Un trago del ron de tu saliva
tabernáculo glorioso de mi vida,
yo mercader de inventos obsoletos
y tú dominatriz de mis noches con cuentos.
Me quito el sombrero y le bendigo
ese lunar que posa junto a su ombligo
y que es culpable de que yo no piense en nada
y de que cada parpadeo que me resguarda
sea una copia de amor sin usurpación.
Sean mías todas las gracias
desde su perfume hasta las canas
que tiene uno en nombre del amor.
A veces no queda más
que aventurarse entre las nubes
y descascarar el firmamento con actitudes
que enamoran al azar.
Que desfallezcan los gentiles que no aprendieron
que la risa es el premio mayor que da la vida
y que hasta las rocas tienen cosquillas
si se les busca con corazón.
Volvamos al agujero de besos incendiarios,
a poner baldes debajo del colchón
para que al momento de amarnos
no toque el suelo nuestro sudor.
Princesitas que se tatúan junto al cuello
un par de labios que por consuelo
buscan cráter para su erupción
y olvidan que el príncipe azul vive en los cuentos
y se disfraza de ladrón o lobo
para provocar a la excitación.
A veces no queda más
que adentrarse sin pedir permiso
y decirle “hoy toca fuego,
que no quede en pie
ni el cimiento de nuestro piso”.
Comentarios
Publicar un comentario