-
¿No
ha llegado el hombre a quien le lancé el beso?
-
No –
dije de manera natural.
-
Qué
raro, debió haber regresado.
-
Pues
imagino que no es cierto eso de que vienen y van – a Lucrecia pareció
sorprenderle que el hombre no hubiera vuelto a la floristería.
-
Seguramente
es casado y es completamente fiel a sus principios.
-
Eso
debe ser.
Las flores de mi casa ya se habían
marchitado, ni siquiera quedaba el aroma, se había esfumado. Deborah tiró el
ramo tan pronto como se secó, no dio tiempo a que me despidiera de aquel
detalle tan lindo que habían tenido para mí.
En cuestiones de romance yo no tenía
muchas expectativas, después de los años de matrimonio, ya no esperaba que
Alejandro fuera detallista, eso simplemente no iba a pasar nunca, a él no le
importaba conquistarme, es como todos los hombres, cuando se casan, creen que
la mujer debe mantener el interés simplemente porque sí, como si el matrimonio
fuera un motivo ideal para que el romance desapareciera del mapa. También
estaba pendiente la cena para celebrar los quince años de Gabriel, por fecha
cumple el lunes, pero decidimos celebrar la cena el domingo, no invitó a ningún
amigo a la cena, dice que eso de invitar gente es para las mujeres. Así que me
tocó a mí buscar alguien más aparte de nosotros cuatro para cenar.
De esa manera, le dije a mis padres y a
los de Alejandro, a Angélica, Cristina y Lucrecia. Mis padres tenían otro
compromiso, la vela de uno de sus amigos, muerto por un paro cardiaco, por lo
que pasarían a dejarle un regalo temprano al festejado. Yo luciría mis dotes de
cocinera, el menú incluía arroz blanco con maíz dulce y zanahoria; carne de res
en salsa, ensalada de lechuga con tomates y aderezo, un postre a base de
gelatinas y un queque de chocolate que Deborah se encargó de decorar con crema
chantilly y melocotones.
Angélica había estado ayudando con la
carne, llegó temprano para evitar que el estrés se adueñara de mi cabeza (como
si nunca ocurriera), así aprovechamos para hablar sobre el embarazo de Cristina
y otros chismes que estaban a la orden del día.
-
Menos
mal que ustedes son sus mejores amigas – nos recriminó Alejandro – ¡líbrame,
Dios!
-
Precisamente
por eso – le contesté – porque somos sus mejores amigas, nos preocupamos por
ella.
-
Yo
creo que ya está bastante grande – añadió.
-
No,
Ale – le dijo Angélica – parece grande, pero es como una niña. Bueno, creo que
esta comida está riquísima. Si me permiten voy a robar su ducha por unos
minutos para estar presentable para la cena.
Entonces recogió su ropa, la llevó al
dormitorio principal y se metió a la ducha, mientras Alejandro y yo
terminábamos de preparar la cena. Casi de inmediato tocaron a la puerta, era
Cristina, con mejor aspecto que la última vez que la vi en la floristería y
detrás de ella, a pocos pasos venían los padres de Alejandro, que saludaron y
se sentaron en la sala a ver televisión, luego llegó Lucrecia, para completar
la lista de invitados al agasajo.
La cena estaba a pocos minutos de
servirse, el queque, esperaba en media mesa, con quince pequeñas velas, Gabriel
había ido a su cuarto para ponerse una ropa más decente que la que llevaba
puesta (pantaloneta de fútbol y camiseta sin mangas). Angélica se sentía tan
cómoda en casa, que dejó su ropa encima de la cama matrimonial, en nuestro
dormitorio que está junto al baño. Y eso no habría significado nada, Alejandro
estaba conmigo, pero había un pequeño detalle, Gabriel estaba ahí, observando
la ropa interior de Angélica, husmeando.
-
¿Qué
haces? – preguntó. El muchacho dio un brinco del susto, se quedó callado y sin
decir nada, giró hacia donde estaba ella, de pie bajo el marco de la puerta,
cubierta con una toalla - ¿qué haces? – y se recostó a la pared.
-
Nada
– respondió él, dándose cuenta de que había sido pillado.
-
Me
parece que haces algo.
Y entonces, hizo algo que sacó a Gabriel
del guion, algo que el muchacho no preveía como posibilidad. Desvió su mirada
hacia el pasillo, todos estaban en la sala o en el comedor, solo ellos dos
estaban en el segundo piso de la casa.
-
¿Quieres
ver la percha? – le murmuró, y acto seguido dejó caer la toalla. Gabriel estaba
inmóvil, como estúpido mirando el cuerpo desnudo de ella, que se giró para que
él terminara de conocerla. Sucedió lo obvio, Gabriel tenía la pantaloneta
hinchada, era la primera vez que estaba con una mujer desnuda frente a sus
ojos.
Entonces Angélica miró al muchacho y
advirtió la situación en que él se hallaba, se colocó la toalla, se acercó a él
que estaba frío debido a sus emociones y le habló.
-
Anda
– dijo colocando su mano sobre el hombro del muchacho – ve y te desahogas en tu
cuarto, porque eso… - y señaló la pantaloneta – no lo vas a liberar en frente
mío.
Gabriel no pudo mirarla a los ojos, estaba
ido mirando la toalla que la cubría, ella la entreabrió y volvió a cerrarla,
apenas para que él pudiera verla de prisa. Luego se acercó al oído del muchacho
y le dijo:
-
Feliz
cumpleaños.
-
Gracias
– logró responderle él en medio de tartamudeos. Entonces salió, mientras que
ella cerró la puerta para vestirse. Después de ese día, en dos ocasiones
intentó Gabriel que se repitiera la escena, pero ella se negó, dijo que aquello
había sido su regalo de cumpleaños y en caso de repetirlo, dejaría de ser
especial.
También hubo otro detalle, no menor, en
esta escena. Deborah estaba en su dormitorio, con la puerta entreabierta y
observó todo lo que sucedió, sin perder ningún detalle de lo acontecido. Pero
nunca delató a Angélica ni contó lo ocurrido a nadie, lo guardó para sí. Quién
sabe, tal vez algún día podría repetir esa escena con el hijo de alguna amiga,
ser la amiga sexy de alguna familia, como lo era Angélica. Durante la cena,
todo estuvo tranquilo, tan tranquilo que parecería que nada anormal hubiese
pasado, todos celebramos con música, algo de baile improvisado y recuerdos
sobre el cumpleañero. Estábamos entre familia.
Comentarios
Publicar un comentario