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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Nazareth (Capítulo Doce: La escena de celos)

 

Mi experiencia me indica que los hombres (hablo solo del sexo masculino, ya que es dado decir “hombres” e incluir a las mujeres), son los animales más difíciles de domesticar. Hay que utilizar diversas estrategias para lograr que hagan al menos una cosa que queramos, es complicado ser mujer. Algunas usan las bondades que les dio la naturaleza, apelan a su cuerpo para tratar de amaestrarlos, no siempre con éxito, debo decir. Otras emplean el truco del llanto, sí, yo sé que eso es caer bajo, pero hay momentos en que no queda de otra que llegar a eso. Otras dirán que empezar un pleito sin tener motivos les funciona en una buena cantidad de ocasiones. Luego, estamos las que, como yo, simplemente esperamos la gracia de Dios bendito, porque nuestras fuerzas se han visto debilitadas una y otra vez, cansadas de confiar en que los cambios que soñamos sucedan.

 Ese día que no tenía nada de extraordinario, cambió con la entrada de aquel hombre a la floristería, Ernesto, riendo a carcajadas con una mujer claramente más joven que yo, de muy buen ver, llevaba un vestido rojo que le tallaba el cuerpo y dejaba poco a la imaginación. No nos hagamos los idiotas, por supuesto que no tenía celos, el hecho de haberme regalado un ramo de flores no lo hacía especial en mi vida. Saludó de manera simpática y yo le devolví el saludo guardando compostura, la mujer estaba encantada con la variedad de flores y hacía comentarios al respecto mientras que él reía y me miraba, yo dibujaba una sonrisa y caía nuevamente en la seriedad. 

-            ¡Qué poco caballero que soy! – dijo llevándose la mano a la frente – Magaly, te presento a – titubeó un momento – te presento a Nazareth.

-            Encantada – y me extendió la mano – tienes un lugar bellísimo aquí, Ernesto debiste traerme antes.

-            Sí – le contestó – debí.

-            Perdona que me vaya, pero prometo que vendré por unas flores – luego se despidió de él y se fue.

-            No entiendo por qué estás sin pareja, si se ve que te llevas de maravilla con ella y viceversa - comenté una vez que ella salió por la puerta.

-            ¿Tú crees?, no sé, hay algo en ella.

-            El trasero tal vez, o te gustan un poco menores – cruzó los brazos, miró alrededor, estábamos solos, luego sujetó su barbilla.

-            Puede ser… puede ser. Pero también podría ser el hecho de que somos hermanos y eso del incesto nunca ha sido lo mío

 Deseaba que la tierra se abriera en dos, que salieran unas manos gigantes y me arrastraran tragándome con la mayor rapidez posible. 

-            ¡Qué estúpida! – pensé en voz alta mientras me sonrojaba.

-            Lo sé – asintió con la cabeza – te viste realmente estúpida – entonces comenzamos a reír – te traía esto – y sacó un chocolate del bolsillo de su pantalón.

-            Creí que había quedado claro que soy una mujer casada.

-            Y yo creí que había quedado claro que estábamos conociéndonos.

 En eso estábamos cuando se abrió la puerta y entró Lucrecia, con una bolsa de cartón en las manos, repleta de verduras que no tuvo tiempo de llevar a su casa. Colocó la bolsa sobre el mostrador, saludó y se quedó mirando a Ernesto, lo miró por completo, como extrañada, como si buscara algo. 

-            Tu cara se me hace familiar – dijo por fin.

-            Tengo una cara promedio, nada fascinante – entonces Lucrecia miró el chocolate que estaba en mi mano, tomó su bolsa y la puso en el refrigerador que estaba en el cuarto que servía como cocina – después te veo – se despidió Ernesto.

 Lucrecia esperó un par de minutos, disimulaba que estaba buscando algo, pero yo sabía que esperaba a que él saliera para hablar conmigo. 

-            Es él ¿verdad?

-            ¿Quién? – pregunté haciéndome la tonta.

-            El hombre del beso – mi cara me delataba, no tengo remedio - ¿vas a acostarte con él?

-            Por supuesto que no – contesté indignada mientras miraba hacia la puerta.

-            Deberías, yo lo haría.


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