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Ofelia (Capítulo Uno: Días de retiro)
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Ofelia.
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Sí, Hermana Anabel.
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La
llama la Madre Superiora.
Yo conocía de antemano esos llamados de la
Madre Superiora, cuando nos llamaba a alguna de las muchachas nos advertía
sobre los hombres, esos muchachos que estaban empezando a hacer sus armas en el
seminario y que, en ocasiones como esta, hacían el retiro en el mismo sitio que
nosotras. No eran malos chicos, pero eran terribles a la hora de hacer bromas.
A veces nos daba hasta medianoche contando chistes o historias, sin que se
esterara la Madre Socorro, nos mandaría a cada uno, a su dormitorio, porque era
inconcebible que a esa hora hombres y mujeres compartieran la misma habitación,
aunque fuera para reír que era a lo que nos dedicábamos en nuestros ratos
libres.
Nos encontrábamos en Los Chiles, uno de
los cantones ubicados al Norte de Costa Rica y que colinda con el Río San Juan,
que sirve como límite entre Costa Rica y Nicaragua, a muchos kilómetros de
distancia de mi casa, pero tranquila, porque, aunque apenas tengo catorce años,
esta experiencia me servirá de mucho si como parece, termino por decidirme a
seguir el camino religioso, pero uno nunca sabe, a veces Dios se divierte y
divide el camino en muchos tramos.
A esto dedico mi tiempo de fines de
semana, no todos, la religión es un mundo que se explora poco a poco. Mientras
Escarleth, Ximena y el resto de mis amigas están en plan de descanso, yo estoy
tratando de encontrar el punto de equilibrio de mi vida, esa respuesta a la
eterna pregunta de ¿qué hacemos aquí? Aparte de la Madre Socorro, se encuentra
también con nosotros el Padre Humberto, quien está a cargo de controlar los
ímpetus mundanos de los varones, hacerles ver que el camino de Dios tiene
muchos escalones, es un camino empinado, rocoso, pero, aun así, un camino que
es necesario seguir para que nuestra alma encuentre luz en medio de las
tinieblas que ofrece este mundo que se encuentra en pleno cambio de siglo.
Estamos recién estrenando el año dos mil, es un tiempo de cambio, de reflexión
y como tal, amerita que seamos mejores personas con nuestro prójimo y con
nosotros mismos.
Llegué aquí por cosas de la vida, como
sucede con todo. Hace poco ingresé al grupo de lectores de la parroquia, y una
cosa llevó a otra, el servicio ministerial ofrece múltiples caminos para la
juventud y bueno, esto es una exploración propia, como dije antes, trato de
encontrar el sentido de algunas cosas que sigo sin entender, pero que
seguramente aclararé antes de alcanzar la mayoría de edad. El edificio donde
nos hospedamos es algo viejo, salimos temprano ayer sábado, son cinco horas en
buseta desde mi pueblo hasta Los Chiles, llegamos justo para el almuerzo que
consistía en arroz, frijoles, una torta de carne, ensalada y un fresco natural
que prepararon las hermanas para recibirnos. La tarde la dedicamos a hacer
oración y actividades varias, en la noche cenamos y luego tuvimos un tiempo con
música de alabanza. Cerca de las ocho cada uno se fue para su dormitorio, somos
cuatro mujeres y cinco hombres, pero cuando el reloj dio las nueve, tocaron a
nuestra puerta, eran los muchachos llamando sin hacer ruido, volvimos a vernos,
sonreímos y de puntillas fueron entrando uno a uno, mientras uno ingresaba, el
resto vigilaban que hubieran moros en la costa, cuando acabó de entrar el
último de ellos, nos sentamos en el piso, formando un círculo, y entonces
Víctor comenzó a contar chistes, malísimos, pero tan malos que causaban risa,
nos tapábamos la boca con las manos y en eso estuvimos hasta cerca de la
medianoche cuando regresaron a su habitación. En medio del retiro espiritual en
que estábamos, habíamos hallado un espacio de esparcimiento que de haber sido
descubierto por la Madre Socorro o el Padre Humberto habría causado una especie
de amonestación para nosotros, un pobre grupo de adolescentes que se divertían
sanamente en el transcurso de una noche cualquiera.
-
Hay
que tener cuidado Ofelia – dijo la Madre Superiora una vez que me senté en su
despacho – los chicos son muy buenos, pero siguen siendo unos muchachos que
están en pleno aprendizaje, igual que ustedes. Te veo futuro aquí con nosotras,
no dejen que sus locuras te vayan a afectar.
-
Pierda
cuidado Madre – dije mientras recordaba la lista de chistes que habían sido
contados en el transcurso de la noche – yo agradezco mucho estar acá y trataré
de hacer las cosas lo mejor posible.
-
No me
queda duda de eso.
Regresamos en el transcurso de la tarde
del domingo, el lunes volví a la vida en casa, con los deberes propios que eso
conllevaba.
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