Comentario: Estaba
libidinosa, esa es la palabra. Estaba pensando cosas terribles, asquerosas
según mi abuela, no era mi culpa, las situaciones, el momento… todo encajaba.
Perdón, se me había olvidado saludar, los modales se murieron en medio de los
recuerdos. Hay que empezar por el principio, creo que eso es lo mejor que puedo
hacer.
La sesión
con la psicóloga había planteado varios problemas personales, los típicos
supongo, nadie que acuda donde un psicólogo debe ser cuerdo. En medio de las
pláticas, surgió un tema… el estrés, las tensiones, las cosas simples y
estúpidas que nos perdemos por no saber apreciar la vida. Las malditas carreras
nos atropellan de manera descarada y nosotros, en muchos casos, decidimos hacer
caso omiso a nuestro instinto de supervivencia, así de traidores somos los
humanos con nosotros mismos.
Entonces,
la psicóloga tomó una bolsa de confites que llevaba dentro de su bolso, agarró
uno y de inmediato me ofreció otro, sabor naranja. Mi primera reacción fue
guardarlo para luego, pero debía abrirlo. Aquel confite era especial, no podía
morderse, debía ser chupado en su totalidad, no importaba el antojo que tuviera
de morderlo (porque sí, lo que se chupa, también puede morderse). El ejercicio
consistía en cerrar los ojos, saborear el confite, tratar de degustar todos sus
rincones, detenerse en cada espacio para apreciarlo, para sentirlo. Dígame,
¿cómo hacemos en este caso para no sentirnos lujuriosos?
¡Maldita
costumbre de saborear lo que nos llevamos a la boca! Yo no podía, mi fuerza de
voluntad contrastaba con la necesidad de morder, de escuchar el crujido leve,
de sentir como se rompía en pequeños pedazos que colgarían por mi lengua en
distintas direcciones, llevando su sabor por todo mi paladar.
Al cabo
de unos minutos, abrí los ojos, el éxtasis vivía en mí y yo vivía en el
éxtasis. El confite había servido de afrodisiaco mientras la psicóloga hablaba
sobre el entorno, las sensaciones, me preguntaba por mis sentimientos, por los
descubrimientos que había logrado con ese simple ejercicio… ¡no sé qué dije!,
mi mayor descubrimiento es que uno puede calentarse con el simple hecho de
saborear algo dulce. Tan simple como eso, a esas alturas yo solo pensaba en una
cosa.
No sé con
qué frecuencia ocurren esos días donde no tienes pensado ningún pecado y de
repente, te hacen pensar en uno. Me despido, espero que tenga un excelente día
y que mi situación deje algo sobre qué pensar.
Respuesta: Espero
que no tengas nada en la boca al momento de leer esto. Deseo que tu paladar sea
inundado con un arcoíris de sabores exóticos. ¡Qué envidia! ¡qué envidia!...
nunca he ido donde un psicólogo que me lleve a ese nivel de relajación, pásame
el número de contacto de ella, si es posible, tal vez yo también necesite su
consejería.
Mira que
analizar la vida, saborear el momento, disfrutar aspectos básicos de nuestra
satisfacción, todo, a partir de un confite. Te confieso que yo también habría
sentido la tentación de morder el dulce, porque sí, si las cosas pueden
chuparse, también pueden morderse, es más, deben morderse, porque al hacerlo
activamos placeres que se esconden en nosotros mismos.
Desgraciadamente,
la cultura costarricense sataniza a las personas que buscan salir de la norma,
este ejercicio que describes, por ejemplo, podría ser muy mal visto por gente
mojigata que se espanta hasta con una revista de ropa interior… los hay… si sabré
yo que los hay… abundan esos infelices que no soportan ver caramelo derretirse
en los labios ajenos… ¡Ah brutos! ¡Brutos!
Mi
relación con la psicología no ha tenido buenos momentos, pero es que
sinceramente nunca me han motivado de la misma manera que a ti. Suerte que esas
sesiones son privadas, porque no me imagino lo que sucedería en casos donde
hubiera más personas presentes, tentaciones vemos y de resbalones no sabemos.
Me
despido, gracias por tu cálida historia, espero que la adaptes a la televisión
como un capítulo de una serie para adultos. Saludos, compra unas buenas
baterías para que las vibraciones eléctricas se repartan por todos los poros de
tu cuerpo.
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