> Los crímenes de Bianca (Paolo) Ir al contenido principal

Destacado

Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Los crímenes de Bianca (Paolo)

 


Anotaciones de Larry

 No todos los muertos son iguales. Algunos pesan más que otros, y el de Paolo pesó como si le hubieran colgado una lápida al alma de la ciudad. No solo por la forma en que murió, sino por lo que representaba. Paolo era luz en un túnel repleto de escombros humanos. Era la amenaza más seria para desenmascarar a Bianca. Era el tipo de hombre que jode a los monstruos, porque no les tiene miedo. Paolo sabía. No del todo, pero lo suficiente. Y ese saber fue su sentencia.

Sabía demasiado. Intuía aún más.

  

 

 Diario de Bianca, página 61

 Hay personas que son como espejos rotos, se les nota la fractura con solo mirarlas a los ojos. Paolo no. Él era un vitral entero, de esos que adornan iglesias viejas, iluminados por el sol cuando menos lo esperas. La gente lo adoraba. Eso me jodía. Nunca me había sentido tan desnuda frente a alguien. Paolo tenía esa forma de mirar que raspa el alma. No se escondía. No se doblegaba. Caminaba con el pecho al frente como si su sola existencia fuera una declaración de guerra contra el dolor del mundo.

 Cuando lo conocí en una de mis charlas, fue como si me metieran ácido por la garganta. Me miraba como si ya supiera. Como si me leyera por dentro.

 Me habló de resiliencia, de migrar y no perder el alma, de mantener la fe cuando todo lo que te queda es el ruido del estómago vacío. Qué asco esa forma de esperanza.

 Dijo que me admiraba. ¡Me admiraba! Como si fuera una santa. El muy imbécil me tenía en un pedestal… y yo ya le había anotado la hora exacta en que iba a matarlo.

  

 

 Recorte de periódico

 "Muerte de líder comunitario consterna a barrio de San Pedro. Paolo A., venezolano radicado en Costa Rica desde hace más de una década, fue hallado sin vida en las instalaciones del antiguo gimnasio municipal. Las autoridades no han dado declaraciones oficiales, pero vecinos aseguran que Paolo había expresado sentirse vigilado los días previos a su muerte."

  

 

 Diario de Bianca, página 62

 No me había pasado antes. Que alguien me hiciera dudar. Él lo hizo.

Porque Paolo no era cualquier víctima. Era alguien que podía ver los hilos. Sabía que las coincidencias no son gratuitas. Y comenzó a hacer preguntas.

¡Preguntas! A los asistentes de las charlas, a la gente de la comunidad. Buscaba patrones. Me buscaba a mí.

 Una noche se quedó hasta el final. Todos se habían ido. Me dijo: 

-            Bianca, ¿usted nunca ha sentido que hay algo raro en cómo esta gente desaparece? Muchos iban a estas charlas... y después... bueno, usted sabe. 

Le sonreí. Le toqué el hombro. Y por dentro, apreté los dientes. Esa noche supe que no podía dejarlo seguir respirando.

 

   

Anotaciones de Larry

 Paolo dejó notas. Notas que la policía encontró en su departamento. Tenía una lista con fechas, nombres de algunos desaparecidos, incluso recortes de periódicos viejos. Estaba armando un rompecabezas que casi nadie se había atrevido a empezar. Un maldito diario con sus pensamientos.

Uno de los oficiales lo leyó en voz alta durante la reunión del caso: “No sé qué está mal, pero está mal. Hay una figura que se repite, una sombra que aparece justo antes de que se apaguen las luces de ciertas vidas. Y esa sombra... tiene nombre.”

 

   

Diario de Bianca, página 64

 Yo no mato por placer. Mato por redención. Pero con Paolo sentí otra cosa. Una rabia casi infantil, como si alguien me hubiera quitado un juguete. Él me desnudó con la mirada, me desarmó con preguntas.

 Tenía que morir. Pero no rápido. No como los demás. Fue fácil saber dónde estaría. Él mismo me había dicho que iba a ayudar a organizar la limpieza del antiguo gimnasio, ese donde daban clases comunitarias.

 Lo esperé desde temprano. Traía su maletín con herramientas, su camiseta sudada, su sonrisa estúpidamente intacta.

 Lo saludé como si nada. Lo llevé a la parte trasera, donde el techo se cae a pedazos y nadie entra. Cerré la puerta. 

-            ¿Y si te dijera que todo eso que sospechas... es verdad? 

Paolo me miró fijo. No reculó. No suplicó. Dijo: 

-            Entonces me toca detenerla, Bianca.

 

 

  Recorte de periódico

 "El cuerpo fue hallado con signos de tortura. No hubo señales de robo. La víctima tenía varias fracturas en los brazos y el rostro, y fue hallado colgado de una de las vigas del gimnasio, como si se tratara de un acto ritual. En el suelo, escrita con pintura roja, una sola palabra: ‘Revelador’."

  

  

Diario de Bianca, página 70

 El cuerpo de Paolo se balanceaba como un péndulo, como si el tiempo me dijera: “Este sí era importante”. Me tomé mi tiempo. Le hablé mientras lo golpeaba. Le hablé mientras caía. Le hablé mientras lo colgaba. 

-            Vos tenías que hacer las cosas difíciles, ¿verdad?

 Él solo alcanzó a decir: 

-            Dios... igual... te ve.    

Sí. Me ve. Y si me ve, sabrá que lo hice por él. Paolo está muerto. Pero su voz me sigue. La escucho cuando cierro los ojos. No me deja en paz.

 Paolo no fue solo una víctima. Fue el espejo donde por primera vez no me vi como salvadora, sino como condenada.

 Y ese espejo… todavía me sangra en los sueños.

 Él... era distinto.

 

  

Escrito por

Verónica Zamora.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares