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Nazareth (Capítulo Veinte: Aquelarre entre flores)
-
Apuesto
a que te lo hace como los dioses romanos – Angélica estaba desesperada por
saber los detalles de mi encuentro con Ernesto. Cristina cruzó la puerta,
brincó de la emoción y luego hizo un breve corrido hasta llegar donde
estábamos.
-
Esto
hay que celebrarlo – comentó Cristina mientras buscaba sitio dónde sentarse - ¡Dios! Cuenta todos los detalles.
-
Claro,
declaremos pública mi vida privada.
-
¡Ay,
no! ¡ay, no! – dijo Angélica – yo no vine hasta aquí para que nos dejaras en
ascuas, mi hijita, cuenta… ¿es tan bueno como parece?
-
¡Más!
– grité de la emoción.
Lucrecia entró y se quedó pasmada ante la
euforia que había en el lugar. Las tres nos quedamos calladitas como chiquitas
recién regañadas. También entró Deborah, con cara de pocos amigos, traía una
hoja en la mano, la puso sobre el mostrador, miró el jolgorio que se dibujaba
en el rostro de aquel clan y luego se dirigió a mí.
-
Ocupo
que firmes esta carta para poder asistir a una actividad del colegio, algo que
necesito para el taller de cómputo.
-
Claro,
hija.
Se quedó inmóvil mientras yo firmaba
aquello, como si estuviera frente al choque de dos mundos tan dispares que
nunca hubiese sido posible que existieran en el mismo universo. Luego la tomó,
la guardó y sin decir nada se retiró por donde vino.
-
Y a
esta ¿qué le pasa? – preguntó Angélica.
-
No sé
– le contesté – lleva ya un par de semanas así.
-
¿No
tendrá algún problema con el novio?
-
No
creo, el muchacho llega normal a la casa.
-
Y
¿qué tal le va con el muchacho? – agregó Lucrecia – se ve tan buen muchacho.
-
Pues
creo que bien, como últimamente habla poco conmigo.
-
Deberías
hablar con ella, tal vez le pasa algo grave – añadió Cristina.
Lucrecia fue a buscar algo a la cocina, se
puso a preparar un poco de café y se sentó con nosotras, éramos un cuarteto de
lujo, bien podríamos conquistar cualquier país que quisiéramos en ese momento.
Era nuestro propio aquelarre, algo así. Conté tanto como pude sin entrar en
detalles que pudieran resultar demasiado íntimos, Angélica también fue
interrogada sobre el muchacho con quien salía. Lucrecia y Cristina eran las
únicas dos que estaban en plan de absoluta soltería.
-
Y
¿qué piensas hacer con Alejandro? – todas miramos a Cristina – digo, algo debes
haber pensado.
-
No he
pensado nada, mientras las cosas fluyan aquí en la floristería y en sitios
donde él no frecuente, no veo problema.
-
Sólo
asegúrate de no convertir la floristería en un prostíbulo – me dijo Lucrecia.
-
¡Te
imaginas! – dijo Angélica bastante emocionada – una camita por aquí, un
silloncito por allá, un papito aquí disfrutando de nuestras bondades, podríamos
hacer parejas para atenderlos.
-
¿Tú
has hecho tríos? – a Lucrecia casi se le cae la cara de terror.
-
¡Por
supuesto! – fue la respuesta de Angélica - a los hombres les encanta estar con
dos mujeres, ver que son morbosas, que los provoquen, que los lleven a la
fantasía.
-
Yo
solo lo he hecho con Julián – dijo Cristina con cara de tristeza.
-
¡Ay,
no! – se lamentó Angélica – eso no puede ser, ahora que eres soltera otra vez tienes
que estar con otros para saber que los hombres hacen cosas diferentes, para
probar juegos diferentes, posiciones, que te cacheteen…
-
Me
voy a sentir como una puta.
-
No,
Cristina, te vas a sentir deseada, apetecible…
-
Se va
a sentir como una puta – aclaró Lucrecia – además, qué es eso de que una camita
por aquí y otro silloncito por allá, acaso quieres que nos veamos entre
nosotras cuando lo hacemos.
-
Uyuyuy…
les falta mucha espuela a ustedes – Cristina se sirvió un vaso con café, sin
azúcar, porque el azúcar se pega en las caderas y las hace más anchas.
Terminada la charla, Cristina se dirigió a
una entrevista de trabajo en una tienda de perfumes que estaban por inaugurar
en la ciudad y Angélica debía conectarse de nuevo a su teletrabajo, pero le
daba lo mismo conectarse desde su casa que desde el centro comercial, el sitio
no era inconveniente. En la floristería quedamos Lucrecia y yo, llegaba un
pedido de flores y había otros varios por entregar.
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