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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo Diecinueve: Alejandro)

 

-            A veces parece que falta poco para matarnos, casi nada – Alejandro estaba sentado en la cama – como si estuviéramos en un videojuego de asesinos.

-            Bienvenido a mi vida Alejandro – contesté – mi vida es un videojuego de terror.

 

Con el pasar de los años la química se acababa de a pocos, los problemas no se arreglaban, simplemente nunca iban a desaparecer. La primera vez que Alejandro me fue infiel, teníamos seis años de matrimonio, Deborah estaba aún muy pequeña, eso nunca lo entendí, estábamos bien, demasiado bien para mi criterio. Yo era una mujer muy feliz en ese entonces, Debbie me sacaba las sonrisas todos los días, adoraba verla crecer, pero supongo que entre ese ir y venir, algo se habría perdido sin que yo me percatara del asunto.

 

La mujer trabajaba con él, flirteaban, me imagino. Hasta que un día comenzaron a verse de otra manera, a disfrutar más el tiempo que pasaban juntos, Alejandro es tan buen mentiroso que nunca sospeché que algo pasara. Llegaba tan tranquilo a la casa, tan cariñoso, era el mismo hombre que yo había conocido. Me enteré por cosas de la vida, por casualidad, una tarde cuando se suponía que yo no estaba en la casa, que andaría donde mis padres. Sonó el teléfono de la casa y contesté “Hola, amorcito, ya sé que estás solo, te extrañaba…” colgué la llamada, respiré un poco, tanto como pude y comencé a llorar.

 

Alejandro estaba en el baño, cuando salió lo confronté y por más que lo negó, terminó aceptando que se había acostado una vez con esa mujer. Estuve por hacer mis maletas e irme con mi hija. Tardamos un par de semanas sin dirigirnos la palabra, hasta que él renunció al trabajo y comenzó en otra empresa. Ahí perdí la confianza en él. Pero la ceguera es un mal tan grande, hace tanto daño a las personas, que volví a confiar.

 

Entonces pasaron los años, quedé embarazada de Gabriel y las cosas tomaron su rumbo normal, parecería que todo caminaba de maravilla, como en un sueño. Pero las pesadillas comenzaron otra vez, culminaron la vez que encontré una conversación con otra mujer en su teléfono. Tenía todas las conversaciones borradas, todas excepto el último mensaje que recibió durante la noche y que se le olvidó borrar “buenas noches, amor”. No podía ser, la historia contaba ya con una secuela. El pleito fue mayor esta vez, yo estaba decidida a hacerme respetar, pero dicen que, si perdonas una vez, te condenas a repetir la historia, porque ya demostraste flaqueza.  Tuve a Deborah, ya como una mujer de doce años, a Gabriel en edad escolar, el mundo era un colador, estaba con el trabajo en la floristería, asfixiada.  Por eso había salido de la floristería, ocupaba un respiro. Lucrecia no apreciaba a Alejandro, lo encontraba algo cavernícola para sus gustos, tampoco entendía mis motivos para seguir ahí. Angélica es de la idea de que los hombres son estúpidos por naturaleza y que nosotras debemos confrontar y si se puede devolver acción con reacción. Cristina en cambio vive esclavizada en la idea de que una mujer ocupa un hombre a su lado para poder sostenerse.

 

Hasta que llegué a casa, me di cuenta de que el almuerzo estaba intacto en mi bolso, con buena razón. Ernesto me había almorzado de manera salvaje y yo de manera indecente lo almorcé a él. Guardé la comida en el refrigerador para llevarlo el día siguiente, me di una ducha, para que el agua refrescara aquellas partes de mi cuerpo que aún se encontraban en ebullición, puse algo de música y dejé que el agua simplemente me recorriera.

 

Pero era absurdo, el agua no borraba la calentura que había en mí, por el contrario, parecía aumentarla, entonces recorrí con mis manos las zonas donde Ernesto había disfrutado más y donde yo había sentido el mayor placer, terminé tocándome, excitada por lo que sucedió en la floristería. No sé cuántos años pasaron desde la última vez que yo me toqué a mí misma, pero debieron ser muchos, porque perdí la cordura pensando en ese hombre, en la manera en que me tocaba, en que me besaba y viceversa.

 

Deborah llegó a la casa a la hora normal, yo estaba terminando de vestirme cuando la vi pasar frente a mi cuarto.

 

-            Hola, hija ¿cómo te fue? – pero en vez de un saludo recibí un puertazo en la cara que no entendí. Terminé de vestirme y me dirigí a su dormitorio, toqué la puerta dos veces, pero no abrió – hija ¿estás bien? Si ocupas hablar de algo, voy a estar en la cocina.

 

No bajó y durante los días siguientes se limitó a responder de mala manera lo que yo le preguntaba.

 

-            Ni pierdas tu tiempo – me dijo Alejandro cuando le conté la actitud de Deborah – si tratas de entender a las mujeres, terminas en un bug donde no hay salida.

-            Claro – contesté sarcásticamente – como tú entiendes tan bien a las mujeres.

-            Preséntame al hombre que logre entenderlas y te dejo en paz, te lo juro, ese hombre no existe.

 

Para mí sí existía, por lo menos el que me entendiera a mí, pero todavía no estaba lista para presentárselo a Alejandro.

 

Deborah hablaba con todos con total normalidad, había perdonado que su padre se equivocara. Los jueves, sábados y domingos, Matías la visitaba en la casa o salían a comer algo, iban al cine, salían al parque. Yo había sido ella, con aquel amor juvenil, con un amor que simplemente me llenaba y me hacía sentir mejor, pero ese amor había tomado un vuelo a un país muy lejano y el boleto solo era de ida, no había hecho el esfuerzo por volver y yo no tenía el interés de ir a buscarlo.

 

-            Deberíamos enfocarnos en ellos – me sinceré con Alejandro.

-            Yo te amo ¿no es importante?

-            No sé – le contesté – después te digo si era importante. Pero vamos, ya la cena está lista, no quiero que la lasaña se enfríe.


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