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Nazareth (Capítulo Diecinueve: Alejandro)
-
A
veces parece que falta poco para matarnos, casi nada – Alejandro estaba sentado
en la cama – como si estuviéramos en un videojuego de asesinos.
-
Bienvenido
a mi vida Alejandro – contesté – mi vida es un videojuego de terror.
Con el pasar de los años la química se
acababa de a pocos, los problemas no se arreglaban, simplemente nunca iban a
desaparecer. La primera vez que Alejandro me fue infiel, teníamos seis años de
matrimonio, Deborah estaba aún muy pequeña, eso nunca lo entendí, estábamos
bien, demasiado bien para mi criterio. Yo era una mujer muy feliz en ese
entonces, Debbie me sacaba las sonrisas todos los días, adoraba verla crecer,
pero supongo que entre ese ir y venir, algo se habría perdido sin que yo me
percatara del asunto.
La mujer trabajaba con él, flirteaban, me
imagino. Hasta que un día comenzaron a verse de otra manera, a disfrutar más el
tiempo que pasaban juntos, Alejandro es tan buen mentiroso que nunca sospeché
que algo pasara. Llegaba tan tranquilo a la casa, tan cariñoso, era el mismo
hombre que yo había conocido. Me enteré por cosas de la vida, por casualidad,
una tarde cuando se suponía que yo no estaba en la casa, que andaría donde mis
padres. Sonó el teléfono de la casa y contesté “Hola, amorcito, ya sé que estás
solo, te extrañaba…” colgué la llamada, respiré un poco, tanto como pude y
comencé a llorar.
Alejandro estaba en el baño, cuando salió
lo confronté y por más que lo negó, terminó aceptando que se había acostado una
vez con esa mujer. Estuve por hacer mis maletas e irme con mi hija. Tardamos un
par de semanas sin dirigirnos la palabra, hasta que él renunció al trabajo y
comenzó en otra empresa. Ahí perdí la confianza en él. Pero la ceguera es un
mal tan grande, hace tanto daño a las personas, que volví a confiar.
Entonces pasaron los años, quedé
embarazada de Gabriel y las cosas tomaron su rumbo normal, parecería que todo
caminaba de maravilla, como en un sueño. Pero las pesadillas comenzaron otra
vez, culminaron la vez que encontré una conversación con otra mujer en su
teléfono. Tenía todas las conversaciones borradas, todas excepto el último
mensaje que recibió durante la noche y que se le olvidó borrar “buenas noches,
amor”. No podía ser, la historia contaba ya con una secuela. El pleito fue
mayor esta vez, yo estaba decidida a hacerme respetar, pero dicen que, si
perdonas una vez, te condenas a repetir la historia, porque ya demostraste
flaqueza. Tuve a Deborah, ya como una
mujer de doce años, a Gabriel en edad escolar, el mundo era un colador, estaba
con el trabajo en la floristería, asfixiada.
Por eso había salido de la floristería, ocupaba un respiro. Lucrecia no
apreciaba a Alejandro, lo encontraba algo cavernícola para sus gustos, tampoco
entendía mis motivos para seguir ahí. Angélica es de la idea de que los hombres
son estúpidos por naturaleza y que nosotras debemos confrontar y si se puede
devolver acción con reacción. Cristina en cambio vive esclavizada en la idea de
que una mujer ocupa un hombre a su lado para poder sostenerse.
Hasta que llegué a casa, me di cuenta de
que el almuerzo estaba intacto en mi bolso, con buena razón. Ernesto me había
almorzado de manera salvaje y yo de manera indecente lo almorcé a él. Guardé la
comida en el refrigerador para llevarlo el día siguiente, me di una ducha, para
que el agua refrescara aquellas partes de mi cuerpo que aún se encontraban en
ebullición, puse algo de música y dejé que el agua simplemente me recorriera.
Pero era absurdo, el agua no borraba la
calentura que había en mí, por el contrario, parecía aumentarla, entonces
recorrí con mis manos las zonas donde Ernesto había disfrutado más y donde yo
había sentido el mayor placer, terminé tocándome, excitada por lo que sucedió
en la floristería. No sé cuántos años pasaron desde la última vez que yo me
toqué a mí misma, pero debieron ser muchos, porque perdí la cordura pensando en
ese hombre, en la manera en que me tocaba, en que me besaba y viceversa.
Deborah llegó a la casa a la hora normal,
yo estaba terminando de vestirme cuando la vi pasar frente a mi cuarto.
-
Hola,
hija ¿cómo te fue? – pero en vez de un saludo recibí un puertazo en la cara que
no entendí. Terminé de vestirme y me dirigí a su dormitorio, toqué la puerta
dos veces, pero no abrió – hija ¿estás bien? Si ocupas hablar de algo, voy a
estar en la cocina.
No bajó y durante los días siguientes se
limitó a responder de mala manera lo que yo le preguntaba.
-
Ni
pierdas tu tiempo – me dijo Alejandro cuando le conté la actitud de Deborah –
si tratas de entender a las mujeres, terminas en un bug donde no hay salida.
-
Claro
– contesté sarcásticamente – como tú entiendes tan bien a las mujeres.
-
Preséntame
al hombre que logre entenderlas y te dejo en paz, te lo juro, ese hombre no
existe.
Para mí sí existía, por lo menos el que me
entendiera a mí, pero todavía no estaba lista para presentárselo a Alejandro.
Deborah hablaba con todos con total
normalidad, había perdonado que su padre se equivocara. Los jueves, sábados y
domingos, Matías la visitaba en la casa o salían a comer algo, iban al cine,
salían al parque. Yo había sido ella, con aquel amor juvenil, con un amor que
simplemente me llenaba y me hacía sentir mejor, pero ese amor había tomado un
vuelo a un país muy lejano y el boleto solo era de ida, no había hecho el
esfuerzo por volver y yo no tenía el interés de ir a buscarlo.
-
Deberíamos
enfocarnos en ellos – me sinceré con Alejandro.
-
Yo te
amo ¿no es importante?
-
No sé
– le contesté – después te digo si era importante. Pero vamos, ya la cena está
lista, no quiero que la lasaña se enfríe.
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