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Nazareth (Capítulo dieciocho: Hombre contra mujer / Segunda parte)
¿Ya se acostaron?, la pregunta de Cristina
parecía al inicio un chiste de mal gusto, pero ahora parecía otra cosa, algo
irracional, posible, tal vez. Este beso no era cualquier beso como los que
sucedían con Alejandro, las piernas me flaqueaban, entonces llegó otro
sentimiento, la culpa. Detuve a Ernesto, separé mi boca de la suya y lo miré,
miré mi anillo de matrimonio, era un anillo normal, de oro, tenía otros
anillos, pero ese sobresalía entre mis dedos. La culpa tenía alma y su alma
sonaba como una perversa canción Pop sobre mí. Ernesto lo intuyó y entonces
volvió a besarme, como una delicia sentí su lengua explorando a la mía, era
algo incontrolable, salido de guion, si es que existía.
Ya no tenía sentido que yo pensara en
irme, eso no iba a pasar, yo no iba a permitirlo, y lo dejé que me besara con
pasión, como él quisiera, yo no pondría resistencia. Existía, sí, ciertamente
un problema, estábamos en el área del mostrador, que daba a la calle, así que
por intuición, comencé a caminar abrazada a él, sin soltarnos y poco a poco lo
fui llevando al cuarto que servía de cocina y que estaba en la parte posterior
del local, la pared nos cubría de posibles mirones, teníamos intimidad, éramos
solo nosotros dos en un acto de amor y desenfreno.
Sucedió que mientras yo estaba desnudando
a Ernesto, Deborah llegó a la floristería, se asomó por la puerta, pero no
observó a nadie, entonces me hizo una llamada que obviamente nunca contesté.
Esperó cerca de dos minutos y luego, se sentó en la banca que se encuentra
fuera del negocio a esperar a que yo volviera de donde fuera que me encontraba
en ese momento (posiblemente el banco o algún otro sitio donde por lo general
la gente no contesta el teléfono).
Pero yo estaba dentro del local, con las
manos elevadas mientras Ernesto terminaba de quitar mi blusa y se sumergía en
una aventura besando mi cuello y bajando a besos por mi cuerpo. Debo ser
sincera y decir que en ningún momento pensé en otra cosa que no fuera estar
ahí, de cuerpo y mente presente.
-
Te
voy a perdonar por la cachetada, pero solo esta vez – me dijo Ernesto
entusiasmado porque ya se alcanzaba a caer por completo mi falda.
-
Hazme
un favor ¡cállate! – y le ayudé a que sus manos encontraran lo que estaban
buscando.
Ya dije que Deborah estaba en la banca
esperando, mirando el reloj porque ocupaba dinero para un trabajo del colegio,
pero en ese momento llegó Alejandro, que había pasado a comprarse algo para el
almuerzo cerca de allí y la vio en la banca. Preguntó por mí, pero Deborah le
contestó que el local estaba cerrado, que llevaba unos minutos esperando pero
que seguramente yo andaba entregando algún pedido o en algún trámite. Alejandro
le dio el dinero que necesitaba y luego se fue a continuar en el trabajo.
Adentro me comían con una avidez que yo
disfrutaba. Me sentía empoderada en medio de aquel oasis de infidelidad,
solamente las flores eran testigos de lo que sucedía, pero eran testigos mudas,
no contarían a nadie las cosas que sucedieron en esa media hora que estuvimos
juntos. La lluvia de sentimientos llegó a su clímax cuando apareció el último
de ellos, el sentimiento de la avaricia, yo quería a aquel hombre por completo,
solo para mi disfrute personal y así fue. Ernesto y yo acabamos compartiendo todo
lo que un hombre y una mujer pueden compartir en completa soledad. Había sido
mío y yo había sido suya.
Concluida la faena, volvimos a vestirnos,
con mis apuros por abrir la puerta para volver a poner en marcha el negocio.
Nos dimos otros dos o tres besos, quizás fueron cuatro. Luego se dirigió a la
puerta y la abrió. Sentada en la banca estaba una chica de colegio a quien él
no conocía y que se quedó mirándolo con cara de asombro mientras que él
terminaba de abotonarse la camisa.
Deborah se asomó por la ventana, tratando
de no ser vista y dentro observó a su madre que estaba cantando de felicidad,
peinándose. Había estado con otro hombre mientras ella y su papá estaban fuera
del negocio. Entonces un sentimiento llegó donde Deborah y se adueñó de ella,
era la tristeza, la tristeza de pensar en su papá, tal vez no era el mejor
hombre, pero aquello parecía demasiado. Desafortunadamente la tristeza nunca
llega sola, su mejor amiga es la ira y esta llegó con un juego de maletas,
lista para instalarse en su nueva casa, Deborah.
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