He probado tu sostén
y es del tamaño justo de mi boca,
tus pechos suaves
y yo agitado como las olas.
Acaso habría yo podido resistirme
a besar tu hermosa piel,
a no desear ser hombre en este momento
en que nos conocemos
y nos fundimos como mantequilla y miel.
Tienes razón, voy a actuar más
y a charlar menos,
que el tiempo apremia
y ya sueño humedecerte con mis dedos.
Desaparecer toda tu ropa
y verte espléndida, desnuda,
a dos centímetros de ti
sumergiéndome en la duda
de si inicio yo o inicias tú.
Esto de desearte y esperar a verte
ha sido un suplicio, una condena,
me faltan horas y me sobran ganas
para besar tu boca azucarada
y recorrerte mujer
sin dejar un centímetro en seco.
¿Lo nuestro?...
no lo llamemos pecado,
digamos que debía llegar el momento
de explorarnos a diario
y secarnos el sudor.
Cúbrete la garganta con la almohada,
que los vecinos abren la ventana
para mirar el espectáculo
que organizamos de gratis en esta parte del mundo.
Te prometí no dejar ni un centímetro en seco
y mis promesas se cumplen,
te espero mañana en el mismo lugar,
y disfrutemos de esto
que se grita hasta las nubes.
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