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Nazareth (Capítulo Diecisiete: Hombre contra mujer / Primera Parte)
-
¿Por
lo menos es guapo? – me preguntó Cristina sentada junto a mí.
-
Míralo
por ti misma – y le mostré una fotografía que tenía bien guardada en la galería
de mi teléfono.
-
¿Ya
se acostaron?
-
¡Cristina!
-
Ay,
ni que fuera tan malo, las oportunidades pasan solo una vez.
Angélica arribó a la floristería con la
elegancia de quien está flotando entre las nubes del amor y la tentación.
-
Ella
sí – le dije a Cristina – ella sí se acuesta con sus oportunidades ¿cierto
Angélica?
-
Lo
siento, lo siento, pero tú no lo haces por bruta – luego nos miró a ambas –
ustedes creen que yo soy una mujer fácil que se va con cualquiera por un trago.
-
¿Todavía
estás con el chiquito de escuela? – pregunté jocosamente.
-
Pues
ese chiquito de escuela parece un cazador experimentado. Donde pone el ojo…
-
Mejor
resérvate el final – pidió Cristina.
Justo en ese momento abrieron la puerta de
la floristería, era Ernesto, las dos mujeres que estaban conmigo comenzaron a
escanearlo con la mirada, a cuerpo completo. Luego Cristina tomó su bolso e
hizo una seña, ambas se despidieron, pero cuando pasaron al lado de él,
Angélica pasó sus manos por su pecho y le dijo:
-
Sí
estás bien guapo, amor – y ambas comenzaron a reír.
-
¿Qué
fue eso? – preguntó Ernesto cuando ambas habían cruzado la puerta.
-
Eso
fue Angélica y la otra, es Cristina.
-
Están
guapas.
-
Coquetéales
– contesté – al rato y consigues algo.
Sonrió y luego se acercó al mostrador,
traía una barra de chocolate blanco en la mano.
-
Destruiría
lo nuestro.
-
¿Lo
nuestro? – sonreí de manera sarcástica – estás mal.
-
Creí
que teníamos algo bonito.
-
Algo
como ¿qué? – aproveché para sentarme en la silla, con las manos cruzadas –
porque vienes, hablamos un poco, nos besamos, por eso crees que tenemos algo.
Estoy casada Ernesto, de esto no vamos a avanzar.
-
Pero
podríamos ser algo – estaba serio y parecía hasta sincero.
Guardé silencio unos segundos, lo miré,
realmente estaba guapo y yo realmente comenzaba a verlo como la posibilidad de
escapar del mundo en que vivía, sin aparente sentido, he de confesarme. Pero a
qué podíamos aspirar, la estupidez que había dicho Cristina sobre acostarnos
era eso solamente, una estupidez tan descabellada que no tenía ningún sentido
se viera por donde se viera.
-
Apenas
va a empezar tu tiempo de almuerzo.
-
Y eso
qué tiene que ver – me agarró la mano y se acercó.
-
Podríamos
hacerlo aquí – estoy segura de que puse cara de idiota.
-
Hacer
¿qué? – entonces se puso la mano en el cuello de la camisa e hizo ademán de
zafársela - ¡estás loco! Ya te dije que estoy casada.
-
Y
para besarme no necesitas estar casada, supongo.
Yo tenía rabia, no con él, tenía rabia
conmigo misma por ser tan cobarde de no animarme a tomar las oportunidades que
la vida me presentaba, tal vez Dios en su infinita misericordia quería que yo
tuviera un momento de esparcimiento, eso podía ser, la voz de Dios que quería
que yo me sintiera bien. Estaba meditando sin darme cuenta de lo que pasaba a
mi alrededor, y lo que pasaba a mi alrededor era que Ernesto estaba ya en la
puerta, cerrando con llave.
-
¿Qué
diablos haces? – pregunté aturdida.
-
Vamos
a aprovechar tu media hora de almuerzo – había cerrado ya, yo estaba
confundida, alegre, temerosa, iracunda, con una lluvia de sentimientos internos
que no me habían invitado a la reunión, entonces apareció la furia.
-
A ver
– dije poniendo las manos en mi cintura – ven, acércate a ver si eres tan
hombrecito.
-
Voy
en seguida – estaba sonriendo, caminó casi como si estuviera bailando, pero al
llegar donde yo estaba, fue recibido por una cachetada.
-
Te
dije que estoy casada, abre esa puerta – el temor aparecía y la confusión
estaba pidiendo permiso para entrar en escena – abre esa puerta – volvió a
acercarse, pero cuando alcé la mano para una segunda cachetada, sujetó mi mano
en el aire y sin dejarme hablar, me dio un beso que me hizo flaquear las
piernas, entonces apareció otro sentimiento, la locura….
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