Hay personas, muy pocas personas que pasan por
nuestras vidas solamente por un instante y son capaces de llenar el resto de
nuestros días con hermosos recuerdos. Personas de las que a veces ni siquiera
recordamos el nombre, por supuesto que no es mi caso, yo sí recuerdo el tuyo,
aunque debo confesar que han pasado ya algunos años, parecieran ser muchos, pero,
aun así, aun así… quiero decirte que dejaste un recuerdo lindo en mi mente y
que estoy segura de que tu recuerdo siempre estará conmigo, Pablo.
Y es que a los dieciocho años que fue cuando te
conocí, la mente de una mujer está dispuesta a llenarse de ilusiones, de momentos
agradables y qué más agradable que saber que ibas a llegar a la oficina, aunque
yo apenas hacía una pasantía, mi estadía estaba destinada a un tiempo límite de
tres meses, pero si no recuerdo mal, tú tampoco llevabas mucho tiempo en esa empresa
ubicada en Escazú, la conocida ciudad de las brujas en mi linda Costa Rica. Y quiero
que sepas que los besos más dulces y tiernos que tuve en mi vida fueron
contigo.
Deja que cuente mi versión de la historia y
disculpa si dista un poco de la tuya, pero debes saber que las mujeres recordamos
con el corazón no con la mente y que, lo que recordamos con el corazón cambia
nuestras perspectivas humanas.
Recuerdo que convocaron a los más nuevos de la
empresa para realizar una capacitación, imagino que aún lo harán, en fin. Yo no
sabía mucho de direcciones, era o soy un poco despistada, entonces apareciste
como todo un caballero proponiéndonos a varios llevarnos en tu auto hasta el
edificio donde se llevaban a cabo las charlas. Y hay que ver lo servicial que
fuiste, llenaste el carro con los nuevos elementos. Algunos, debo ser sincera, supongo
que ya no siguen ahí, tampoco sé si tú seguirás viajando a Escazú todos los
días, nunca lo sabré. No nos desviemos, el asunto de hacer ese viaje compartido
no se limitaba a las capacitaciones, porque tan flamante caballero eras que al
finalizar el día hacías lo mismo para llevarnos a la capital y dejarnos cerca
de nuestros destinos. Ay, Pablo, yo te veía tan guapo, tan interesante, pero
como dije al inicio tú ya eras un hombre, nueve años mayor y yo apenas era una
muchacha salida de la secundaria estrenando su documento de identidad.
Debo confesar que al inicio no me pareciste tan
atractivo, no sé, creo que no me fijaba en ti por la cuestión de la edad, luego
descubrí que eso es una estupidez creada por una sociedad que esclaviza los
sentimientos de las personas y nos pone en burbujas estandarizadas para poder
manipular abiertamente nuestros cerebros. Nunca esperaste un comentario así de
mi parte, estoy segura. Perdona que me ría.
Es curioso porque en realidad todavía hoy, no sé
si en algún momento comenzamos algo, creería que no, pero corrígeme si me
equivoco. Es probable que no te acuerdes de mí, debes de estar casado ya, debes
haber formalizado una relación hace mucho, yo también hice mi vida, era lo
propio.
Siempre pasabas a recogerme camino al trabajo y
luego, cuando la jornada marcaba su último minuto me regresabas a salvo, pero a
los pocos días comencé a notar algo, yo siempre era la última persona que
quedaba en tu auto, esa era una mala jugada del destino, porque al empezar a
pasar los días ya no te veía como ese hombre un poco mayor. Al pasar los días
empecé a verte como un hombre con quien podría tener algo bonito, un hombre inteligente,
tan loco como yo, empecé a verte guapo ¡Dios! ¡Qué vergüenza que leyeras esto!
Unos días después de estar viajando juntos, te
atreviste a besarme y no he sido capaz luego de estos años, de decirle a mi
esposo que los besos que yo quería que me dieran, no me los dio él, me los diste
tú. Porque a nadie llegué a besar de la manera tierna y apasionada en que te
besé, a pesar de que lo nuestro, si es que existió… no duró más que un par de
semanas. Me temo que todo terminó antes de empezar y estoy segura de que si nos
topáramos en la calle no sabrías reconocerme, probablemente no recuerdes ni mi
nombre y yo no te saludaría porque irías del brazo de otra mujer y me da rabia
que la mujer que te da la mano y te besa todos los días, no sea yo.
Perdona que sea tan estúpida de confesar esto,
ahora que las cosas son inevitablemente imposibles, aún tengo tu número
telefónico guardado. Muchas veces estuve a punto de escribirte o llamarte, pero
no lo hice por el miedo de que no hubieras sentido nunca lo que yo sentí. Los besos
que me diste dejaron en mí una cucharada de miel, que es el dulce que brilla en
mis labios y mantiene mi juventud. Esa cucharada de miel no tiene fecha de
caducidad, porque yo siempre pensaré en lo que pudo pasar si te hubieras
atrevido a algo más que besarme los labios, el cuello, sabes ¿qué habría
pasado? Nunca te hubiera dicho que no y habría sido tuya las veces que tu
cuerpo lo pidiera, porque el mío pedía a gritos que me desnudaras.
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