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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Los crímenes de Bianca (Vinicio)

 

La mesera llegó como de costumbre a preguntar lo que deseaban, aun sabiendo de antemano que la respuesta sería la misma que recibía cada semana, nada cambiaba en aquellos clientes. 

-            Creo que ahí tenemos a todos.

-            Falta Vinicio – le corrigió el otro guarda.

-            Cierto, cierto – le contestó Larry – Vinicio, ¿quieres saber algo? Sucedió aquí mismo.

-            ¿Cómo?

-            En este mismo bar, ¡sí, Señor! – Larry se puso de pie y alzó las manos.

 La mesera entregó las cervezas, miró a ambos, tomó asiento y les dijo: 

-            Yo estuve aquí esa noche, de hecho, llevaba apenas una semana trabajando en este sitio, tenía apenas dieciocho – Larry le puso la mano izquierda en una de sus piernas.

-            Pero sigues siendo un manjar de dioses, querida – la mesera le apartó la mano.

-            Mira, Larry – y le guiñó al otro – a tu edad no creo que te funcione y, además, soy mucha mujer para los dos o tres minutos que me podrías ofrecer – el otro guarda sonrió – déjenme decirles lo que pasó.

-            ¿No estás de servicio? – le preguntó el otro.

-            En esos dos o tres minutos te podría poner a gemir como nunca, amorcito – le dijo Larry.

-            ¡Cállate, cerdo! ¿quieren saber de primera mano lo que pasó o no?

-            Yo sí – le contestó el otro.

-            Mejores pechos me he comido – refunfuñó Larry.

 La mesera se abrió la blusa, se bajó el brasier y les mostró el pecho derecho. Luego tomó la mano de Larry y frotó su pecho con ella. 

-            Seguro que sí te has comido mejores.

 

 

Recuerdos de la mesera

 Recuerdo al tipo que mató esa noche, Vinicio, tenía la piel morena y unos ojos profundos y hermosos, debía andar por los veintiuno o veintidós años, no más de eso y si acaso tenía más, conservaba la cara de muchachillo colegial. Estaba sentado en la mesa del otro lado, junto a los baños, llegó con una mujer de unos treinta, tal vez, y otro joven un poco más bajo que él, con su misma edad, pidieron unos tragos, cantaron en el karaoke y se pusieron a hablar sobre un paseo que harían el fin de semana a la playa.

 Estuvieron riendo un buen rato mientras miraban algunas fotografías en sus teléfonos y tomaban otras en el bar, recuerdo que le echaron el ojo a una chica que estaba con unos cuadernos y un tequila en la mano.

 Fue entonces cuando este hombre “la doctora Bianca” entró en el bar, no le di mayor importancia, pero Vinicio lo miró de reojo y algo le dijo a quienes estaban con él, creo que lo reconoció de alguna parte, esa fue la impresión que me dio, se notaba que este tipo, Vinicio, era muy bueno con sus intuiciones, eso se nota a primera vista cuando conoces a alguien, no sé de dónde lo vería. Esos chicos estuvieron como hasta las once de la noche en el bar, poco menos, los otros se despidieron, pero Vinicio se quedó ahí, se terminó de tomar la cerveza que tenía y luego se acercó a la barra, al lado de este otro sujeto. Mi turno terminaba a la una, justo cuando se cerraba el local, quedaban cerca de siete u ocho clientes en el lugar, pocos para ser un viernes. 

-            ¿Le invito a algo? – le preguntó Vinicio frotándose las manos, pero no obtuvo ninguna respuesta – sabe, creo que me es familiar, sí, sí, creo que usted es el sujeto ese de lo espiritual y lo psicológico, ¿cierto?

-            No creo habernos conocido, señor.

-            Le pido disculpas por mis maneras, tiene razón, mi nombre es Vinicio, le reconocí la voz, lo he escuchado varias veces por la radio.

-            Ya no trabajo ahí.

-            Es una lástima, no me ha dicho si quiere que le invite a algo – el sujeto no contestó, pero en eso sonó su teléfono, pidió permiso y salió del local para contestar.

 Por casualidad, porque sí, la casualidad existe, tuve que ir a orinar y fui al baño, pero cuando iba a bajarme el pantalón, escuché al sujeto mientras hablaba por teléfono. 

