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Nazareth (Capítulo 16: La corte tribal)
Aquello parecía una corte tribal. La sede
era la casa de Angélica, que fungía como juez en medio de Cristina y yo, que
estábamos de brazos cruzados sin dirigirnos ni una palabra. La verdad es que
aquello no tenía ningún sentido, Cistina estaba disgustada conmigo porque me
había visto besarme con Ernesto, si supiera que ya lo había soñado antes de que
sucediera, en mi sueño estábamos solos en una oficina, Ernesto me tomó de las
manos, se recostó contra la pared y me abrazó, yo estaba nerviosa, entonces me
dijo “estoy nervioso, pero te va a gustar” yo sudaba, no dije nada, simplemente
me dejé llevar y él me besó con tanta dulzura y pasión al mismo tiempo que el
sabor de sus labios amaneció conmigo ese día.
-
¿Qué
te pasa? – le preguntó Angélica a Cristina – llevamos años de conocernos, desde
la secundaria.
-
Yo no
hice nada malo, no he acusado a nadie y nadie es culpable hasta que se
demuestre lo contrario, además ¿de qué se me acusa?
-
Todavía
de nada – sugirió Angélica.
Estábamos ahí por culpa mía, por mis
actos, así que tomé la palabra.
-
Mira
Cristina, sé lo que creíste ver…
-
¿Creí?
Te vi besándote con un hombre en la floristería.
-
¿Está
guapo? – preguntó Angélica – digo, porque si está más guapo que Alejandro.
-
Lo
está – contesté.
-
Y lo
dices, así como nada – me recriminó Cristina.
-
Sí –
le dije - ¿sabes lo que es vivir en mi pellejo? ¡No! ¡No lo sabes!, vivo harta
con Alejandro, me acuesto con él por necesidad, por saciar el cuerpo, llevamos
años de no amarnos, me ha sido infiel con dos o tres mujeres. ¡Por Dios!
Estuvimos a punto de separarnos un par de veces…
-
Ese
no es el punto – interrumpió Cristina – las relaciones hay que salvarlas, a
veces hay que mentir para rescatarlas.
-
¿Mentir?
– dijo Angélica - ¿mentir para rescatar una relación?
Entonces Angélica nos miró a ambas, luego
miró el estómago de Cristina, se colocó las manos en su boca y fue por un vaso
con agua, Cristina y yo nos quedamos en silencio, no entendíamos nada de lo que
sucedía. Angélica tomó un poco de aire y luego habló.
-
¿Cuánto
tienes de divorciada? – preguntó a Cristina.
-
Tres
meses – contestó Cristina confundida – pero ¿qué tiene eso que ver?
-
¿Cuánto
tienes de embarazo? – volvió a preguntar Angélica.
-
Cuatro
meses.
-
¿Qué
demonios pasa? – interrumpí.
-
Te
diré lo que pasa – dijo Angélica – no está embarazada.
-
¿Qué?
– contestamos al mismo tiempo Cristina y yo, con cara de asombro.
-
Te
conozco demasiado bien, estarías fulminada por los achaques, como en el
embarazo de Lucy, ¡Oh, por Dios!
-
¿No
estás embarazada? – pregunté.
Cristina se puso de pie, tomó su bolso, e
iba a retirarse, pero Angélica la tomó por el brazo, Cristina hizo esfuerzo por
soltarse, pero Angélica no quiso soltarla.
-
Mírame
– le dijo Angélica, con bastante cariño – chiquita, mírame - Cristina estaba
empezando a llorar.
-
Ocupaba
recuperarlo, no puedo estar sola.
-
No
estás sola – dije, levantándome y yendo a abrazarla - ¿es cierto? ¿no estás
embarazada? – Cristina movió la cabeza en forma negativa y extendió los brazos
para abrazarnos a ambas.
-
Soy
una tonta, cuando te vi besar a ese hombre, sentí celos.
-
¿De
mí? – las tres llorábamos.
-
Yo
solo quiero ser feliz – ninguna se soltaba – no quiero morir sola.
-
Y no
vas a morir sola – dijo Angélica – te lo prometo, eres muy bella para morir
sola.
Las tres quedamos así por un rato,
necesitábamos sentir que estábamos allí para nosotras.
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