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Ofelia (Capítulo Quince/Antepenúltimo: La primera cita)

 Joaquín era tan amable conmigo, nos empezábamos a llevar muy bien, charlábamos casi todos los días, había venido a casa un par de veces y le caía bien a mis padres. Hasta este momento, mi padre solamente había puesto una regla, no nos veríamos ni hablaríamos durante el periodo de exámenes, porque no quería que me distrajera y bajara el nivel de mis calificaciones. Debo decir que siempre he sido de los mejores promedios de mi grupo.


Era poeta novato, había empezado hace un par de años con la afición por la poesía y sabía por su propia voz que existía una chica a quien dedicaba la parte más romántica de sus escritos, pero no había querido confesarme el nombre de la afortunada. Las veces que nos habíamos visto, se limitaban a las ocasiones en que pasaba a saludarlo a su trabajo y el par de veces en que había venido a mi casa. Pero ese día, mientras conversábamos me dijo que quizás podríamos salir el domingo siguiente, en plan tranquilo. Al inicio me hice la difícil, nunca me habían invitado a salir, pero esta vez, por primera vez me estaban invitando a comer algo fuera de casa. Terminé aceptando, pero con una condición, no saldríamos muy tarde, aceptó. Quedamos para las cinco de la tarde, una hora donde el sol comenzaba a caer y la noche aún no asomaba sus narices. 


- ¿A comer? – preguntó mi madre, algo asombrada cuando le conté la invitación que me habían hecho.

- Sí, el domingo ¿hay algún problema?

- No, hija. Ni creo que tu papá lo tenga tampoco.

- Entonces, así quedamos.


¿Cómo se viste alguien para salir a comer? Digo, nunca me han invitado a comer, no sé exactamente cómo se supone que sea la manera adecuada para vestirse. Estuve toda la tarde del domingo pensando en eso, mientras mi madre miraba a mi padre y éste miraba el reloj avanzando tranquilamente. Tuve el vestido rojo en mis manos, una blusa morada y un pantalón de jeans como segunda opción. Entonces me decidí por la tercera opción, un precioso juego azul, blusa y enagua, con bordes blancos, zapatos negros, porque el negro va con todo y acto seguido comencé a maquillarme un poco, porque no hay que exagerar con el maquillaje.


- ¡Apúrate, Ofelia! Ya casi son las cinco – gritaba mi madre desde la sala.

- Ya casi salgo.

- Va a llegar y no vas a estar lista – entonces salí de mi habitación.

- ¿Cómo me veo?

- Como la princesa de una película.

- No quiero que llegues tarde – dijo mi padre – tienes permiso hasta las siete de la noche.

- Ay, déjala tranquila. Vamos hija, te acompaño a la entrada.


Llegamos al portón y esperamos cerca de tres minutos, cuando vimos la figura de Joaquín que se acercaba a unos cien metros de distancia. Mi madre se quedó conmigo hasta que él llegó, saludó y yo me despedí.


- Que te diviertas, hija.


Comenzamos a caminar, yo llevaba mi bolso en las manos, hicimos el camino al centro hablando de cosas sin sentido, riendo. Hasta que, al llegar al centro, tomamos hacia la plaza de fútbol que está frente a la escuela y hace línea diagonal con el edificio municipal. A un costado de la plaza, se encuentra una soda restaurante, entramos, solamente había una pareja comiendo un par de hamburguesas. Avanzamos hacia el fondo, tomamos asiento y esperamos a que la mesera trajera el menú.


- ¿Gustan algo para tomar? – Joaquín me miró.

- Traigáme un refresco gaseoso.

- A mí también – contestó Joaquín.


La muchacha trajo dos vasos con hielo, los colocó en la mesa, dejó los refrescos y preguntó si sabíamos lo que íbamos a pedir para comer. Joaquín volvió a mirarme, esperando que yo pidiera primero.


- Una porción de pollo, con papas. Por favor.

- Y ¿usted? – dijo dirigiéndose a Joaquín.

- Lo mismo.


La muchacha retiró los menús, mientras yo miraba aquel lugar. Estaba teniendo, sin saberlo o ser consciente de ello, mi primera cita. A los pocos minutos, acercó dos juegos de tenedores y cuchillos, uno para cada uno. Eso planteó un reto y un par de dudas en mi cabeza. Yo acostumbraba a comer el pollo con la mano, chupar el hueso, nunca se me había ocurrido comer el pollo frito con tenedor y cuchillo. La duda se plantó con más fuerza cuando la mesera trajo los dos platos de comida.


- Provecho – dijo mirando a ambos. 


Miré el plato, con aquellas dos piezas crujientes, miré a Joaquín cortando el pollo de manera delicada con el cuchillo. Yo esperaba que él tomara el pollo con sus manos, pegara el primer mordisco y luego yo hubiera tenido la libertad de hacer lo mismo, pero no. El hombre estaba ensimismado en seguir el protocolo contrario a lo que yo acostumbraba. Entonces tomé el cuchillo, corté un trozo, lo tomé con el tenedor y lo llevé a mi boca, estaba jugoso, pero las piezas que estaban en el plato me pedían a gritos que las tomara con mis manos, metiera un mordisco con bastantes ganas y lo saboreara como era cristianamente debido, ¿a quién se le ocurre que el pollo frito se come con tenedor y cuchillo? Me sentí impotente, no tuve el valor de comerlo a como yo hubiera querido, vi con desazón como aquellos huesos se quedaban sin que yo los chupara. Así retiraron los platos.

Luego nos quedamos hablando, pero cuando nos dimos cuenta, estaba cerca de ser las siete y entonces, como en el cuento de Cenicienta, comenzamos una carrera a contra reloj, que al cabo de unos minutos supimos que era imposible de realizar, así que disminuimos el paso. Para cuando Joaquín se despidió con un beso en la mejilla, eran las siete y diez minutos. Yo entré a la casa de forma tan tranquila, que no observé como mi padre miraba fijamente el reloj. Mi madre preguntó sobre cómo había pasado el rato y yo contesté que bien. Y sí, la había pasado bien, pero aún tenía en mí el remordimiento por haber mantenido aquellos huesos de pollo lejos de mi lengua.



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