Ofelia (Capítulo Trece: Jueves Santo)
El fin de semana, más específicamente, el domingo, me sucedió algo por demás curioso. Y digo que fue curioso, porque sigo sin saber si lo conocí o me conocieron. Sigo sin saber a ciencia lo que pasó, porque hasta donde mi mente es capaz de recordar, es primera vez que alguien se acerca con el deseo de conocerme. No he podido comentar nada con las chicas, debido a que esta semana no hay lecciones en ninguna parte del país. Tampoco he pensado mucho en el asunto, porque al final de cuentas, no pasa de ser solamente algo anecdótico, eso creo yo.
- ¡Ofelia! Te llaman por teléfono.
- ¿Quién? – le pregunté a mi madre, mientras caminaba hasta la sala.
- No sé, pero preguntaron por ti.
Me miró con una cara que no supe descifrar y con la misma cara, tomé la llamada, debía ser alguna de las chicas, o Rodrigo, para preguntar qué tal iban mis días de descanso hasta ahora.
- Aló.
- Aló ¿Ofelia?
- Sí – no reconocí la voz, lo reconozco.
- Soy Joaquín, no sé si se acuerda.
- ¿Joaquín? Sí, sí me acuerdo.
- Me dijo que no había problema en llamar.
- No, no hay problema – entonces acomodé los almohadones del sillón y tomé asiento para seguir con la llamada.
No medí el tiempo que llevábamos hablando, de todo un poco, pregunté por su familia, me preguntó por el colegio, le pregunté si estudiaba en el colegio y no, resulta que está en la universidad, segundo año de arquitectura. Por ese motivo, no lo había visto en el colegio, sé que da risa esta observación, pero qué le vamos a hacer.
- ¿Cuánto lleva al teléfono?
- Como media hora – le contestó mi madre, mi padre no recordaba haberme visto en una conversación tan larga.
- Y ¿quién es?
- Creo, creo… que es el muchacho que le habló el domingo.
La verdad es que conversábamos tan amenamente, tan relajados, tan como si de verdad fuéramos amigos, que cuando me dijo que iba a colgar la llamada, porque ya llevábamos una hora hablando, tuve que mirar el reloj para corroborar que el tiempo había pasado de manera tan rápida.
- ¿Puedo volver a llamar la otra semana?
- Sí, claro. Es más, puedes volver a llamar el sábado en la tarde, no voy a salir a ningún lado.
- Entonces, te llamo el sábado.
- Ok. Quedamos en eso. Hasta luego.
Mi padre se acercó cuando se dio cuenta de que una hora después, su hija estaba nuevamente libre.
- ¿Ese muchacho hizo la llamada?
- Sí – contesté.
- Porque si esa llamada la tengo que pagar yo, te la voy a cobrar.
- No – y moví la cabeza de forma negativa – no la hice yo. Pero vuelven a llamarme el sábado por la tarde.
- ¿Sábado por la tarde? ¿Otra llamada de una hora?
- No sé – y cerré la puerta de mi dormitorio.
Mi madre bajó por las gradas de la cocina y se topó con mi padre.
- La vuelven a llamar el sábado por la tarde.
- No vamos para ningún lado el sábado – contestó ella sin mucha preocupación.
- No que yo sepa.
- ¿Entonces?
Si lo del domingo había resultado curioso, lo de hoy lo superaba con creces. Debe ser la primera vez en toda mi vida en que hablo tanto con alguien sin tenerlo de frente. Cosas que simplemente pasan.
Juan 13:5-17
Luego echó agua en una palangana, y comenzó a enjuagar los pies de sus discípulos y a secárselos con la toalla. Cuando le tocó el turno a Pedro, este le dijo a Jesús: —Señor, no creo que tú debas lavarme los pies. Jesús le respondió: —Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero después lo entenderás. Pedro le dijo: —¡Nunca dejaré que me laves los pies! Jesús le contestó: —Si no te lavo los pies, ya no podrás ser mi seguidor. Simón Pedro dijo: —¡Señor, entonces no me laves solamente los pies, sino lávame también las manos y la cabeza! Jesús le dijo: —El que está recién bañado está totalmente limpio, y no necesita lavarse más que los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos. Jesús ya sabía quién iba a traicionarlo; por eso dijo que no todos estaban limpios. Después de lavarles los pies, Jesús se puso otra vez el manto y volvió a sentarse a la mesa. Les preguntó: «¿Entienden ustedes lo que acabo de hacer? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque soy Maestro y Señor. Pues si yo, su Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado el ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo. Ustedes saben que ningún esclavo es más importante que su amo, y que ningún mensajero es más importante que quien lo envía. Si entienden estas cosas, háganlas, y así Dios los bendecirá.
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