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Evangelio del Arcángel Miguel (Capítulo Cinco)

 - Cuando el momento sea el justo – dijo Lucifer – seré llamado Dios. Entonces presidiré el Consejo y el orbe celestial. - Y ¿qué habrá para nosotros? - preguntó Leviatán. - Cuando ocurra eso, pide lo que quieras. Y lo que quieras te será dado. Sea pues, por mandato divino que enumero cada una de las legiones existentes en el orbe celestial, así como el nombre de quien las rige. Serafines, Ariadna. Querubines, Jozabel. Tribulaciones, Lemut. Tronos, Daniel. Dominaciones, Hilda. Virtudes, Ledmaniel. Potestades, Ezequiel. Principados, Lucifer. Arcángeles, Rafael. Sirve cada uno de ellos como pastor para su legión y cada uno se regocija en Dios. Y cada legión posee su propio territorio, dividiendo el orbe celestial en nueve regiones. Separada cada región por mandato. Y hay frío y calor en cada una. Y habitan acá bestias fantásticas que nunca habitaron en ninguna de las rocas que poseen vida. Es mi asignatura tomar la voz de Gabriel y llevar los mandatos del Consejo a cada región. Es p...

Nazareth (Capítulo Diecisiete: Hombre contra mujer / Primera Parte)

 

 

-            ¿Por lo menos es guapo? – me preguntó Cristina sentada junto a mí.

-            Míralo por ti misma – y le mostré una fotografía que tenía bien guardada en la galería de mi teléfono.

-            ¿Ya se acostaron?

-            ¡Cristina!

-            Ay, ni que fuera tan malo, las oportunidades pasan solo una vez.

 

Angélica arribó a la floristería con la elegancia de quien está flotando entre las nubes del amor y la tentación.

 

-            Ella sí – le dije a Cristina – ella sí se acuesta con sus oportunidades ¿cierto Angélica?

-            Lo siento, lo siento, pero tú no lo haces por bruta – luego nos miró a ambas – ustedes creen que yo soy una mujer fácil que se va con cualquiera por un trago.

-            ¿Todavía estás con el chiquito de escuela? – pregunté jocosamente.

-            Pues ese chiquito de escuela parece un cazador experimentado. Donde pone el ojo…

-            Mejor resérvate el final – pidió Cristina.

 

Justo en ese momento abrieron la puerta de la floristería, era Ernesto, las dos mujeres que estaban conmigo comenzaron a escanearlo con la mirada, a cuerpo completo. Luego Cristina tomó su bolso e hizo una seña, ambas se despidieron, pero cuando pasaron al lado de él, Angélica pasó sus manos por su pecho y le dijo:

 

-            Sí estás bien guapo, amor – y ambas comenzaron a reír.

-            ¿Qué fue eso? – preguntó Ernesto cuando ambas habían cruzado la puerta.

-            Eso fue Angélica y la otra, es Cristina.

-            Están guapas.

-            Coquetéales – contesté – al rato y consigues algo.

 

Sonrió y luego se acercó al mostrador, traía una barra de chocolate blanco en la mano.

 

-            Destruiría lo nuestro.

-            ¿Lo nuestro? – sonreí de manera sarcástica – estás mal.

-            Creí que teníamos algo bonito.

-            Algo como ¿qué? – aproveché para sentarme en la silla, con las manos cruzadas – porque vienes, hablamos un poco, nos besamos, por eso crees que tenemos algo. Estoy casada Ernesto, de esto no vamos a avanzar.

-            Pero podríamos ser algo – estaba serio y parecía hasta sincero.

 

Guardé silencio unos segundos, lo miré, realmente estaba guapo y yo realmente comenzaba a verlo como la posibilidad de escapar del mundo en que vivía, sin aparente sentido, he de confesarme. Pero a qué podíamos aspirar, la estupidez que había dicho Cristina sobre acostarnos era eso solamente, una estupidez tan descabellada que no tenía ningún sentido se viera por donde se viera.

 

-            Apenas va a empezar tu tiempo de almuerzo.

-            Y eso qué tiene que ver – me agarró la mano y se acercó.

-            Podríamos hacerlo aquí – estoy segura de que puse cara de idiota.

-            Hacer ¿qué? – entonces se puso la mano en el cuello de la camisa e hizo ademán de zafársela - ¡estás loco! Ya te dije que estoy casada.

-            Y para besarme no necesitas estar casada, supongo.

 

Yo tenía rabia, no con él, tenía rabia conmigo misma por ser tan cobarde de no animarme a tomar las oportunidades que la vida me presentaba, tal vez Dios en su infinita misericordia quería que yo tuviera un momento de esparcimiento, eso podía ser, la voz de Dios que quería que yo me sintiera bien. Estaba meditando sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor, y lo que pasaba a mi alrededor era que Ernesto estaba ya en la puerta, cerrando con llave.

 

-            ¿Qué diablos haces? – pregunté aturdida.

-            Vamos a aprovechar tu media hora de almuerzo – había cerrado ya, yo estaba confundida, alegre, temerosa, iracunda, con una lluvia de sentimientos internos que no me habían invitado a la reunión, entonces apareció la furia.

-            A ver – dije poniendo las manos en mi cintura – ven, acércate a ver si eres tan hombrecito.

-            Voy en seguida – estaba sonriendo, caminó casi como si estuviera bailando, pero al llegar donde yo estaba, fue recibido por una cachetada.

-            Te dije que estoy casada, abre esa puerta – el temor aparecía y la confusión estaba pidiendo permiso para entrar en escena – abre esa puerta – volvió a acercarse, pero cuando alcé la mano para una segunda cachetada, sujetó mi mano en el aire y sin dejarme hablar, me dio un beso que me hizo flaquear las piernas, entonces apareció otro sentimiento, la locura….


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