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Ofelia (Capítulo Tres: Síndrome Escolar)
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¿Qué
tal estos? – dijo la vendedora con un zapato en la mano mientras yo me colocaba
el otro en el pie derecho – están muy lindos.
-
Sí,
la verdad es que sí – y miré a mi madre con los ojos tan tristes como pude.
-
¿Tiene
otros? – preguntó con algo de dudas. La muchacha asintió con la cabeza y fue a
buscar otro par de mi talla.
-
Mamá,
están muy lindos.
-
Sí,
yo no lo discuto. Pero con lo que tienes no te alcanza y yo lo que ando es para
las compras. Además, todavía te falta el uniforme y los zapatos.
La misma situación sucedía cada verano
antes de entrar a clases, el dinero que me ganaba durante las cogidas de café
debía administrarlo para surtirme de todos los útiles que necesitara, así se
tratara de un lápiz, los cuales tenía rotundamente prohibido morder porque
debía mantenerlos tanto como fuera posible. Con la ropa no había tanta
discusión, dado que era el uniforme estándar usado por los colegios en Costa
Rica, camisa o blusa de color celeste, pantalón o enagua color azul y las
medias del mismo color. Para el año mantenía dos blusas, un pantalón y una
enagua. Aunque debo confesar que no me siento tan cómoda en esta última, me
acomplejan mis piernas, que por cierto las tengo muy alineadas y bonitas, pero
no me gusta mostrar piel, por absurdo que pueda parecer.
Por lo menos, ahora contaba con un poco
más de libertad. Cuando pequeña, la cosa fue así: no me enviaron al kínder, mi
padre preguntó insistentemente si era requisito indispensable para asistir
luego a la escuela, pero mi madre averiguó que no, que podía irse a la escuela
sin haber pasado antes por el kínder. Ante esto mi padre prefirió no enviarme,
dado que de ir sería un gasto innecesario que cubrir y la economía familiar no
daba para eso, así que cuando finalmente ingresé a primer año de la escuela no
conocía a nadie. El grupo venía formado desde el kínder y me tocó, como todo en
mi vida, adaptarme al entorno. Me sentía como un extraña al inicio y no fue
hasta un par de semanas después, que por fin logré hacer amistad con Evelyn.
Jugábamos cromos y otros juegos en el recreo.
Mis años de escuela transitaron con
situaciones tan distintas que si me pongo a enumerarlas, formaría una lista
tediosa, pero tomando en cuenta que dispongo de un poco de tiempo, no encuentro
motivo para no contarlo en las siguientes páginas, aunque, bueno sí, no veo
mayor problema, al fin y al cabo serán mis memorias, aunque se supone que las
memorias de alguien son escritas cuando se llega hasta la vejez o a una buena
edad como adulto, pero siento que algo tengo que contar y de este modo, liberar
viejos fantasmas que me acompañan y me persiguen como si fueran parte de mi
vida diaria, temo que así sea.
A mis catorce años no son quizás tantas
las aventuras que haya podido tener, no he sido rescatada por un hermoso
príncipe que se juega su vida por mí ante un dragón enorme que lance fuego por
su boca, tampoco he visitado tierras lejanas ni mágicas donde reyes y magos
viven mezclados tratando de librar al reino de las brujas malvadas. Como dice
la letra de una canción que escuché en la radio “pero si me dan a elegir, entre
todas las vidas yo escojo…” mi elección sería ser la novia de ese cantante
mexicano al que miro en los programas de televisión y que tiene una voz y una
cara simplemente divinas: si me dieran a elegir, yo elegiría ser la novia de
Luis Miguel, porque es hermoso. Pero partiendo del hecho de que Luis Miguel no
tiene la menor idea sobre mi existencia y de que el cuento de Cenicienta es
solo eso, un cuento… pues estoy aquí, aplanchando el uniforme que llevaré
mañana al colegio. Así que dejaremos el inicio de las narraciones para la
siguiente vez, así me dará ocasión de decidir con cuál recuerdo comenzamos la
bola de memorias que con un poco de suerte causará alguna sonrisa o esperemos
que no… alguna lágrima.
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