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Dos tontos que no saben decir adiós

 No soy tuyo, lo supe desde hace varios besos que nunca me supieron bien, tú tampoco eres mía, lo supe desde hace varias noches que sin amarnos nos hicimos el amor, y tú andabas en otro continente yo te noté bastante ausente y en realidad no me importó. No soy tuyo ni aunque nos digamos un te amo cada vez que nos despedimos, mis pensamientos no son tuyos ni tus desnudos míos. Somos dos tontos que no saben decir adiós dos grandes tontos que no se merecen, alucinantes que no tienen devoción un par de locos que fingen quererse. Pero cada luna tiene estrellas que la guían y cada mar un saco de sal para saborear, y sin embargo tú y yo no nos tenemos aunque vivimos juntos. De tanto vernos hasta parece que nos conocemos y sin embargo los dos no nos sabemos ni contamos historias de amor porque son como leyendas urbanas para los dos. Atentamos contra la buena vida fingimos para que no rumoren los demás, caminamos aún tomados de las manos sin darnos cuenta que los dedos se nos van... soltand...

Ofelia (Capítulo doce: Ida y vuelta)


Tres meses atrás.


Don Otoniel estaba satisfecho, con la satisfacción de una labor cumplida. Con esa sensación que nos dice que hemos logrado el objetivo. Lo había hecho durante la reunión de lectores de la iglesia. Ese sábado miró a la chica, era apenas una muchacha, no debía tener más de quince o dieciséis. Sentado en su silla le preguntó por ella a la señora que estaba a su lado.


- Es Ofelia. Claro que usted conoce a su familia, es hermana de Saúl.

- ¿Hermana de Saúl? -preguntó extrañado.

- Sí, ya ve, los dos son lectores.


Volvió a mirar a la muchacha. A la salida de la reunión se dirigió a su casa, entró por la puerta principal, fue a buscar a su hijo al dormitorio, se paró frente a la puerta y le dijo:


- Se llama Ofelia.

- ¿Quién? – preguntó su esposa.

- La muchacha a la que Joaquín va a ver a misa. La otra semana le toca leer en la misa del sábado en la noche – dijo dirigiéndose a su hijo.

- Y ¿cómo es? – preguntó su esposa.

- Es una muchacha muy joven, está bonita.


Joaquín se quedó con el nombre grabado para sí, como si le retumbara en su pecho el solo saberlo, como si sus oídos se hubieran abierto por primera vez. El amor es tan confuso para quien nunca lo ha experimentado, que parece una cosa de locos, y así es. Las semanas pasaron, el chico tenía la hoja que le había dado don Otoniel con el orden de los lectores, de modo que sabía perfectamente la hora en que Ofelia debía asistir, así como los fines de semana que estaba libre. Descubrió que las semanas en que no debía leer, siempre asistía a la misa de nueve de la mañana, misma a la que él se presentaba de manera puntual.


Al cabo de unas semanas, su hermana mayor le hizo notar que no bastaba solamente con asistir, la magia estaba en tener el valor para hablarle.


- ¿Le piensas hablar alguna vez? 

- Sí, pero es que es complicado.

- No, pues a ese paso va a ser más complicado.

- ¿Qué le digo?

- Sería bueno empezar por presentarse, creo yo.


Su hermana tenía razón, estaba dejando pasar el tiempo, como un niño que tiene un helado en la mano y deja que el Sol lo derrita, porque no quiere que se le acabe. Las metas no se consiguen esperando milagros, Dios dijo “ayúdate que yo te ayudaré”, o al menos eso he escuchado toda mi vida, no sé si lo dijo o a quién se lo dijo, ni quién estuvo ahí para escribirlo en el momento justo en que pasaba. Pero entonces se atrevió. Ese domingo se bañó, se puso perfume, se peinó lo mejor que pudo y cuando su hermana le preguntó en la cocina si iba a ser otro domingo donde iba a estar de espectador, le dio la respuesta que debió darse a sí mismo desde el primer día.


- Si no le hablo hoy, no le hablo nunca en la vida – y salió.


Llegó al templo, la muchacha no había aún, pero al cabo de unos minutos la miró entrar por la puerta lateral derecha, con sus padres, se persignaron, buscaron lugar, luego se hincaron y se sentaron a esperar que comenzara la misa. No le quitó la mirada en ningún momento, esta vez no se había sentado cerca de ella, estaba en la siguiente fila de bancas, un poco más atrás. Cuando el sacerdote dio el saludo final, esperó que ella saliera, la siguió de cerca, la observó bajar las escaleras que daban a la calle frente al parque. Su madre se había detenido a hablar con una señora y Ofelia estaba allí, de pie, sin saber que él se había prometido hablarle ese día o simplemente olvidarse de la idea, no tenía muchas opciones, ya había dejado pasar mucho tiempo. Sintió que un sudor intenso llenaba su frente, le bajaba por el rostro y cubría toda su cabeza, tenía las manos frías, a pesar de que aquel dieciséis de Abril, el sol estaba radiante. Se fue acercando poco a poco y sin saber muy bien lo que estaba haciendo, se colocó a espaldas de ella, tomó tanto aire como le fue posible y le tocó el hombro.


- Hola.

- Hola – le contestó ella, con una sonrisa un poco confundida - ¿qué se te ofrece? ¿nos conocemos?

- No, mi nombre es Joaquín – podía sentir un frío demoledor que le recorría el cuerpo de pies a cabeza – hace días que te veo en la misa y me preguntaba si podíamos ser amigos.


Lo había hecho. Había tenido el valor de hablarle, de mirarla a los ojos, el mundo giraba de una manera espectacular. Hay acciones que parecen sencillas, pero que en realidad son el resultado de un esfuerzo increíble, en ocasiones es necesario que nos retemos a nosotros mismos y eso lo supo Joaquín ese día, justo en el momento en que ella lo saludó.


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