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Evangelio del Arcángel Miguel (Capítulo Cinco)

 - Cuando el momento sea el justo – dijo Lucifer – seré llamado Dios. Entonces presidiré el Consejo y el orbe celestial. - Y ¿qué habrá para nosotros? - preguntó Leviatán. - Cuando ocurra eso, pide lo que quieras. Y lo que quieras te será dado. Sea pues, por mandato divino que enumero cada una de las legiones existentes en el orbe celestial, así como el nombre de quien las rige. Serafines, Ariadna. Querubines, Jozabel. Tribulaciones, Lemut. Tronos, Daniel. Dominaciones, Hilda. Virtudes, Ledmaniel. Potestades, Ezequiel. Principados, Lucifer. Arcángeles, Rafael. Sirve cada uno de ellos como pastor para su legión y cada uno se regocija en Dios. Y cada legión posee su propio territorio, dividiendo el orbe celestial en nueve regiones. Separada cada región por mandato. Y hay frío y calor en cada una. Y habitan acá bestias fantásticas que nunca habitaron en ninguna de las rocas que poseen vida. Es mi asignatura tomar la voz de Gabriel y llevar los mandatos del Consejo a cada región. Es p...

Nazareth (Capítulo dieciocho: Hombre contra mujer / Segunda parte)

 

¿Ya se acostaron?, la pregunta de Cristina parecía al inicio un chiste de mal gusto, pero ahora parecía otra cosa, algo irracional, posible, tal vez. Este beso no era cualquier beso como los que sucedían con Alejandro, las piernas me flaqueaban, entonces llegó otro sentimiento, la culpa. Detuve a Ernesto, separé mi boca de la suya y lo miré, miré mi anillo de matrimonio, era un anillo normal, de oro, tenía otros anillos, pero ese sobresalía entre mis dedos. La culpa tenía alma y su alma sonaba como una perversa canción Pop sobre mí. Ernesto lo intuyó y entonces volvió a besarme, como una delicia sentí su lengua explorando a la mía, era algo incontrolable, salido de guion, si es que existía.

 

Ya no tenía sentido que yo pensara en irme, eso no iba a pasar, yo no iba a permitirlo, y lo dejé que me besara con pasión, como él quisiera, yo no pondría resistencia. Existía, sí, ciertamente un problema, estábamos en el área del mostrador, que daba a la calle, así que por intuición, comencé a caminar abrazada a él, sin soltarnos y poco a poco lo fui llevando al cuarto que servía de cocina y que estaba en la parte posterior del local, la pared nos cubría de posibles mirones, teníamos intimidad, éramos solo nosotros dos en un acto de amor y desenfreno.

 

Sucedió que mientras yo estaba desnudando a Ernesto, Deborah llegó a la floristería, se asomó por la puerta, pero no observó a nadie, entonces me hizo una llamada que obviamente nunca contesté. Esperó cerca de dos minutos y luego, se sentó en la banca que se encuentra fuera del negocio a esperar a que yo volviera de donde fuera que me encontraba en ese momento (posiblemente el banco o algún otro sitio donde por lo general la gente no contesta el teléfono).

 

Pero yo estaba dentro del local, con las manos elevadas mientras Ernesto terminaba de quitar mi blusa y se sumergía en una aventura besando mi cuello y bajando a besos por mi cuerpo. Debo ser sincera y decir que en ningún momento pensé en otra cosa que no fuera estar ahí, de cuerpo y mente presente.

 

-            Te voy a perdonar por la cachetada, pero solo esta vez – me dijo Ernesto entusiasmado porque ya se alcanzaba a caer por completo mi falda.

-            Hazme un favor ¡cállate! – y le ayudé a que sus manos encontraran lo que estaban buscando.

 

Ya dije que Deborah estaba en la banca esperando, mirando el reloj porque ocupaba dinero para un trabajo del colegio, pero en ese momento llegó Alejandro, que había pasado a comprarse algo para el almuerzo cerca de allí y la vio en la banca. Preguntó por mí, pero Deborah le contestó que el local estaba cerrado, que llevaba unos minutos esperando pero que seguramente yo andaba entregando algún pedido o en algún trámite. Alejandro le dio el dinero que necesitaba y luego se fue a continuar en el trabajo.

 

Adentro me comían con una avidez que yo disfrutaba. Me sentía empoderada en medio de aquel oasis de infidelidad, solamente las flores eran testigos de lo que sucedía, pero eran testigos mudas, no contarían a nadie las cosas que sucedieron en esa media hora que estuvimos juntos. La lluvia de sentimientos llegó a su clímax cuando apareció el último de ellos, el sentimiento de la avaricia, yo quería a aquel hombre por completo, solo para mi disfrute personal y así fue. Ernesto y yo acabamos compartiendo todo lo que un hombre y una mujer pueden compartir en completa soledad. Había sido mío y yo había sido suya.

 

Concluida la faena, volvimos a vestirnos, con mis apuros por abrir la puerta para volver a poner en marcha el negocio. Nos dimos otros dos o tres besos, quizás fueron cuatro. Luego se dirigió a la puerta y la abrió. Sentada en la banca estaba una chica de colegio a quien él no conocía y que se quedó mirándolo con cara de asombro mientras que él terminaba de abotonarse la camisa.

 

Deborah se asomó por la ventana, tratando de no ser vista y dentro observó a su madre que estaba cantando de felicidad, peinándose. Había estado con otro hombre mientras ella y su papá estaban fuera del negocio. Entonces un sentimiento llegó donde Deborah y se adueñó de ella, era la tristeza, la tristeza de pensar en su papá, tal vez no era el mejor hombre, pero aquello parecía demasiado. Desafortunadamente la tristeza nunca llega sola, su mejor amiga es la ira y esta llegó con un juego de maletas, lista para instalarse en su nueva casa, Deborah.


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