-            Sí, tengo los boletos de avión – hizo una pequeña pausa - ¡carajo! Te he dicho que sí, que los tengo – otra pausa – estaré faltando un cuarto para las siete en el aeropuerto, sí, no te preocupes – esta vez hizo una pausa más larga - … llevaré la camisa azul de manga larga, alguien como yo debe ir sofisticado a sus últimos pasos por el país – luego colgó el teléfono.

 Yo hice lo que tenía que hacer, me bajé el pantalón, recosté mi cabeza hacia atrás y estuve sentada cerca de dos minutos luego me lavé las manos y regresé a mi puesto. Cuando volví, Vinicio seguía tratando de hablar con el sujeto. 

-            ¿Usted no cree que tenga cierta culpa si la gente no cambia? – le dijo con un tono un poco elevado.

-            ¿Disculpe?

-            Usted le inserta ese maldito chip a la gente, esas habladas de que pueden superar todo, de que la vida la podemos cambiar, ¿sabe algo? ¡jódase!, la gente como usted saca dinero haciendo estúpidos a los demás.

-            Si a usted se lo cogieran como es debido, tendría mejor carácter – le contestó el sujeto de la llamada, luego puso un billete y se puso de pie.

-            Y ahí tenemos a un analista psicológico en todo su esplendor – le dijo Vinicio y le dedicó un par de aplausos - quién sabe ni cuántas personas se habrán muerto por sus consejos.

 El sujeto dio media vuelta, se acercó a Vinicio y le dijo cerca del oído. 

-            No sé cuántos se habrán matado, pero sí puedo decirle a cuántos he ayudado a morir – y le dio una palmada en el hombro a Vinicio - ¿por qué estás tan enojado? Dime ¿tu noviecita no te lo prestó hoy?

 Se dirigió a la puerta, ese otro muchacho, Vinicio estaba incómodo, harto, dejó la paga en la barra y se fue detrás de él. Yo dejé los vasos que tenía a medio lavar, el tubo abierto y me fui tras ellos. Cuando salí, no vi a ninguno, entonces oí un forcejeo, el de la llamada había caído al suelo, le habían conectado un derechazo que lo mandó justo al piso. Yo me quedé con la garganta muda, totalmente sin voz.

 Se puso en pie y le gritó a Vinicio que la gente como él era la razón por la que existía el fuego en el Infierno, ambos estaban ardiendo en rabia, ninguno me había visto, hasta que solté un respiro ahogado y Vinicio se volteó para mirarme, me sonrió y el otro lo tomó por la espalda, empezaron a forcejear, Vinicio intentó morderlo, pero el otro le dio un puñetazo en el costado, no había nadie, excepto ellos dos y yo. Me quedé como idiota, paralizada, cuando reaccioné, me le lancé encima, pero no soltó a su presa. Él ahorcaba a Vinicio y yo lo ahorcaba a él, hasta que Vinicio cayó, lo había soltado, luego me dio dos golpes en el estómago hasta que yo también caí. Empezó a correr y no lo vi más.

 Ese muchacho simpático y lleno de vida estaba a mi lado y entonces, hasta ese momento pude gritar con todas mis fuerzas, los que estaban en el bar salieron, pero ya había muerto.

 

 

Conversación en el bar 

-            Así que fuiste tú quien avisó a la policía – Larry la estaba señalando, mientras la mesera se limpiaba las lágrimas.

-            Sí – le alcanzó a decir ella con la voz quebrada – yo llamé a la policía y les conté lo que escuché en el baño y lo que pasó.

 Los tres quedaron en silencio por unos segundos. 

-            Ese chico estaba tan lleno de vida – dijo ella rompiendo el silencio – al día siguiente arrestaron al sujeto en el aeropuerto, llevaba la camisa azul y un moretón por el golpe que le dieron la noche antes – luego mostró un anillo que llevaba en la mano derecha – era de él, se lo quité cuando vi que estaba muerto, cuando por fin pude gritar, es un souvenir. Desde ese día dejé de creer en esa gente que se dedica a dar charlas, que huelen rosas o ven a la Virgen mientras rezan, dejé de creer en los que se dedican a sanar espiritualmente, yo no ocupo eso, si Dios tiene algún propósito para mí, no lo voy a encontrar yendo con esos curanderos religiosos.

 

 

Recuerdos del otro guarda

 No sé qué problemas tendría esa chica, pero imagino que algo grande. Esa misma noche en que nos contó la historia de Vinicio, alguien la asesinó cuando iba camino a su casa, no logró llegar, y por irónico que parezca, lo único que le robaron fue el anillo, el dinero estaba intacto en su cartera.


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