- Ocupo que me seas sincera - sonrió extrañada - ¿Qué tan bien quedé?
- Quedé satisfecha, más que eso - pasó su mano por mi pecho - lo repetiría, y yo ¿qué tal quedé?
La miré, los dos estábamos desnudos en la cama, ella en el centro y yo a su izquierda, la contemplé de arriba hacia abajo.
- ¿Y? También tengo derecho a saber.
- Yo lo repetiría cada vez que pudiera - y reímos.
Ahí estábamos, mirando al techo, sin prisa, con los relojes en algún lugar lejos de nosotros, algo de ropa cerca de la cama y otro poco en el piso del baño.
- ¡Tócame! - tenía los ojos cerrados - olvidate del mundo, afuera no hay nada que no conozcas, pero yo estoy aquí, justo ahora eres mi galaxia y yo quiero ser el Sol. El Sol ocupa que la galaxia exista para tener sentido propio, y la galaxia ocupa que el Sol la caliente, no tanto como para quemarse ni tan poquito como para tener frío, ¡Tócame!
Di media vuelta y comencé a pasar mi mano por sus cabellos, conduje mi mano por sus orejas, por su nuca. Dibujé círculos en sus hombros y entonces la tomó, puso mi dedo medio en sus labios y comenzó a besarlo, a morderlo, poco a poco lo fue metiendo a su boca mientras lo rodeaba con sus labios y pasaba su lengua por él. Contorneó su cuerpo y yo estaba extasiado de verla.
Giró su cabeza y se puso a reír, luego miró mi mano con seriedad y la pasó por sus pechos.
- Hoy somos literatura erótica y yo soy un libro abierto - me besó, y se aseguró de que su saliva quedara en mi lengua. Volvió a tomar mi mano y fue bajándola por su cuerpo, se detuvo unos segundos en su ombligo - ¡Aquí! - la puso en su muslo izquierdo - ¡Aquí! - luego la puso sobre su laguna - y aquí, quiero que me comas a besos en ese orden.
Yo obedecí como el siervo obedece al amo que le da una orden, como la arena obedece al mar que la baña. La obedecí como el día obedece a la noche cuando esta le ordena que se deje cubrir, sin importar la hora o la estación del año que sea.
Le di un beso y comencé a bajar sin levantar los labios. Me tenía sujeto por el cabello y me movía a como se le antojara. Llegué al ombligo, luego bajé a su muslo, la mordí despacio, ¡No se te ocurra parar! - me dijo, pasé mi mano por sus escondites mientras seguía mordiéndola, la besaba y la mordía.
- A que no te atreves a hacer eso en el último punto.
- ¿Dónde?
- Aquí - y se señaló con la mano.
- Hacer ¿qué?
- Morderme - estaba a punto de llorar y yo estaba a punto de empezar un segundo asalto.
Entonces la mordí, dos o tres veces, se me olvida que soy malo para los detalles. Tapó su cara con ambas manos y comenzó a llorar, me detuve para besarla, pero me dio una cachetada con la mano derecha y siguió llorando. Supe lo que tenía que hacer, tenía que ser un poco más caballero. La abracé, me dio unos golpes en el pecho y luego me besó.
- América está lista para ser invadida - dijo, debajo suyo y haciendo línea recta con el centro de su cuerpo, estaba dibujado el Pacífico sobre la sábana, se había formado mientras lloraba, yo miré aquella formación húmeda que estaba frente a mí, moví mi cabeza en señal de desaprobación y abrazándola con fuerza me tumbé sobre ella.
Me rodeó con sus dos brazos, me rodeó con sus piernas, me besó con fuerza y me dijo casi en tono de orden: ¡Invádeme!. Yo, simplemente la obedecí con gusto y dio inicio así el segundo asalto del espectáculo más bello y sublime del que yo haya sido partícipe en el mundo. Ella había formado el Pacífico, aquello era una maravilla de arte personal, poco después yo, aproveché la desembocadura de su cuerpo para crear el Río Amazonas.
Entonces ya no lloraba, estaba riendo, estaba feliz, también yo lo estaba, nos besamos con pasión, como esa gente que se necesita con urgencia. Volví a acostarme a su lado y esta vez se recostó a mi pecho, cerró los ojos y respiró con espíritu fuerte.
- Si esto no lo volvemos a repetir, te mato - dijo besando mi mano.
No eran necesarias las amenazas, mi cuerpo se había sincronizado con el suyo y esa sincronización era desde ese mismo día mi libro sagrado. De más está decir que lo repetimos, porque hay rituales que deben repetirse, otros no; hay algunos como el bautizo, por ejemplo, que sólo suceden una vez en la vida de cada persona, pero lo que ocurrió con ella, merecía todas las repeticiones que la vida me quisiera otorgar.
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