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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

¡Pero qué hermosa familia!


- Dice mi dulcísima Dulcinea.... que si vuestra gentileza os permite otorgarle a ella el número de contacto de la doncella que amanece en vuestro noble corazón. 

- Déjame ver si entiendo…. ¿Lo que ocupas es el número de celular de Elísea?

- Sí… pero, así como lo dices, le falta garbo al verbo.

Desde que mi padre leía sobre nobles caballeros españoles, las conversaciones en casa se habían vuelto dialectos poco adaptados al siglo en que vivimos. Siempre le daba por mezclar términos, que estoy seguro de que ni mis abuelos llegaron a utilizar, en sus citas románticas. Le apunté en un papel el numero de Elísea, confiando en que pudiera contentarse con eso. Mi madre tenía la necesidad, así, tal cual, tenía la necesidad, de que ella le ayudara a arreglar uno de sus vestidos cuyo uso, quedaba exclusivo para matrimonios, bautizos y funerales (siendo estos últimos, los mas frecuentes de nuestra ajetreada agenda familiar).

- Que los ciervos pasten en los serenos terrenos de vuestra magnificencia.

Esta vez, tuve la duda de responder… así que mi respuesta se vio reducida a un “amén”, al que mi padre tuvo el descaro de sonreír, sin darse cuenta de que el garbo que le faltaba a mis verbos estaba deseando ver la cena lista en la mesa.

Añoro las noches, en que el televisor era hermano, tío y abuelo de las reuniones familiares, en las que bastaba ver una buena serie, mientras las ollas se acumulaban amontonadas una sobre la otra en el espacio entre la pared y la alacena. Mi madre se reunía con las vecinas en un interesante club de lectura, donde Margaret, la vecina de dos casas a la izquierda, llevaba una lista detallada sobre las aventuras amorosas de los hombres del barrio, de manera que era fácil llevar sus amoríos. Faustina, era la encargada de averiguar sobre los problemas económicos de aquellos que debían hasta el alma de sus perros en el banco del pueblo y por último, pero no por eso menos importante estaba mi madre, quien se deleitaba ante la idea de ser la presidenta oficial del club, por lo que su función principal, era averiguar sobre los muchachos y muchachas que faltaban el respeto a la moral y a los mandamientos que nuestro Dios había dejado en herencia para llevarnos por el camino de la santidad.

Terminada la reunión, y luego de los besos acostumbrados en las mejillas, y antes de que mi padre ensayara sus rutinas lingüísticas, decidí llamar a ambos a la sala, con el estómago lleno, porque hay cosas que un estómago vacío no es capaz de soportar.

- Dinos, hijo de mi aclamado romance. ¿En qué podemos servir tu madre y yo a elevar vuestra atención?

- Hijo, pero apúrate, porque tengo un chisme que ni en los barrios finos se han dado cuenta…

Con la serenidad que me caracterizaba a mis hermosos dieciocho años, los vi a ambos y les dije el motivo de nuestra encantadora reunión:

- Padre, madre… simplemente quiero decirles que Elísea cuenta con cuatro meses de embarazo, yo me largo mañana de la casa, dejo mis estudios, nos vamos del pueblo y espero que, a ti, padre, te sirvan de muchísimo los nobles caballeros a los que vuestra excelencia dedica su honroso tiempo y a ti madre, que el chisme que tienes en la punta de la lengua sea mejor que el que van a contar tus amigas cuando se den cuenta de que tu hijo se fue de casa con su novia embarazada.

Mi padre soltó su libro, cambió su elocuente verbo por palabras que mi madre consideraba blasfemas hasta ese momento y mi madre… mi madre hizo un drama que, en su dichoso club de lectura, fue negado hasta que todo el pueblo lo supo y el hijo del lector de novelas y de la chismosa, se hizo un nombre en el mundillo de las lenguas locales.

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