Mi melancolía y mi sonrisa se juntaron cierta tarde,
acordaron tomar café para desahogarse
y revivir memorias que el tiempo secuestró.
Llegaron a hora acordada
tratando de evitar incomodidades...
ambas sabían de sobra sus verdades
y hasta la hora de soltarse sus secretos,
evitando caer en aquello que no cae en nada.
Buenas tardes... se escuchó por cortesía
y tomando asiento entre el olvido
fueron tronando los dedos
entre la amabilidad que se desvanecía.
Comenzaron por reír para romper el hielo
con un pan que despedía olor a envidia,
y sus ojos descubrieron
que aunque eran mías no se conocían.
Empezó la charla sobre el costo de la vida
y del hotel barroco que en el barrio irrumpía,
de la mujer de ojos negros que viajaba en bus
y cuya figura por mis ojos reconocían.
Mi melancolía fue la única en entrar en conversatorio
y comentó mis miedos haciendo énfasis en el día
que pensé que yo era todo
y era solo un mocoso que de miedo se moría,
de la noche en que tumbé mi imagen contra el piso
y me desangré pendiente de la vida
y frente al mar me olvidé de la idea del suicida
y abrí un libro de Holmes para calmar mis enojos.
Cargo zapatos negros porque mi vida es una fábula consentida
entre el negro del infierno y el rojo de la vida...
Continuó mi melancolía y ofreció un circo de verdades
contó todo desde que recuerdo
y mi sonrisa hacía carcajadas en los humedales
que barrían el piso con sarcasmo
y tiraban mi ilusión como un saco de huesos.
Mi melancolía desahogaba sus heridas...
mi sonrisa no creía en cosas serias
se burló y gritó "estás jodida"
y mi melancolía comprendió que yo no era más su Romeo,
lanzaron maldiciones y rompieron los cristales...
se abrazaron y en medio del fuego
prometieron no volver a saludarme.
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