“Si quieres
ser Matusalén
vigila tu
colesterol
si tu película
es vivir cien años,
no lo hagas
nunca sin condón…”
Pastillas para
no soñar
Joaquín Sabina
-
Su nombre es…
-
¿Qué
haces? – me gritó mi conciencia, que estaba conmigo frente al espejo.
-
Soy
una idiota.
-
Sí,
lo eres, dijiste que solo escribirías su nombre si llegabas a enamorarte.
-
Lo
siento.
Primero lo primero, hago un resumen del último día
antes de Navidad en que asistí a la oficina. Evangeline y yo vimos como los Bee
Gees eran separados (la esquinita de atrás), a Vinicio lo castigaron y lo
mandaron a las duchas frías, es decir, tuvo que tomar sus cosas y sentarse en
otro lado para que Sandra y Nicolás pudieran botar algo de estrés que les
generan ciertas compañías, algún santo le avisó a Enrique que aquello iba a
pasar y ese día no llegó, trabajó desde la casa. Dios en su eterna misericordia
había enviado un rayo de luz y sabiduría, Vinicio era la fruta que podría aquel
Jardín del Edén.
Isabel y Romeo volvieron luego de dos semanas
fuera del país. Se celebraron los cumpleaños de noviembre y diciembre, jugamos
bingo, el compañero que tan divinamente se había transformado en aquél ancianito
que bailó bolero en Halloween sirvió como cantante de los números y varios nos
fuimos con algún premio, Paolo tuvo que atender varias cosas por lo que me dejó
su cartón para que se lo jugara y al final ganó, ¡claro! Su cartón estaba
siendo jugado por unas manos puras y sin pecado original como las mías. La foto
de cumpleañeros me vio quedar en medio de cinco hombres, ni en mis mejores
sueños me habría pasado eso, qué envidia tuvo que sentir Sandra.
Ese día al marcharme, mientras llegaba al primer
piso me alcanzó Romeo, ese muchacho regresó de Uruguay con una sonrisa
fortalecida.
-
Qué
dicha que la alcancé.
-
¿Por
qué?
-
Iba a
darle esto y me pensé “yo puedo alcanzarla”
Eran dos chocolates, aún quedan caballeros en este
mundo, no como Tadeo que cuando pedí el premio de Paolo me recriminó que él se
lo entregaba porque dudaba de mi honestidad… así tal cual me lo expresó, ahora
veo que la maldad viene en frascos pequeños.
Esa noche se me ocurrió poner en los estados de
Whatsapp aquella fotografía rodeada de hombres y cerca de las nueve me ingresó
un mensaje “me voy a poner celoso, usted con tantos hombres”, ¡qué tonto!, seguramente lo llamé con el pensamiento, yo
lo hacía en alguna cena con su esposa e hijos, pero no, ahí estaba mi querido
abogado haciéndose presente, había un día que quedaba a pedir de bocas para
vernos, el jueves de la semana siguiente, porque ese día la oficina cerraba
temprano, yo había pedido libre lunes y martes, así que ese jueves debía
presentarme a laborar y a la salida me quedaba de perlas verme con él,
corrección, nos quedaba de perlas a ambos. No sé por qué, pero en mis sueños
volví a tener un avistamiento de sirenas, patrullas, ambulancias, ecos que no
descubro de dónde provienen, cuerpos que flotan en medio de la nada, es como si
algo quisiera arrastrarme, como si me anunciaran algo que yo simplemente
desconozco.
26 de diciembre.
-
Le
tengo malas noticias – así me recibió Tadeo aquella mañana del día después de
Navidad.
-
¿Qué
pasa?
-
Adivine
a quién cambiaron de torre.
-
Aliviáneme
el apuro, ¿a quién?
-
Al
recepcionista de la planta baja.
-
¿Por
qué? – ese moreno era lo más lindo que tenía el edificio.
-
Nos
lo dijo cuando nos despedimos la semana anterior, lo cambiaron a la Torre
Médica – edificio que está frente al nuestro.
Así comenzábamos aquel día, con tan nefastas
noticias. La oficina parecía un cementerio, Catalina estaba sola en su isla, lo
mismo que yo, Regina en su oficina, no llegábamos a diez las almas que nos
encontrábamos en ese sitio. Este día llegué con mi nuevo look, ahora soy una
chica con lentes, lo que sirve para redefinir mi rostro, porque las personas
nos acostumbramos tanto a la imagen de quienes conocemos, que cuando lucen algo
distinto, nuestra mente tarda en relacionarlo, por eso aunque parezca estúpido
Clark Kent no es descubierto por quienes lo conocen, nadie imagina que aquel
tipo con lentes y esa manera de ser pueda transformarse en Superman, así de
increíble es la mente humana.
-
¿Qué
hace aquí? – me dijo Catalina.
-
Pues,
aquí estoy, vine a trabajar – y acomodé mis cosas en el escritorio.
A Regina solamente la vi cuando llegó a saludarme
y cuando se despidió.
