Las huestes de esta vida
que me invento tras de mí
quieren abrirse espacio
y abrigar mi porvenir
con adoquines falsos,
con letargos casi eternos,
con duendes y fantasmas
que veranean en mí
y que construyen mis adentros.
Hace ya un tiempo que conozco de la vida
y hace un siglo que aprendí a maldecir
a las cosas que me pasan sin sentido
y a los muertos que se acercan a decir:
“si estuvieras en mi camino
como yo tengo que andar en el tuyo,
no guardarías ni grandezas ni sigilos,
confundirías planetas y terruños”.
A mi cama le falta una almohada de petunias
y un colchón barnizado en algodón,
una cobija que viole mis futuras
pesadillas con un poco de razón.
Guardaba desde que nací, un litro de inocencia,
una memoria de nieve sin abrir
y un corazón con miedo a la decencia,
todos te los regalo pues ya no los merezco,
y puede ser que los empeñe
para ir a comprar un gramo de misterio.
Excavando en mi jardín he dado al fin con un tesoro
que creí perdido desde ayer
y que no es otra cosa que la lealtad que perdí
cuando acepté la tentación vestida de demonio.
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