saber que los hombres hacen cosas diferentes, para probar juegos diferentes, posiciones, que te cacheteen…

-            Me voy a sentir como una puta.

-            No, Cristina, te vas a sentir deseada, apetecible…

-            Se va a sentir como una puta – aclaró Lucrecia – además, qué es eso de que una camita por aquí y otro silloncito por allá, acaso quieres que nos veamos entre nosotras cuando lo hacemos.

-            Uyuyuy… les falta mucha espuela a ustedes – Cristina se sirvió un vaso con café, sin azúcar, porque el azúcar se pega en las caderas y las hace más anchas.

 

Terminada la charla, Cristina se dirigió a una entrevista de trabajo en una tienda de perfumes que estaban por inaugurar en la ciudad y Angélica debía conectarse de nuevo a su teletrabajo, pero le daba lo mismo conectarse desde su casa que desde el centro comercial, el sitio no era inconveniente. En la floristería quedamos Lucrecia y yo, llegaba un pedido de flores y había otros varios por entregar.


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