Ofelia (Capítulo catorce: Incluso, tal vez
El fin de semana lo había pasado nuevamente en un retiro, pero esta vez con algunas dudas, porque en el fondo comenzaba a tener un conflicto sobre si aquello era realmente lo que Dios quería para mí.
- ¿Cómo supiste que tenías que estar aquí?
- Dios habló conmigo – fue la respuesta de la Hermana Anabel – te veo algo diferente pero no sé lo que es.
- Soy la misma – contesté rápidamente, mientras seguía lavando el vaso.
- Si no quitas ese vaso del agua, va a desaparecer. Y no, no eres la misma.
Las personas cambian conforme van experimentando sensaciones, momentos. Comienzo por creer que no todos los días son iguales, que cada hora es diferente, aunque todas se empeñen en seguir teniendo sesenta minutos. Incluso mis manos, las giro para cerciorarme que siguen siendo las mismas que he visto toda mi vida ¿será que no soy la misma? ¿qué tanto puede cambiar alguien sin darse cuenta? El humano por naturaleza es de cambios, por eso no nos quedamos en un mismo lugar, nos convertimos en nómadas, así vamos recorriendo el mundo poco a poco para ir conquistando tierras. Somos incapaces de quedarnos en quietud, tal vez la serenidad no es parte de nosotros mismos, sino que es algo que aprendemos para callar los gritos que llevamos por dentro.
- ¿Vas a pasar? – me preguntó Evelyn cuando estuvimos cerca de la farmacia.
- Sí, pasemos un momento.
- Entonces te espero en la acera.
- No seas así.
- No soy así, pero no quiero ir de mal tercio.
Le hice una mueca mientras terminaba de hablar, habíamos salido temprano del colegio, justo a la hora del almuerzo, íbamos de camino a la casa. Joaquín trabaja en la farmacia del pueblo, a un costado del parque, trabaja los días en que no tiene que asistir a la universidad. Asomé la nariz por la nariz, tratando de verlo, pero no estaba, entonces entré. Estaba agachado detrás de uno de los mostradores, limpiando varios frascos de crema con un trapo húmedo. No había ningún cliente, una de sus compañeras se percató de que yo estaba ahí, caminó hacia donde yo estaba, pero entonces lo saludé.
- Hola – la muchacha retrocedió y volvió a lo que estaba.
- Hola – dijo mirando hacia mí y dejando el trapo en uno de los estantes – y ¿eso que pases por aquí?
- Salí temprano y solo pasé a saludar. Como llevas una semana sin llamarme.
- Es que no quiero parecer un acosador.
- No. A ¿qué hora sales?
- Hasta las seis de la tarde.
- Y ¿mañana?
- Mañana es jueves, salgo a las tres.
- Entonces puedes llamarme mañana.
- Creo que sí.
- Espero que me llames.
Me despedí y salí de la farmacia. Afuera estaba Evelyn, recostada a la pared, cerca de la ventana, mirando hacia el parque, sin dirigir la vista hacia nadie en particular. Le toqué el hombro y comenzamos a caminar. Dos cuadras después, cada una se separó para tomar el camino a casa. Yo caminé hacia el Norte, ella se desviaba hacia el Sureste. Evelyn tenía un pensamiento que resultaba bastante divertido: yo le parecía atractiva a Joaquín y no solamente como amiga. Cada vez que planteaba ese tema, yo se lo refutaba explicándole que la amistad era posible entre hombre y mujer. Ella también lo creía posible, pero no en este caso, porque existían varias evidencias para una persona que fuera astuta de vista, cosa que yo parecía no ser.
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