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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Los crímenes de Bianca (Leandro)

 

Larry entró en Carlito’s Bar con cierta locura, se detuvo en la puerta, miró dos veces en todas direcciones, se sacudió los hombros, se persignó y luego se quedó quieto. Todos los clientes estaban mirándolo, su compañero estaba en el baño y no había visto aquella escena tan peculiar. 

-            Parece que viste un fantasma Larry – le dijo la mesera que llevaba una bandeja con tres cervezas y algunas cosas para picar.

-            ¿Fantasmas?... no…

-            Tus pecados te siguen…

 Larry la miró con seriedad, volvió a ver hacia la puerta, luego miró a su compañero que se estaba lavando las manos y se sentó a esperarlo. 

-            ¿Andamos nerviosos hoy? – preguntó el otro mientras tomaba asiento.

-            Dime – Larry estaba sudando frío - ¿crees en las coincidencias?

-            No soy mucho de eso, soy más de pensar que nada pasa por azar.

 Después de un rato, por fin volvieron a tomar el tema que los llevaba ahí cada semana. 

-            A veces creo que he hablado de más.

-            ¿En serio? Cada vez son menos sobre los que hay que hablar.

-            Debe ser estupidez mía, pero a veces siento que estoy en un interrogatorio – el guarda sonrió sin mucho esfuerzo – hay otro nombre que salió de la locura – siguió Larry – e incluso pareció la solución a muchos problemas.

 

 


Diario de Bianca, página 76

 Hace días que Nicolás no se aparece por aquí, el maldito no contesta mis llamadas, desde que me contó lo del cuchillo desaparecido no he vuelto a saber nada de él. A veces creo que simplemente me usó para su propia diversión, porque había cosas que no se atrevería a hacer, quizás yo tampoco me hubiese atrevido antes de conocernos. Sin embargo, durante las últimas semanas he hecho buena mancuerna con un chico nuevo que ha venido por el barrio, no es de por aquí, porque nunca lo había visto, no ha querido decirme de dónde es, aunque dice que nos conocimos hace mucho, pero yo no recuerdo haberlo conocido, se llama Leandro, es un joven muy inteligente, demasiado diría yo, dice que le gusta mi estilo, que él es una persona que solamente se junta con ganadores porque no le gusta perder.

 Leandro había llegado a la oficina aquella tarde para celebrar Halloween, con un disfraz de Pugsley Addams, lentes de contacto totalmente blancos y bailando al ritmo de “Bloody Mary” de Lady Gaga. Desfiló sin ninguna pena, bailó, encantó y se llevó el primer lugar en el concurso.

 Era un hombre callado, no asistía regularmente a las fiestas de trabajo, ahora lucía un elegante tono azul en su larga cabellera, ya había pasado la emoción del fucsia, del naranja, ahora iba hacia tonos más oscuros, más personales. En el fondo de pantalla de su computadora aparecía una imagen de Beetlejuice y escuchaba rock en inglés para sentirse a gusto.

 A pesar de que hablamos tanto, aún hay detalles que no he querido contarle sobre mí, más que todo por el temor de dejar nuestras charlas que disfruto de muy buena manera.

 

 


Conversatorio en el bar 

-            ¿Cuándo llegó Leandro? O más bien… ¿por qué?

-            Porque en el momento en que su lucidez lo hace reaccionar por un segundo y se da cuenta de lo del cuchillo, Nicolás dejó de serle útil. Una persona como él ocupa a alguien que le guíe y dime… ¿quién iba a confiar en un asesino?

 

 


Diario de Bianca, página 83

 Leandro estaba sentado escuchando mis relatos, las cosas que yo recordaba al menos, porque muchas cosas no tienen claridad, primero le tembló la mano, pero conforme fuimos avanzando en los hechos, su mirada tomaba más brillo, tomaba más aprisa el café y sus piernas se movían como si tuviera ganas de bailar. 

-            Entonces… ¡Oh, Dios! – se levantó, dio dos vueltas a la sala y luego me estrechó la mano – eres el genio detrás de todos esos asesinatos.

-            Baja el volumen, alguien puede escucharnos – aunque para que alguien nos escuchara, la morena del cuarto de al lado tendría que dejar de gemir con su novio-.

-            Tranquilo, tranquilo – me dijo tomando asiento – sólo me preocupa una cosa.

-            ¿Cuál?

-            Que aún estés aquí, seguiste haciendo charlas virtuales, alguien con experiencia podría ubicar la dirección física de tu computadora.

-            No lo sabía – perdí la noción de ciertas cosas- pero tengo a alguien que me está ayudando a conseguir la documentación para salir del país.

 Se puso de pie, me tomó por los hombros y me habló con sinceridad. 

-            ¿Quién? ¿ese policía? No puedes confiar en él.

-            ¿Por qué no?

-            Porque juega en ambos bandos, va a llegar el momento en que tendrá que decidirse y se irá por la más fácil.

 Entonces caí en el sillón, Leandro tenía razón, si algo he aprendido es que, aunque todas las evidencias te acusen tú debes negarlo todo y seguir confesando tu inocencia, ese era el camino más fácil, como sugería Leandro.

 El teléfono sonó justo cuando Leandro me felicitaba extasiado por las liberaciones de almas que yo estaba ejecutando. 

-            Lo tengo – me dijo la voz al otro lado del teléfono.

-            ¿Todo?

-            Pasaporte, visa norteamericana, registros de nacimiento y matrimonio.

-            ¿Cuándo? – Leandro me hacía señas para que apurara aquello lo más rápido posible.

-            Tu vuelo sale en ocho días.

-            Me voy en una semana – le dije a Leandro mientras colgaba el teléfono-.

-            Llévame contigo.

-            ¿Cómo?

-            Que me lleves contigo, vas a necesitar a alguien que te ayude.

-            Es muy peligroso.

Leandro siguió viniendo durante los siguientes días a mi casa, todos los días llegaba a las tres de la tarde y se iba ya entrada la noche, lo excitaba saber todos los detalles de lo que consideraba algo heroico, porque en este mundo de hipócritas alguien se animaba a actuar de manera cuerda, lástima que los periódicos fueran tan amarillistas que me querían hacer ver como el malo de la película, yo simplemente estaba curando gente, liberándolos de sus penurias humanas, de sus aflicciones, estaba llevando a cabo la tarea que Dios mismo quería que yo hiciera.


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