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Evangelio del Arcángel Miguel (Capitulo Seis)
No encontró mi ser razones para ver aquellas cosas que sucedían entre las sombras y al reparo del Altísimo ingresé al palacio. Me hinqué, bendije el momento en que me encontraba y me dirigí hacia el trono donde estaba sentado Dios reinando sobre todos. Extendí mis brazos, presenté el cofre con los obsequios y saludé tal y como me indicó Hilda.
- He recibido lo que cada uno ha considerado necesario. Porque quien ayuda al emisario también ayuda a Dios.
- Pues Dios se complace en tu presencia – contestó – llama a todos al anunciar tu retorno y yo acudiré de inmediato a reunirnos en el desierto. Porque es ahí donde se construyen los mundos.
Así lo hice. Busqué a los demás y llegamos todos al lugar justo donde Dios manda y todo se transforma. Estábamos Samael, Rafael, Uriel, Gabriel, Lucifer, Azrael y yo a la orilla de los desiertos, junto a Dios que tenía el cofre de Hilda. Luego nos inclinamos, proclamamos alabanzas y entonces nos pusimos de pie, excepto Dios, que comenzó a dibujar en la arena.
San Juan 8:6 “Mas esto decían tentándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo”.
Dibujó varios círculos y alrededor de todos ellos dibujó un óvalo que los cubría por completo. Luego se dirigió a mí y me dijo:
- Toma la roca que tiene Lucifer y colócala en este extremo del óvalo – así lo hice – luego toma el cofre que te ha sido entregado por la pastora de las Dominaciones y rocía sobre la roca un poco de luz.
La arena sobre la que sucedían las cosas estaba desordenada, porque entonces no había sido creado el orden. Y con cada movimiento que hacía con los dedos nos observaba y nosotros observábamos a la arena moverse por el poder de su dedo. Luego volvió a dirigirse a mí.
- Ve a las cataratas y trae cuatro gotas de agua para poder mojar con ellas la roca y así sean creados los mares que han de nutrir vida en ella.
Me dirigí a las cataratas, tomé las cuatro gotas de agua que se me habían solicitado y volví a dirigirme al grupo.
- Moja la roca con las gotas de agua. Mas deja zonas secas, porque en ellas también ha de alzarse la vida. Vida con la que se poblarán los valles y montañas. Con seres que alabarán a Dios.
Génesis 1:1-5 “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día”.
Después de mojar la roca se puso de pie. La roca ya no estaba inerte, si no que en ella se observaba el movimiento de los mares. Además, un extremo de la roca poseía luz, mientras que otra parte permanecía en completa oscuridad.
- Vamos – dijo Dios – volveremos conforme lo acordado. Por el momento nuestro trabajo ha comenzado ya. Pero la prisa no es buena. Dejemos que los mares se formen según su necesidad y dejemos que la luz y la oscuridad roten entre sí.
Entonces, cada uno regresó a sus habitaciones. Dimos gracias por el trabajo que empezaba a cumplirse y aguardamos a la siguiente llamada. Pero Betsabé había observado todo escondida entre las rocas y también comenzaba a planear su trabajo.
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