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Ofelia (Capítulo diecisiete/Final: Y vivieron felices por siempre

 ¿Apresurado? No. Esa no es la palabra. Si llego al final de lo que te he contado, es porque me gustan los finales felices. Los finales de cuentos de hadas. Y vivieron felices por siempre. Así debe terminar una historia.  Rechacé a Joaquín. Cierto. Pero pocos días después volvió a llamarme. Lo del sábado anterior no había disminuido sus ganas de hablarme, y eso me alegraba. Porque tampoco habían disminuido mis ganas de saber de él. Joaquín seguía tratándome tan lindo como siempre, yo seguía viéndolo en la farmacia donde trabajaba. En ocasiones llegaba a mi casa para ayudarme con alguna tarea del colegio, porque las matemáticas nunca fueron lo mío y dado que estudia arquitectura, comprende mejor que yo sobre los números y ecuaciones. Seguíamos igual que antes.  El año nuevo llegó. Comenzamos el año dos mil uno. Ya han pasado algunos meses desde que Joaquín se animó a confesarme que soy la musa a quien escribe sus versos de amor. Le he dicho que venga este miércoles a casa,...

Perfiles Psicológicos (Un temblor a la vez)

 


“No hay invierno suficiente que opaque el verano que llevo por dentro” se animó a escribir Amalia en sus estados, con dedicatoria incluida. Porque cuando se es suficientemente caliente ningún trozo de hielo te baja el calor. No sé, tal vez buscó un significado más profundo, pero al final, cada persona les da a las palabras el sentido que quiera.

 Había topado con Enrique, un lunes, algo impensable en él. Los lunes no eran para asistir a la oficina, pero se veía feliz, sonriente, como si el fin de semana lo hubiera tratado como se merecía.  Asombrada vi como aquel espacio tan reacio a recibir a su dueño un lunes, era ocupado con rostro de alegría.

 Justo me entra la duda de si es posible comerse a alguien por video llamada, porque de ser posible, el abogado y yo nos habíamos devorado anoche, cerca de las diez, en aquella llamada repasamos la jurisdicción completa, de la A, a la Z. Con la secadora de cabello me encargué de secar el teléfono, que estaba sudado después de veinte minutos intensos.

 Era una reunión de compas, de amigos, Amalia, Evangeline, Mateo y yo, jugando cartas durante el almuerzo, con el premio por parte de Evangeline y Mateo, de que quien perdiera lavaba los platos del otro, y pasó lo que era más que obvio, Mateo perdió, porque si en este mundo de inteligentes hay alguien capaz de sabotearse a sí mismo, ese es Mateo. De postre, Paolo había repartido queque y con esto le sacaba ventaja de dos a uno a Vinicio. 

-            ¡Salud! – le dijo Evangeline a Isabel.

-            Fue tos, no un estornudo – le aclaró Isabel contrariada por aquella palabra de Evangeline, pero Isabel se lo tomó con una risa, y una referencia a Chespirito.

 Veintiún segundos, eso duró el temblor que ocurrió cerca de la una y veinte minutos de la tarde, veintiún segundos, pero no estaban Vinicio y Sandra, motivo por el cual nadie se inmutó, todos continuamos con nuestras labores normales, a ninguno nos pesaba la conciencia, todos éramos almas puras y cristalinas, tan cristalinas como las nacientes en los tiempos de Adán y Eva.

 Donato no quiso quedarse detrás y pasó repartiendo empanadas, nos convidó a Evangeline y a mí. Así que ahora, teníamos los queques de Paolo y Vinicio y la empanada de Donato para degustar diferentes sabores, todo dado en cuestión de cuatro semanas. Cierro el tema, no se hable más del asunto.

Decía mi abuela que los lunes ni las gallinas ponen, pero ahí estaba, eran las dos de la tarde y Enrique aun reía, había reído durante todo el día. Aquel lunes encontró a Enrique tan matizado, que con la música adecuada hubiera bajado por las gradas bailando desde el cuarto piso hasta la entrada principal del edificio.

 Una hora después volvió a temblar y esta vez, el sismo duró treinta y dos segundos, pero todos seguíamos con esa aura que respira paz, cuestión de Dios, dirían algunos. Mañana tenemos taller de inteligencia emocional, y sí lo sé, soy psicóloga, pero mi inteligencia y mis emociones nunca compartieron aulas en la escuela.

Al final, tuve un pequeño mareo, pero fui a uno de los sillones a recostarme y cuando me disponía a cruzar la puerta, Paolo me atajó, porque es buena persona y su don de gente le impedía dejarme ir así como así sin que el médico de la empresa me chequeara. Gracias Paolo. 


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