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Nazareth (Capítulo Doce: La escena de celos)
Mi experiencia me indica que los hombres
(hablo solo del sexo masculino, ya que es dado decir “hombres” e incluir a las
mujeres), son los animales más difíciles de domesticar. Hay que utilizar
diversas estrategias para lograr que hagan al menos una cosa que queramos, es
complicado ser mujer. Algunas usan las bondades que les dio la naturaleza,
apelan a su cuerpo para tratar de amaestrarlos, no siempre con éxito, debo
decir. Otras emplean el truco del llanto, sí, yo sé que eso es caer bajo, pero
hay momentos en que no queda de otra que llegar a eso. Otras dirán que empezar
un pleito sin tener motivos les funciona en una buena cantidad de ocasiones.
Luego, estamos las que, como yo, simplemente esperamos la gracia de Dios
bendito, porque nuestras fuerzas se han visto debilitadas una y otra vez,
cansadas de confiar en que los cambios que soñamos sucedan.
-
¡Qué
poco caballero que soy! – dijo llevándose la mano a la frente – Magaly, te
presento a – titubeó un momento – te presento a Nazareth.
-
Encantada
– y me extendió la mano – tienes un lugar bellísimo aquí, Ernesto debiste
traerme antes.
-
Sí –
le contestó – debí.
-
Perdona
que me vaya, pero prometo que vendré por unas flores – luego se despidió de él
y se fue.
-
No
entiendo por qué estás sin pareja, si se ve que te llevas de maravilla con ella
y viceversa - comenté una vez que ella salió por la puerta.
-
¿Tú
crees?, no sé, hay algo en ella.
-
El
trasero tal vez, o te gustan un poco menores – cruzó los brazos, miró
alrededor, estábamos solos, luego sujetó su barbilla.
-
Puede
ser… puede ser. Pero también podría ser el hecho de que somos hermanos y eso
del incesto nunca ha sido lo mío
-
¡Qué
estúpida! – pensé en voz alta mientras me sonrojaba.
-
Lo sé
– asintió con la cabeza – te viste realmente estúpida – entonces comenzamos a
reír – te traía esto – y sacó un chocolate del bolsillo de su pantalón.
-
Creí
que había quedado claro que soy una mujer casada.
-
Y yo
creí que había quedado claro que estábamos conociéndonos.
-
Tu
cara se me hace familiar – dijo por fin.
-
Tengo
una cara promedio, nada fascinante – entonces Lucrecia miró el chocolate que
estaba en mi mano, tomó su bolsa y la puso en el refrigerador que estaba en el
cuarto que servía como cocina – después te veo – se despidió Ernesto.
-
Es él
¿verdad?
-
¿Quién?
– pregunté haciéndome la tonta.
-
El
hombre del beso – mi cara me delataba, no tengo remedio - ¿vas a acostarte con
él?
-
Por
supuesto que no – contesté indignada mientras miraba hacia la puerta.
-
Deberías,
yo lo haría.
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