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Nazareth (Capítulo veintisiete/Final: Cerrando ciclos)


 El sábado en que Alejandro se fue de la casa el sol brillaba tan fuerte que en realidad parecía que la noche no había existido. No hubo llanto, ninguno de los dos lloró, creo que en el fondo ambos sabíamos hace mucho que ya no éramos una pareja, a pesar de los años de matrimonio, de Deborah y Gabriel, a pesar de los anillos, había pasado mucho tiempo desde que estuvimos casados el uno con el otro.


Al final, las infidelidades que cometimos no fueron la causa de que nos separáramos, solo fueron una consecuencia de todo, un resultado anunciado por las fracturas que tuvo la relación a lo largo de su vida. Dos personas distintas tratando de ser una sola ¿con qué frecuencia funciona eso? Para que las cosas sucedan alguno de los dos debe de ceder terreno y si ninguno está dispuesto a ser quien ceda, las cosas no pueden concluir con un final feliz.


Deborah no tardó mucho en perdonarnos por la separación, ella había sido testigo muda de las desviaciones de ambos bandos, había visto a Alejandro con Cristina y a Ernesto salir de la floristería después de estar conmigo. No hay mucho que decir, salvo que es una mujer muy madura, mucho más que su madre. Comprendió que separarnos era lo mejor, quería que ambos fuéramos felices y si continuábamos juntos, eso no iba a suceder.


A Gabriel le tomó más tiempo, un par de años, antes de entender que a veces las personas se desean tanto bien que es mejor estar solos que en continuas discusiones insensatas. Nacemos solos, cada uno en su propia burbuja y nacemos así por una razón, yo la descubrí tarde, nacemos así porque nuestra vida debe ser dirigida por nosotros mismos sin modismos, sin adherentes, sin que nadie nos conduzca a donde no pertenecemos, cuando Gabriel lo entendió también nos perdonó.


Yo seguí en la floristería con Lucrecia, soy la guapa, la sensual del trabajo, pero no se lo digan a ella. El negocio se amplió y Lucre terminó adquiriendo el local de al lado, supongo que las cosas buenas al igual que las malas llegan en cadena.


Alejandro se despidió de los niños, pero los siguió visitando con la frecuencia que él quiso, nunca hubo abogados de por medio ni los dejó solos. Ya no éramos pareja, pero él siempre siguió siendo su padre. Ese sábado cuando él arrancaba su carro para irse, Angélica parqueaba al otro lado de la calle, había llegado con Cristina, las dos saludaron a los chicos, les dieron un beso y luego me abrazaron a mí. Siempre fuimos las mejores amigas, nuestra amistad sobrevivió a muchas discusiones, a muchos malos ratos. Supongo que las amistades, las verdaderas amistades nunca desaparecen de nuestras vidas, aquellas personas que en realidad nos quieren no pueden vivir sin saber de nosotros y nosotros no podemos vivir sin saber de ellos.


Angélica, Cristina y yo somos un trípode, lo fuimos toda nuestra vida hasta que ya muy mayores, muchos años después de esto que te he contado fuimos muriendo una a una. Primero Cristina, luego Angélica y por último yo, que según los médicos tengo dos meses más de vida. Pero lo importante, lo verdaderamente importante es que siempre nos tuvimos las tres y que siempre nos apoyamos, siempre nos aconsejamos y siempre, pero siempre hubo tiempo para sentarnos a tomar un café o simplemente reunirnos para hablar sobre las estupideces que nos sucedían.

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