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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Memorias de mi abuela



- ¡Míralo! - gritaba mi abuela tan fuerte que la escuchaban seis cuadras a la redonda - ¡Míralo! ¡lo mataste! - siempre tendía a exagerar, ¡lo mataste!, dijo esta vez con una voz tan baja que era apenas perceptible, mientras caía de rodillas.

Para mí era otro plato que se rompía contra el suelo, cuántos platos se rompían en el mundo en un día, en un mes, en un año... supongo que a sus casi noventa y dos años veía cosas que eran imposibles de ver a mis seis.

- Abuela, en la noche le digo a mamá que te compre otro.

Se enderezó como pudo, apoyada en la vieja silla de madera, cuyo asiento estaba roido por el tiempo.

- No - me dijo tratando de sentarse sin despegar la mirada del suelo - las cosas a veces no son lo que parecen.

Aquella tarde no lo entendí, para mí era un simple plato, en cualquier supermercado conseguía otro. Tres años después lo comprendí, cuando llegamos a casa después de enterrarla. Me acerqué a mi madre y le pregunté si recordaba la escena del plato, me dio un beso en la frente llorando, me invitó a sentarme a su lado y me contó la historia. Mi abuelo había muerto tres años antes de nacer yo, la noche en que lo velaban en la sala, mientras mi madre y mi abuela preparaban café, mis tíos se repartieron las cosas de mi abuelo, zapatos, ropa, relojes... cuando mi abuela y mi madre vieron aquello, se armó una trifulca, pero ya se habían desaparecido todas las cosas... todas excepto una, el plato preferido de mi abuelo, donde siempre cenaba su sopa de fideos, mi madre logró rescatarlo y entregarlo a mi abuela, quien lo guardó como un tesoro hasta que yo sin querer, lo rompí. Hay cosas que no son lo que parecen.

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