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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Directo al corazón (Sesión con la psicología a través de un confite)

 

Comentario: Estaba libidinosa, esa es la palabra. Estaba pensando cosas terribles, asquerosas según mi abuela, no era mi culpa, las situaciones, el momento… todo encajaba. Perdón, se me había olvidado saludar, los modales se murieron en medio de los recuerdos. Hay que empezar por el principio, creo que eso es lo mejor que puedo hacer.

 La sesión con la psicóloga había planteado varios problemas personales, los típicos supongo, nadie que acuda donde un psicólogo debe ser cuerdo. En medio de las pláticas, surgió un tema… el estrés, las tensiones, las cosas simples y estúpidas que nos perdemos por no saber apreciar la vida. Las malditas carreras nos atropellan de manera descarada y nosotros, en muchos casos, decidimos hacer caso omiso a nuestro instinto de supervivencia, así de traidores somos los humanos con nosotros mismos.

 Entonces, la psicóloga tomó una bolsa de confites que llevaba dentro de su bolso, agarró uno y de inmediato me ofreció otro, sabor naranja. Mi primera reacción fue guardarlo para luego, pero debía abrirlo. Aquel confite era especial, no podía morderse, debía ser chupado en su totalidad, no importaba el antojo que tuviera de morderlo (porque sí, lo que se chupa, también puede morderse). El ejercicio consistía en cerrar los ojos, saborear el confite, tratar de degustar todos sus rincones, detenerse en cada espacio para apreciarlo, para sentirlo. Dígame, ¿cómo hacemos en este caso para no sentirnos lujuriosos?

 ¡Maldita costumbre de saborear lo que nos llevamos a la boca! Yo no podía, mi fuerza de voluntad contrastaba con la necesidad de morder, de escuchar el crujido leve, de sentir como se rompía en pequeños pedazos que colgarían por mi lengua en distintas direcciones, llevando su sabor por todo mi paladar.

 Al cabo de unos minutos, abrí los ojos, el éxtasis vivía en mí y yo vivía en el éxtasis. El confite había servido de afrodisiaco mientras la psicóloga hablaba sobre el entorno, las sensaciones, me preguntaba por mis sentimientos, por los descubrimientos que había logrado con ese simple ejercicio… ¡no sé qué dije!, mi mayor descubrimiento es que uno puede calentarse con el simple hecho de saborear algo dulce. Tan simple como eso, a esas alturas yo solo pensaba en una cosa.

 No sé con qué frecuencia ocurren esos días donde no tienes pensado ningún pecado y de repente, te hacen pensar en uno. Me despido, espero que tenga un excelente día y que mi situación deje algo sobre qué pensar.

  

 

 

 

Respuesta: Espero que no tengas nada en la boca al momento de leer esto. Deseo que tu paladar sea inundado con un arcoíris de sabores exóticos. ¡Qué envidia! ¡qué envidia!... nunca he ido donde un psicólogo que me lleve a ese nivel de relajación, pásame el número de contacto de ella, si es posible, tal vez yo también necesite su consejería.

 Mira que analizar la vida, saborear el momento, disfrutar aspectos básicos de nuestra satisfacción, todo, a partir de un confite. Te confieso que yo también habría sentido la tentación de morder el dulce, porque sí, si las cosas pueden chuparse, también pueden morderse, es más, deben morderse, porque al hacerlo activamos placeres que se esconden en nosotros mismos.

 Desgraciadamente, la cultura costarricense sataniza a las personas que buscan salir de la norma, este ejercicio que describes, por ejemplo, podría ser muy mal visto por gente mojigata que se espanta hasta con una revista de ropa interior… los hay… si sabré yo que los hay… abundan esos infelices que no soportan ver caramelo derretirse en los labios ajenos… ¡Ah brutos! ¡Brutos!

 Mi relación con la psicología no ha tenido buenos momentos, pero es que sinceramente nunca me han motivado de la misma manera que a ti. Suerte que esas sesiones son privadas, porque no me imagino lo que sucedería en casos donde hubiera más personas presentes, tentaciones vemos y de resbalones no sabemos.

 Me despido, gracias por tu cálida historia, espero que la adaptes a la televisión como un capítulo de una serie para adultos. Saludos, compra unas buenas baterías para que las vibraciones eléctricas se repartan por todos los poros de tu cuerpo.

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