-
Ocupo
ver su ID badge.
-
¿Para
qué?
-
Porque
ocupo personalizarlo – y yo de idiota creí que iba a decorarlo con colores,
rosado, lila, que le pondría algún diseño lindo, pero no, Tadeo hablaba de
ponerle mi nombre y número telefónico. Pude por un momento imaginar que se me
perdía y un grupo de hombres que fantaseaban conmigo al verme caminar por aquellos
edificios, comenzaban a llamar para invitarme a salir… quizás exagero.
Esta semana de Navidad y la próxima que será Año
Nuevo, la oficina cuenta con un horario especial de seis de la mañana a dos de
la tarde, por lo que la cita que tenía con el abogado quedaba perfecta, la
verdad es que era demasiado temprano para ir a casa y encerrarme en aquellas
cuatro paredes.
2:40 p.m.
Sitio: Hotel Latino, trescientos metros Norte y
cincuenta metros Este del Parque Central de San José. Hora: cerca de las dos y
cuarenta de la tarde. Precio: veinte dólares la habitación.
Aquella abertura a medio lado que tenía mi falda
le permitía al abogado meter su mano y andar mi pierna con total libertad (o
las dos, si eso deseaba) mientras que nos besábamos recostados a la puerta de
esa habitación (después me percaté de que no estaba bien cerrada), un sitio
bien iluminado, con dos mesitas de noche, lámpara de pared, una cama con dos
almohadas, sábana celeste, un sillón rojo algo maltrecho ya por el paso de los
tiempos, televisor, ducha con agua fría (si tenía agua caliente, nunca funcionó)
y una alfombra verde que estoy segura de que tuvo mejores épocas.
Yo le sostenía la cara con mis manos mientras que
nuestros labios se enredaban en una telaraña de besos y mordiscos, a mí me
tenía sujeta por la cintura. A él le encanta besarme los pechos y yo no tuve
mayor problema en levantar mis brazos para que me despojara de mi blusa blanca
como mi alma y abrir el brasier para que aquel hombre se satisficiera conmigo como
si fuera el pequeño Apolo amamantándose en los brazos de la Diosa Leto dando un
paseo por los jardines del Olimpo; y pensar que hay mujeres a las que no les
excita en lo más mínimo que las besen allí, a mí me encanta que lo hagan.
Entonces volví a tomar su rostro entre mis manos
mientras nos acariciábamos, me dio un beso y yo por impulso femenino lo abracé,
al sentir su lengua en mi cuello le arañé un poco la espalda y lo hice dar unos
cuantos pasos hacia atrás hasta que pudo sentir el colchón y caímos acostados
sin soltarnos, yo encima de él. Empecé a desabotonar su camisa, él jugaba con
mis pechos y comenzaba a zafar mi falda, yo bajé besándolo desde su barbilla,
pasé por sus orejas, su cuello envuelto en una ligera barba de cuatro o cinco
días, bajé hasta su ombligo, entonces me levanté un poco, extendí sus brazos
hasta dejarlo en posición de crucifixión y lo fui recorriendo con mis manos.
Abrí su pantalón, el hombre estaba con los ojos cerrados y yo hice lo que
cualquiera hubiera hecho en mi lugar, comerlo.
Poquito a poco fui dándome vuelta hasta que mis piernas quedaron sobre
su cara, corrió mi tanga e hizo lo mismo que yo hacía con él (habemus adulterium).
Así estuvimos un par de minutos, hasta que quiso
cambiar de posición y entonces me acosté boca abajo, levantó mi trasero, me
sujetó por las piernas y me hizo suya o yo lo hice mío, como se quiera ver, el
orden de los factores no altera el producto, yo solo recuerdo de esto la sesión
de nalgadas cual si fuera un rodeo. Se detenía para besarme y rodearme con sus
brazos, luego volvía a la faena y volvía a besarme, la excusa perfecta que usan
los hombres cuando quieren rendir un poco más, pero cambiamos de postura, nos
acostamos de medio lado para que la fricción le ayudara a él con su problema de
tiempo y qué más daba, yo sentía más placer así, recostada sobre mi costado con
él a mis espaldas besándome.
La otra técnica que utilizan los hombres para
tardar un poco más, aparte de detenerse para besar, es detenerse y tocar a
la mujer, eso les ayuda (no en todos los casos) a que su general vuelva a ser
un simple soldado raso por un pequeño espacio de tiempo, pero yo ya estaba por
terminar y que él hiciera eso solamente aceleraba el proceso, así que en un
lenguaje de señas lo insté a que continuara con aquello que habíamos iniciado,
volvió a entrar y esta vez estuvo así hasta que ambos terminamos. Estábamos
abrazados, besándonos, nos reíamos, yo apretaba mis labios y luego lo besaba,
ese era el regalo de Navidad que ambos ocupábamos, sería la última vez que nos
viéramos por este año, hasta que nuestras agendas vuelvan a coincidir. El sexo
es el único sitio donde todos blasfeman y nadie lo ve como indebido.
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