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Los crímenes de Bianca (Vinicio)
La mesera llegó como de costumbre a preguntar lo que deseaban, aun sabiendo de antemano que la respuesta sería la misma que recibía cada semana, nada cambiaba en aquellos clientes.
-
Creo
que ahí tenemos a todos.
-
Falta
Vinicio – le corrigió el otro guarda.
-
Cierto,
cierto – le contestó Larry – Vinicio, ¿quieres saber algo? Sucedió aquí mismo.
-
¿Cómo?
-
En
este mismo bar, ¡sí, Señor! – Larry se puso de pie y alzó las manos.
-
Yo
estuve aquí esa noche, de hecho, llevaba apenas una semana trabajando en este
sitio, tenía apenas dieciocho – Larry le puso la mano izquierda en una de sus
piernas.
-
Pero
sigues siendo un manjar de dioses, querida – la mesera le apartó la mano.
-
Mira,
Larry – y le guiñó al otro – a tu edad no creo que te funcione y, además, soy
mucha mujer para los dos o tres minutos que me podrías ofrecer – el otro guarda
sonrió – déjenme decirles lo que pasó.
-
¿No
estás de servicio? – le preguntó el otro.
-
En
esos dos o tres minutos te podría poner a gemir como nunca, amorcito – le dijo
Larry.
-
¡Cállate,
cerdo! ¿quieren saber de primera mano lo que pasó o no?
-
Yo sí
– le contestó el otro.
-
Mejores
pechos me he comido – refunfuñó Larry.
-
Seguro
que sí te has comido mejores.
Recuerdos de la mesera
-
¿Le
invito a algo? – le preguntó Vinicio frotándose las manos, pero no obtuvo
ninguna respuesta – sabe, creo que me es familiar, sí, sí, creo que usted es el
sujeto ese de lo espiritual y lo psicológico, ¿cierto?
-
No
creo habernos conocido, señor.
-
Le
pido disculpas por mis maneras, tiene razón, mi nombre es Vinicio, le reconocí
la voz, lo he escuchado varias veces por la radio.
-
Ya no
trabajo ahí.
-
Es
una lástima, no me ha dicho si quiere que le invite a algo – el sujeto no
contestó, pero en eso sonó su teléfono, pidió permiso y salió del local para
contestar.
-
Sí,
tengo los boletos de avión – hizo una pequeña pausa - ¡carajo! Te he dicho que
sí, que los tengo – otra pausa – estaré faltando un cuarto para las siete en el
aeropuerto, sí, no te preocupes – esta vez hizo una pausa más larga - … llevaré
la camisa azul de manga larga, alguien como yo debe ir sofisticado a sus
últimos pasos por el país – luego colgó el teléfono.
-
¿Usted
no cree que tenga cierta culpa si la gente no cambia? – le dijo con un tono un
poco elevado.
-
¿Disculpe?
-
Usted
le inserta ese maldito chip a la gente, esas habladas de que pueden superar
todo, de que la vida la podemos cambiar, ¿sabe algo? ¡jódase!, la gente como
usted saca dinero haciendo estúpidos a los demás.
-
Si a
usted se lo cogieran como es debido, tendría mejor carácter – le contestó el
sujeto de la llamada, luego puso un billete y se puso de pie.
-
Y ahí
tenemos a un analista psicológico en todo su esplendor – le dijo Vinicio y le
dedicó un par de aplausos - quién sabe ni cuántas personas se habrán muerto por
sus consejos.
-
No sé
cuántos se habrán matado, pero sí puedo decirle a cuántos he ayudado a morir –
y le dio una palmada en el hombro a Vinicio - ¿por qué estás tan enojado? Dime
¿tu noviecita no te lo prestó hoy?
Conversación en el bar
-
Así
que fuiste tú quien avisó a la policía – Larry la estaba señalando, mientras la
mesera se limpiaba las lágrimas.
-
Sí –
le alcanzó a decir ella con la voz quebrada – yo llamé a la policía y les conté
lo que escuché en el baño y lo que pasó.
-
Ese
chico estaba tan lleno de vida – dijo ella rompiendo el silencio – al día
siguiente arrestaron al sujeto en el aeropuerto, llevaba la camisa azul y un
moretón por el golpe que le dieron la noche antes – luego mostró un anillo que
llevaba en la mano derecha – era de él, se lo quité cuando vi que estaba
muerto, cuando por fin pude gritar, es un souvenir. Desde ese día dejé de creer
en esa gente que se dedica a dar charlas, que huelen rosas o ven a la Virgen
mientras rezan, dejé de creer en los que se dedican a sanar espiritualmente, yo
no ocupo eso, si Dios tiene algún propósito para mí, no lo voy a encontrar
yendo con esos curanderos religiosos.
Recuerdos del otro guarda
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