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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Ofelia (Capítulo Uno: Días de retiro)

 

-            Ofelia.

-            Sí, Hermana Anabel.

-            La llama la Madre Superiora.

 

Yo conocía de antemano esos llamados de la Madre Superiora, cuando nos llamaba a alguna de las muchachas nos advertía sobre los hombres, esos muchachos que estaban empezando a hacer sus armas en el seminario y que, en ocasiones como esta, hacían el retiro en el mismo sitio que nosotras. No eran malos chicos, pero eran terribles a la hora de hacer bromas. A veces nos daba hasta medianoche contando chistes o historias, sin que se esterara la Madre Socorro, nos mandaría a cada uno, a su dormitorio, porque era inconcebible que a esa hora hombres y mujeres compartieran la misma habitación, aunque fuera para reír que era a lo que nos dedicábamos en nuestros ratos libres.

 

Nos encontrábamos en Los Chiles, uno de los cantones ubicados al Norte de Costa Rica y que colinda con el Río San Juan, que sirve como límite entre Costa Rica y Nicaragua, a muchos kilómetros de distancia de mi casa, pero tranquila, porque, aunque apenas tengo catorce años, esta experiencia me servirá de mucho si como parece, termino por decidirme a seguir el camino religioso, pero uno nunca sabe, a veces Dios se divierte y divide el camino en muchos tramos.

 

A esto dedico mi tiempo de fines de semana, no todos, la religión es un mundo que se explora poco a poco. Mientras Escarleth, Ximena y el resto de mis amigas están en plan de descanso, yo estoy tratando de encontrar el punto de equilibrio de mi vida, esa respuesta a la eterna pregunta de ¿qué hacemos aquí? Aparte de la Madre Socorro, se encuentra también con nosotros el Padre Humberto, quien está a cargo de controlar los ímpetus mundanos de los varones, hacerles ver que el camino de Dios tiene muchos escalones, es un camino empinado, rocoso, pero, aun así, un camino que es necesario seguir para que nuestra alma encuentre luz en medio de las tinieblas que ofrece este mundo que se encuentra en pleno cambio de siglo. Estamos recién estrenando el año dos mil, es un tiempo de cambio, de reflexión y como tal, amerita que seamos mejores personas con nuestro prójimo y con nosotros mismos.

 

Llegué aquí por cosas de la vida, como sucede con todo. Hace poco ingresé al grupo de lectores de la parroquia, y una cosa llevó a otra, el servicio ministerial ofrece múltiples caminos para la juventud y bueno, esto es una exploración propia, como dije antes, trato de encontrar el sentido de algunas cosas que sigo sin entender, pero que seguramente aclararé antes de alcanzar la mayoría de edad. El edificio donde nos hospedamos es algo viejo, salimos temprano ayer sábado, son cinco horas en buseta desde mi pueblo hasta Los Chiles, llegamos justo para el almuerzo que consistía en arroz, frijoles, una torta de carne, ensalada y un fresco natural que prepararon las hermanas para recibirnos. La tarde la dedicamos a hacer oración y actividades varias, en la noche cenamos y luego tuvimos un tiempo con música de alabanza. Cerca de las ocho cada uno se fue para su dormitorio, somos cuatro mujeres y cinco hombres, pero cuando el reloj dio las nueve, tocaron a nuestra puerta, eran los muchachos llamando sin hacer ruido, volvimos a vernos, sonreímos y de puntillas fueron entrando uno a uno, mientras uno ingresaba, el resto vigilaban que hubieran moros en la costa, cuando acabó de entrar el último de ellos, nos sentamos en el piso, formando un círculo, y entonces Víctor comenzó a contar chistes, malísimos, pero tan malos que causaban risa, nos tapábamos la boca con las manos y en eso estuvimos hasta cerca de la medianoche cuando regresaron a su habitación. En medio del retiro espiritual en que estábamos, habíamos hallado un espacio de esparcimiento que de haber sido descubierto por la Madre Socorro o el Padre Humberto habría causado una especie de amonestación para nosotros, un pobre grupo de adolescentes que se divertían sanamente en el transcurso de una noche cualquiera.

 

-            Hay que tener cuidado Ofelia – dijo la Madre Superiora una vez que me senté en su despacho – los chicos son muy buenos, pero siguen siendo unos muchachos que están en pleno aprendizaje, igual que ustedes. Te veo futuro aquí con nosotras, no dejen que sus locuras te vayan a afectar.

-            Pierda cuidado Madre – dije mientras recordaba la lista de chistes que habían sido contados en el transcurso de la noche – yo agradezco mucho estar acá y trataré de hacer las cosas lo mejor posible.

-            No me queda duda de eso.

 

Regresamos en el transcurso de la tarde del domingo, el lunes volví a la vida en casa, con los deberes propios que eso conllevaba.


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